Si mañana no hay dinero, nos separamos – La historia de Lucía
—Lucía, si mañana no tenemos el dinero, esto se acaba. No puedo seguir así —me dijo Sergio, sin mirarme a los ojos, mientras el reloj de la cocina marcaba las dos de la madrugada. La luz mortecina apenas iluminaba su rostro cansado, pero su voz era firme, casi cruel. Sentí cómo el suelo bajo mis pies se desmoronaba.
No era la primera vez que discutíamos por dinero, pero nunca había llegado tan lejos. Llevábamos cinco años juntos, compartiendo un piso pequeño en Vallecas, sobreviviendo a base de trabajos temporales y sueños que cada vez pesaban más. Sergio había montado una tienda de informática con la ayuda de su padre, pero las cosas iban mal desde hacía meses. Yo trabajaba en una librería del barrio, ganando lo justo para pagar la luz y el abono transporte.
—¿Me estás diciendo que si no consigo el dinero, me dejas? —pregunté, con la voz rota.
Él asintió en silencio. Sentí rabia, tristeza y una humillación que me quemaba por dentro. ¿En qué momento el amor se había convertido en una transacción?
Esa noche no dormí. Me pasé horas mirando al techo, repasando cada momento de nuestra relación: los paseos por el Retiro, las noches de risas en casa de mis padres en Alcorcón, los planes de boda que habíamos hecho en secreto. Todo parecía tan lejano ahora.
Por la mañana, llamé a mi hermana Marta. Ella siempre había sido mi refugio.
—¿Qué te pasa, Lucía? Tienes voz de haber llorado toda la noche —me dijo nada más descolgar.
Le conté todo entre sollozos. Marta se enfadó.
—¿Pero tú te oyes? ¿Vas a dejar que te chantajee así? El dinero va y viene, pero tu dignidad no se compra.
—No lo entiendes, Marta. Si pierdo a Sergio… no sé qué me queda.
—Te tienes a ti misma. Y a tu familia. No necesitas a nadie que te haga sentir menos por no tener dinero.
Colgué sintiéndome aún más sola. Caminé por Madrid sin rumbo fijo, viendo cómo la ciudad seguía su curso mientras mi mundo se desmoronaba. Pensé en pedirle dinero a mis padres, pero sabía que no podían ayudarme: mi padre llevaba meses en paro y mi madre apenas llegaba a fin de mes con su trabajo en el hospital.
Esa tarde, al volver a casa, encontré a Sergio sentado frente al ordenador, rodeado de facturas sin pagar.
—¿Has conseguido algo? —preguntó sin levantar la vista.
—No —respondí, temblando.
Él suspiró y se levantó bruscamente.
—No puedo más, Lucía. Me ahogo. Necesito a alguien que me ayude de verdad.
—¿Y yo qué he hecho todos estos años? ¿No he estado aquí cuando nadie más quería saber nada de ti?
—Eso no paga las facturas —me cortó.
Sentí que me rompía por dentro. Salí corriendo del piso y me refugié en casa de Marta. Ella me abrazó fuerte y me preparó una tila.
—Tienes que decidir qué quieres para ti —me dijo—. No para él.
Pasaron los días y Sergio no me llamó. Yo tampoco le busqué. Mi madre vino a verme y lloró conmigo. Me dijo que el amor no puede ser una cárcel ni un chantaje.
Una tarde recibí un mensaje de Sergio: “Lo siento. No puedo seguir así. Espero que encuentres a alguien mejor”.
Me quedé mirando el móvil durante minutos eternos. Sentí rabia, alivio y una tristeza profunda. Pero también una extraña sensación de libertad.
Volví a casa y recogí mis cosas. Encontré una foto nuestra en la playa de Cádiz, sonriendo como si nada pudiera separarnos. La guardé en una caja junto con las cartas que me había escrito cuando todo era más fácil.
Los meses siguientes fueron duros. Lloré mucho, dudé de mí misma y sentí miedo al futuro. Pero poco a poco fui recuperando la alegría: salía con mis amigas, volví a pintar y empecé un curso online para cambiar de trabajo. Marta nunca me dejó sola y mi madre me repetía cada día que valía mucho más de lo que pensaba.
Ahora miro atrás y me doy cuenta de que perder a Sergio fue lo mejor que me pudo pasar. Aprendí que nadie merece ser amado a cambio de dinero o sacrificando su dignidad.
A veces me pregunto: ¿cuántas personas viven atrapadas en relaciones donde el amor se mide en euros? ¿Cuándo aprenderemos a querernos primero a nosotros mismos?