Silencio en la Casa: El Eco de una Madre Olvidada

—¿Mamá? ¿Estás bien?— La voz de Lucía suena lejana, como si viniera desde otra vida. Me aferro al teléfono con manos temblorosas, deseando que la llamada dure más de los habituales tres minutos. —Sí, hija, todo bien. ¿Y tú? ¿Cómo va el trabajo?— pregunto, intentando sonar animada. Ella responde con monosílabos, distraída, y pronto se despide: —Bueno, mamá, te dejo, que tengo una reunión. Te llamo otro día, ¿vale?

Cuelgo y el silencio vuelve a llenar el salón. El reloj marca las once de la mañana y la casa parece aún más grande desde que me jubilé. Antes, cuando Antonio vivía, el bullicio era constante: risas, discusiones, el aroma del café y los pasos de los niños corriendo por el pasillo. Ahora solo queda el eco de aquellos días.

Me levanto del sofá y miro las fotos en la estantería: Lucía con su toga universitaria, Pablo en su primer trabajo en Madrid, Marta abrazando a su perro en el parque del Retiro. Recuerdo cada sacrificio, cada noche sin dormir esperando a que volvieran de fiesta, cada euro ahorrado para sus estudios. Antonio y yo siempre quisimos darles lo mejor. Él trabajaba en la banca y yo era profesora en un instituto público de Salamanca. Nunca nos faltó nada, pero tampoco nos sobró tiempo para nosotros mismos.

Desde que Antonio falleció hace dos años, la casa se ha convertido en un museo de recuerdos. Al principio, mis hijos venían cada fin de semana. Después, las visitas se espaciarion: primero cada quince días, luego una vez al mes. Ahora, a veces pasan dos meses sin que cruce la puerta nadie más que la vecina Pilar para traerme pan o preguntarme por la tensión.

La televisión es mi única compañía. Veo los debates políticos y me indigno sola; pongo las telenovelas y lloro con historias ajenas. A veces me sorprendo hablando en voz alta: —¿Por qué no llaman? ¿Tanto cuesta preguntar cómo estoy?—

El otro día, durante la comida familiar de Navidad —la única cita ineludible—, intenté decirles lo sola que me sentía. Marta me cortó: —Mamá, todos estamos muy ocupados. No te pongas dramática.— Pablo asintió sin mirarme siquiera, pendiente del móvil. Lucía fue la única que me abrazó al irse: —Prometo llamarte más.— Pero esa promesa se perdió entre sus compromisos.

A veces pienso si hice algo mal. ¿Les protegí demasiado? ¿Les acostumbré a que todo estuviera hecho? Recuerdo cuando Pablo suspendió matemáticas y le ayudé cada tarde hasta aprobar; cuando Lucía rompió con su primer novio y dormí a su lado toda la noche; cuando Marta tuvo aquel accidente de moto y no me moví del hospital ni un segundo. ¿Quizá debí dejarles caer más veces?

El otro día fui al centro de mayores del barrio. Había un taller de memoria y una charla sobre redes sociales. Me senté junto a Rosario, una mujer de mi edad con tres hijos también desperdigados por España. —Al final, nos quedamos solas todas,— me dijo con resignación. —Los hijos hacen su vida y nosotras somos un trámite.—

Esa frase me dolió más de lo que esperaba. ¿Soy solo un trámite para mis hijos? ¿Una obligación incómoda entre reuniones y viajes?

Hace una semana llamé yo a Pablo. Tardó en cogerlo. —Mamá, estoy en una reunión importante,— susurró molesto.— ¿Pasa algo grave?—
—No, hijo, solo quería oírte.—
—Te llamo luego.— No lo hizo.

Me siento invisible. En el supermercado nadie me mira; en la calle los jóvenes pasan sin saludar; en casa solo escucho mi respiración y el tictac del reloj heredado de mi madre.

A veces fantaseo con venderlo todo e irme a vivir al sur, cerca del mar. Pero sé que no lo haré; esta casa es mi vida entera.

Hoy he decidido escribirles una carta a cada uno. No un reproche, sino un recordatorio: «Os quiero y os echo de menos. La vida es corta y el tiempo no vuelve.» No sé si servirá de algo.

Quizá algún día entiendan lo que pesa el silencio cuando se apaga el bullicio familiar.

¿De verdad es inevitable este destino para quienes lo dimos todo por los nuestros? ¿O aún hay esperanza de volver a sentirme parte de sus vidas?