Seis meses de esclavitud en casa de mi suegra: mi huida y el precio de la libertad

—¡María, la comida está fría otra vez! ¿Es que no sabes hacer nada bien?— El grito de mi suegra retumbó en la cocina, mientras yo, con las manos temblorosas, intentaba recoger los platos antes de que los lanzara al fregadero. Mi marido, Luis, ni siquiera levantó la vista del móvil. Así era cada día desde que me casé y vine a vivir a su casa en Vallecas. Seis meses. Seis meses de ser invisible, de limpiar, cocinar y callar. Seis meses de escuchar cómo mi suegra, Carmen, me recordaba que yo no era suficiente para su hijo, que nunca lo sería.

A veces, cuando fregaba el suelo de rodillas, pensaba en mi madre, en cómo me enseñó a luchar por mis sueños. Pero aquí, en esta casa, mis sueños parecían ridículos. Luis había perdido el trabajo y su madre insistió en que nos quedáramos «hasta que nos estabilizáramos». Pronto entendí que eso significaba convertirme en su criada gratuita.

—María, ¿has planchado ya las camisas de Luis?— preguntaba Carmen cada mañana.
—Sí, señora.— respondía yo, tragando el orgullo.

Las noches eran peores. Luis volvía tarde, olía a cerveza y apenas me dirigía la palabra. Yo lloraba en silencio, apretando la almohada para no despertar a nadie. Me preguntaba si esto era el matrimonio del que hablaban las películas o si simplemente había cometido un error del que ya no podía escapar.

Un día, mientras barría el patio, escuché a Carmen hablando por teléfono:
—Esta chica no sirve para nada. Si por mí fuera, la mandaba de vuelta a su pueblo.

Algo se rompió dentro de mí. Esa noche, mientras todos dormían, hice una maleta pequeña con lo poco que tenía y salí sin hacer ruido. Caminé hasta la estación de Atocha con el corazón desbocado. No tenía a dónde ir, pero sabía que no podía quedarme ni un día más.

Pasé dos noches durmiendo en un hostal barato. Con los pocos ahorros que me quedaban, busqué trabajo en internet y encontré un anuncio: «Se busca empleada interna para familia en La Moraleja. Buen sueldo y habitación propia». Llamé temblando y una voz amable me citó para una entrevista al día siguiente.

La casa era enorme, con jardín y piscina. Me recibió Teresa, la dueña, una mujer elegante pero distante.
—¿Tienes experiencia?— preguntó sin mirarme a los ojos.
—Sí, señora.— respondí bajando la mirada.

Me contrató esa misma tarde. Mi habitación era pequeña pero luminosa; tenía una ventana por la que entraba el sol cada mañana. Al principio pensé que mi vida iba a cambiar para mejor. Pero pronto descubrí que la riqueza también tiene sus sombras.

La familia tenía dos hijos adolescentes que apenas me dirigían la palabra. Teresa era exigente hasta el extremo: todo debía estar impecable, las comidas servidas a la hora exacta, las camisas planchadas sin una sola arruga. Si algo fallaba, su tono se volvía frío y cortante:
—María, aquí no estamos en Vallecas. Aquí las cosas se hacen bien o no se hacen.

A veces escuchaba cómo hablaban de mí cuando creían que no estaba cerca:
—Estas chicas del sur vienen buscando fortuna y acaban robando o embarazadas.— decía el marido de Teresa.

Me dolía escuchar esos prejuicios, pero necesitaba el trabajo. Cada día era una batalla contra el cansancio y la soledad. Pero al menos aquí nadie me gritaba ni me humillaba como Carmen.

Un sábado por la tarde, mientras limpiaba el despacho del señor de la casa, encontré una carta abierta sobre la mesa. Era una notificación del banco: estaban a punto de perder la casa por las deudas. De repente entendí por qué Teresa estaba siempre tan tensa y por qué el ambiente era tan frío: el miedo los estaba devorando por dentro.

Esa noche escuché una discusión feroz entre Teresa y su marido:
—¡No podemos seguir así!— gritaba ella.— ¡Vamos a perderlo todo!

Me sentí pequeña e insignificante ante sus problemas, pero también humana: todos luchamos por sobrevivir, aunque nuestras batallas sean distintas.

Un día recibí un mensaje de Luis:
«¿Dónde estás? Mi madre está enferma y te necesita».
No respondí. Por primera vez en mucho tiempo sentí que mi vida me pertenecía.

Poco a poco fui recuperando fuerzas. Empecé a ahorrar parte del sueldo y a soñar con alquilar un pequeño estudio para mí sola. Hablé con otras empleadas domésticas en el parque los domingos; compartíamos historias parecidas: mujeres invisibles que sostienen casas ajenas mientras intentan reconstruir las suyas propias.

Un domingo recibí una llamada inesperada:
—¿María? Soy tu madre.— Su voz temblaba.— ¿Estás bien?
Lloré como una niña pequeña. Le conté todo: mi huida, mi trabajo, mis miedos. Ella solo dijo:
—Hija, nadie merece perder su dignidad por nada ni por nadie.

Esa frase me acompañó durante semanas. Un día, mientras tendía la ropa al sol, Teresa se acercó y me miró diferente:
—María, gracias por todo lo que haces aquí.— Por primera vez sentí que alguien veía mi esfuerzo.

Hoy sigo trabajando en esa casa, pero ya no me siento esclava ni invisible. Estoy ahorrando para independizarme y he empezado a estudiar por las noches para sacarme el graduado escolar. A veces pienso en Carmen y Luis; no les guardo rencor, pero tampoco olvido lo que viví.

Me pregunto cuántas mujeres como yo siguen atrapadas en casas donde nadie las ve ni las escucha. ¿Cuándo aprenderemos a valorar el trabajo invisible? ¿Cuándo dejarán de llamarnos sirvientas para reconocernos como personas?

¿Y tú? ¿Has sentido alguna vez que tu vida no te pertenece? ¿Qué harías tú para recuperar tu dignidad?