¿Por qué nunca soy suficiente para ti, Alejandro?
—¿Por qué no puedes ser más como Marta? Ella sí sabía llevarse bien con mi madre —escupió Alejandro, con esa mirada fría que últimamente se había vuelto habitual.
Sentí el golpe en el pecho, como si me hubieran arrancado el aire. Estábamos en la cocina de nuestro piso en Chamberí, rodeados de los platos sucios de la cena familiar. Carmen, su madre, acababa de irse después de otra velada cargada de indirectas y silencios incómodos. Yo aún tenía el sabor amargo de la última frase de Carmen: “Marta siempre sabía cómo hacerme sentir en casa”.
Me apoyé contra la encimera y apreté los puños. —No soy Marta, Alejandro. Y no pienso fingir que lo soy —le respondí, con la voz temblorosa pero firme.
Él bufó y salió del salón, dejándome sola con mi rabia y mi tristeza. ¿Cómo habíamos llegado a esto? Cuando conocí a Alejandro, pensé que había encontrado a alguien que me valoraba por quien era. Pero desde que nos casamos hace un año, la sombra de Marta se había instalado en nuestra casa. Todo lo que hacía era comparado con ella: cómo cocinaba, cómo hablaba con Carmen, incluso cómo doblaba las toallas.
Recuerdo la primera vez que conocí a Carmen. Fue en una comida familiar, rodeados de primos y tías que me miraban como si fuera una intrusa. Carmen me sonrió, pero sus ojos eran dos cuchillos afilados. —Marta siempre traía una tarta casera —dijo nada más sentarnos a la mesa. Yo había comprado una en la pastelería del barrio porque había tenido una semana horrible en el trabajo. Nadie tocó mi tarta.
Con el tiempo, las comparaciones se hicieron más crueles. Una tarde, mientras ayudaba a Carmen a recoger la mesa, ella me susurró: —Marta nunca discutía conmigo. Sabía cuál era su lugar.
Me mordí la lengua para no responderle que yo no pensaba ser una alfombra para nadie. Pero esa noche lloré en silencio en el baño mientras Alejandro dormía.
Mi madre siempre me enseñó a no dejarme pisotear por nadie. Pero aquí estaba yo, dudando de cada palabra y cada gesto, preguntándome si realmente era tan difícil quererme.
Un sábado por la mañana, mientras preparaba café, Alejandro entró en la cocina con el móvil en la mano. —Mira lo que ha puesto Marta en Instagram —me dijo, enseñándome una foto de ella con Carmen y los niños de su nuevo marido. Todos sonreían como si fueran una familia perfecta.
—¿Por qué me enseñas esto? —pregunté, sintiendo cómo se me encogía el estómago.
—Porque ella sí sabe mantener buenas relaciones. No entiendo por qué tú no puedes —respondió él, sin apartar los ojos del móvil.
Ese día supe que algo tenía que cambiar. No podía seguir viviendo bajo la sombra de una mujer que ni siquiera conocía. Decidí hablar con Carmen cara a cara.
La cité en una cafetería cerca de su casa. Cuando llegó, llevaba ese abrigo beige que siempre olía a perfume caro y a desdén.
—Carmen, quiero hablar contigo sinceramente —empecé—. Sé que no soy Marta y nunca lo seré. Pero quiero que sepas que estoy aquí porque amo a tu hijo y quiero formar parte de esta familia… a mi manera.
Ella me miró durante unos segundos eternos antes de responder:
—Marta era como una hija para mí. Tú eres… diferente.
—No quiero competir con nadie —le dije—. Solo quiero que me respetes como yo te respeto a ti.
Carmen suspiró y apartó la mirada. —Eso depende de ti —dijo finalmente.
Salí de esa cafetería sintiéndome derrotada pero también liberada. Había dicho lo que llevaba meses guardando dentro.
Esa noche, cuando Alejandro volvió del trabajo, le conté lo que había pasado.
—¿Por qué tienes que complicarlo todo? Si te llevaras mejor con mi madre, todo sería más fácil —me reprochó.
—¿Y si tu madre intentara conocerme en vez de compararme con Marta? ¿Y si tú dejaras de mirar atrás y empezaras a mirar lo que tienes delante? —le respondí al borde del llanto.
Alejandro se quedó callado. Por primera vez vi duda en sus ojos.
Las semanas siguientes fueron un campo de minas. Cada comida familiar era una prueba más. Carmen seguía lanzando indirectas y Alejandro seguía esperando que yo reaccionara como Marta: callada y sumisa. Pero yo ya no podía hacerlo.
Una tarde, después de otra discusión absurda sobre cómo había puesto la mesa (“Marta siempre ponía las copas a la derecha”), exploté:
—¡Estoy harta! No soy Marta ni quiero serlo. Si eso es lo que buscas, búscala a ella. Yo soy Lucía y merezco que me quieras por quien soy.
Alejandro me miró como si acabara de descubrirme por primera vez. No dijo nada. Se fue al dormitorio y cerró la puerta.
Esa noche dormí en el sofá. Lloré hasta quedarme dormida, preguntándome si algún día sería suficiente para él… o para su madre.
Pasaron los días y el silencio entre nosotros se hizo más espeso. Empecé a pensar si realmente quería seguir luchando por alguien que no veía mi valor.
Una tarde recibí un mensaje de mi madre: “No te olvides de quién eres”. Me aferré a esas palabras como a un salvavidas.
Finalmente, una noche me senté frente a Alejandro y le dije:
—No puedo seguir viviendo así. O aceptas quién soy o esto se acaba aquí.
Él bajó la cabeza y murmuró:
—No sé si puedo dejar de comparar…
Me levanté despacio y recogí mis cosas. Antes de salir por la puerta le dije:
—Cuando aprendas a mirar hacia adelante en vez de hacia atrás, quizá podamos hablar.
Ahora escribo estas líneas desde el piso de mi amiga Elena, preguntándome: ¿Por qué nos cuesta tanto dejar ir el pasado? ¿Cuántas mujeres han sentido lo mismo que yo? ¿De verdad tenemos que elegir entre ser nosotras mismas o ser aceptadas por una familia ajena?