Sin cuna, sin cambiador, ni un solo biberón: El regreso de una madre al caos

—¿Dónde está la cuna? —pregunté nada más cruzar el umbral de nuestro piso en Vallecas, con la pequeña Lucía dormida en mis brazos y el corazón palpitando de emoción y miedo. El eco de mi voz rebotó en el pasillo vacío. Ni cuna, ni cambiador, ni un solo biberón a la vista. Solo cajas apiladas, ropa sin doblar y el olor rancio de una casa abandonada.

Alejandro apareció desde el salón, con la corbata torcida y ojeras profundas. —Lo siento, Marta, he tenido una semana horrible en el trabajo. No he podido… —balbuceó, evitando mirarme a los ojos.

Sentí cómo la rabia me subía por la garganta. ¿Cómo podía ser? Habíamos hablado mil veces de lo importante que era tenerlo todo listo para la llegada de Lucía. Yo había confiado en él porque mi embarazo fue complicado y pasé las últimas semanas ingresada en el hospital Gregorio Marañón. Él prometió encargarse de todo. Pero ahora, con mi hija en brazos y el cuerpo aún dolorido por la cesárea, me sentía traicionada y sola.

—¿Y si Lucía se despierta? ¿Dónde la pongo a dormir? —mi voz temblaba entre el llanto y la indignación.

Alejandro se encogió de hombros, derrotado. —Podemos improvisar algo…

Improvisar. Esa palabra me retumbó en la cabeza mientras recorría el piso buscando algo que sirviera de cuna. Al final, coloqué a Lucía sobre una manta doblada en el sofá, vigilando que no rodara. Me senté a su lado y rompí a llorar. No era así como imaginaba mi primer día como madre.

Las horas siguientes fueron un torbellino de llamadas a mi madre y a mi hermana Carmen, que vivía en Alcorcón. Ellas llegaron al anochecer con bolsas llenas de pañales, bodies y hasta un moisés prestado. Mi madre me abrazó fuerte.

—Hija, no estás sola. Pero tienes que hablar con Alejandro —susurró.

Esa noche apenas dormí. Lucía lloraba cada dos horas y yo me sentía torpe cambiando pañales o dándole el pecho. Alejandro se encerró en el despacho con el portátil, murmurando algo sobre un informe urgente para su jefe en la empresa de ingeniería donde trabajaba.

Al tercer día, exploté. Entré en su despacho sin llamar.

—¿De verdad piensas seguir así? ¿Encerrado aquí mientras yo me las apaño sola con todo?

Él levantó la vista del ordenador, cansado.

—Marta, entiéndeme… Si pierdo este proyecto nos quedamos sin ingresos. No puedo fallar ahora.

—¿Y yo? ¿No te das cuenta de que ya me has fallado? —grité, sintiendo cómo se rompía algo dentro de mí.

El silencio se hizo espeso entre nosotros. Por primera vez desde que nos conocimos en la universidad de Salamanca, sentí que no éramos un equipo.

Los días siguientes fueron una rutina agotadora: visitas al centro de salud para las revisiones del bebé, noches en vela, discusiones silenciosas y miradas esquivas. Mi suegra vino un par de veces, pero solo para criticar cómo vestía a Lucía o lo desordenada que estaba la casa.

Una tarde, mientras paseaba con el carrito por el parque Cerro del Tío Pío para despejarme, me encontré con Laura, una vecina del bloque.

—Te veo cansada, Marta… ¿Va todo bien?

No pude evitarlo y le conté todo entre lágrimas. Ella me escuchó sin juzgarme y me animó a pedir ayuda profesional si lo necesitaba.

Esa noche busqué en internet sobre depresión postparto y sentí miedo. ¿Y si no era capaz de cuidar bien a Lucía? ¿Y si Alejandro nunca volvía a ser el mismo?

Un sábado por la mañana, Carmen organizó una comida familiar en su casa. Allí, entre risas forzadas y miradas cómplices, mi padre tomó la palabra:

—La familia es para apoyarse en los momentos difíciles. Marta necesita ayuda y Alejandro también tiene que estar presente. No basta con traer dinero a casa.

Alejandro bajó la cabeza avergonzado. De regreso a casa hablamos largo y tendido por primera vez en semanas.

—No sé cómo hacerlo —admitió él—. Me siento inútil con Lucía y tengo miedo de equivocarme.

—Yo también tengo miedo —le confesé—. Pero si no lo intentamos juntos, esto no va a funcionar.

Poco a poco empezamos a repartirnos las tareas: él bañaba a Lucía mientras yo preparaba la cena; los domingos salíamos los tres al Retiro para respirar aire fresco; incluso fuimos juntos a una charla sobre crianza positiva en el centro cultural del barrio.

No fue fácil reconstruir la confianza. Hubo recaídas: noches de discusiones por tonterías, días en los que sentía que no podía más. Pero también hubo pequeños logros: la primera sonrisa de Lucía, su primer paseo en metro hasta Sol, las fotos familiares improvisadas en el salón caótico pero lleno de vida.

Hoy miro atrás y me doy cuenta de lo frágil que puede ser una familia cuando no se habla claro ni se comparten los miedos. La maternidad me cambió para siempre, pero también nos obligó a todos —a Alejandro, a mí y a nuestra familia— a aprender a pedir ayuda y a perdonar.

A veces me pregunto: ¿Cuántas madres viven esto en silencio? ¿Cuántos padres sienten que no saben estar presentes? ¿Por qué nos cuesta tanto pedir ayuda cuando más lo necesitamos?

¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que vuestra familia se tambaleaba justo cuando más necesitabais apoyo?