Puertas Cerradas: El Último Invierno de Don Julián

—¡Nora, abre la puerta!—. El timbre sonaba como un martillo, insistente, casi violento. Me quedé paralizada en el pasillo, con el corazón golpeando en el pecho. Reconocí la voz al instante, aunque hacía más de diez años que no la escuchaba. Era Julián, el hombre que durante mi adolescencia fue mi padrastro, el hombre que se casó con mi madre cuando yo tenía trece años y que, tras su muerte, desapareció de nuestras vidas como si nunca hubiera existido.

Miré por la mirilla. Ahí estaba: encorvado, con la barba descuidada y una maleta vieja a sus pies. Llovía a cántaros y su abrigo estaba empapado. Dudé. ¿Debía abrirle? ¿Después de todo lo que pasó?

—Nora, sé que estás ahí. No tengo a dónde ir. Por favor…—

No abrí. Me alejé de la puerta y me senté en el sofá, temblando. Mi hija Lucía bajó las escaleras.

—¿Quién era, mamá?

—Nadie importante, cariño. Sube a tu cuarto, ¿vale?

Pero no era nadie. Era el fantasma de mi pasado llamando a mi puerta.

Esa noche no dormí. Recordé los años con Julián: cómo llegó a nuestra vida tras el divorcio de mis padres, cómo intentó ser un buen marido para mi madre y un padre para mí. Pero nunca lo fue del todo. Siempre hubo una distancia fría entre nosotros. Cuando mamá enfermó de cáncer, él estuvo a su lado… hasta que murió. Después, vendió el piso donde vivíamos y se marchó sin mirar atrás.

Durante años pensé que no volvería a saber de él. Pero ahora estaba aquí, reclamando un lugar en mi vida.

Al día siguiente recibí una carta certificada: Julián me demandaba por la herencia de mi madre. Decía que tenía derecho a una parte del piso donde vivía con Lucía y mi marido, Sergio.

—¿Pero cómo puede hacer esto?— protestó Sergio cuando le conté todo—. ¡Ese hombre no tiene vergüenza!

—Dice que cuidó de mamá… Que me apoyó cuando era niña…

—¿Apoyarte? Si apenas te dirigía la palabra…

Tenía razón. Julián nunca fue cruel, pero tampoco cariñoso. Era un hombre gris, silencioso, siempre encerrado en sí mismo. Mi madre le quería, o al menos eso creía yo entonces. Pero después de su muerte descubrí que tenía deudas y que vendió el piso para pagarlas antes de desaparecer.

Ahora volvía porque no tenía nada. Ni casa, ni familia, ni dignidad.

La noticia corrió por el barrio como la pólvora. Mi tía Pilar vino a verme:

—Nora, hija, no le debes nada a ese hombre. Bastante hiciste soportándole todos esos años.

—Pero fue el marido de mamá…

—¡Y qué! Tu madre era demasiado buena para él.

Pero yo no podía dejar de pensar en las veces que Julián me llevó al colegio cuando mamá estaba en el hospital, o cuando me defendió ante los vecinos cotillas del bloque. ¿Eso no cuenta para nada?

El juicio llegó rápido. En la sala fría del juzgado de Plaza Castilla, Julián parecía más pequeño aún que en mi recuerdo. Su abogado argumentó que había convivido con nosotras más de diez años y que le correspondía una parte del patrimonio familiar.

Yo declaré temblando:

—Mi madre nunca dejó testamento a su favor. Él vendió lo poco que teníamos y se marchó…

Julián me miró con ojos cansados.

—Nora… Yo te cuidé como a una hija cuando nadie más lo hacía. No me eches ahora a la calle.

Sentí una punzada en el pecho. ¿Era yo tan cruel como él decía? ¿O simplemente estaba defendiendo lo poco que me quedaba de mi madre?

El juez pidió un receso. Salí al pasillo y me encontré con Julián sentado solo en un banco.

—¿Por qué has vuelto?— le pregunté sin poder contenerme.

Él suspiró.

—No tengo nada, Nora. Ni familia ni amigos. Solo tú…

—No soy tu hija.

—Pero lo fui durante un tiempo…

Me marché antes de que pudiera decir más.

Las semanas siguientes fueron un infierno: llamadas de abogados, rumores en el barrio, discusiones con Sergio… Lucía empezó a preguntar por su abuela y por ese hombre triste que había venido a casa.

Una tarde encontré una carta bajo la puerta:

«Nora,
Sé que piensas que solo quiero tu dinero o tu casa. Pero lo único que quiero es no morir solo. Perdí todo por orgullo y por miedo después de que tu madre muriera. No supe cómo cuidaros ni cómo quedarme cuando más me necesitabais. Perdóname si puedes.
Julián»

Lloré como una niña esa noche. Lloré por mi madre, por mí y hasta por Julián.

El juez falló a mi favor: Julián no tenía derecho legal sobre la casa ni sobre la herencia. Pero yo seguía sintiendo un peso enorme sobre los hombros.

Un domingo por la mañana fui al albergue donde supe que estaba alojado y le llevé una bolsa con ropa y comida caliente.

—No puedo dejarte entrar en mi casa, Julián —le dije— pero tampoco puedo dejarte morir solo.

Él asintió en silencio y me abrazó torpemente.

Ahora paso algunos domingos con él en el parque o le llevo cosas al albergue. No somos familia, pero tampoco somos extraños ya.

A veces me pregunto si hice lo correcto o si debería haberle dejado entrar en casa aquel día lluvioso. ¿Dónde termina la justicia y empieza la compasión? ¿Qué le debemos realmente a quienes compartieron nuestra vida aunque fuera solo un tiempo?

¿Vosotros qué habríais hecho? ¿Se puede perdonar el abandono cuando ya es demasiado tarde?