Sin cuna, sin pañales: El regreso a casa que me rompió el alma
—¿Dónde está la cuna? —pregunté nada más cruzar el umbral de la puerta, con mi hija dormida en brazos y el cansancio pegado a los huesos. Mi madre, que había venido a ayudarme desde Salamanca, me miró con una mezcla de compasión y rabia contenida. Luis, mi marido, ni siquiera levantó la vista del portátil.
—No he tenido tiempo, Lucía. El jefe me pidió quedarme hasta tarde toda la semana —dijo él, sin mirarme directamente.
Sentí cómo una ola de frío me recorría el cuerpo. Había soñado tantas veces con este momento: llegar a casa, encontrar todo preparado, sentirme arropada y segura. Pero la realidad era otra. La habitación seguía igual que antes de irme al hospital. No había cuna, ni pañales, ni siquiera una manta limpia para envolver a mi hija. Solo cajas sin abrir y promesas vacías.
—¿Y los pañales? ¿La ropa? —insistí, mi voz temblando entre el llanto y la rabia.
Luis se encogió de hombros. —No he podido ir al Corte Inglés. Lo siento, de verdad.
Mi madre intervino entonces, con ese tono seco que siempre usaba cuando estaba a punto de explotar:
—Esto no puede ser, Lucía. No puedes hacerlo todo tú sola. Yo me vuelvo a Salamanca mañana si esto sigue así.
Me senté en el sofá, con la niña en brazos, y sentí que el mundo se me venía encima. ¿Cómo podía ser que el hombre con el que había compartido diez años de mi vida no hubiera encontrado ni un minuto para preparar la llegada de su hija? ¿De verdad era tan difícil comprar unos pañales o montar una cuna?
La noche cayó sobre Madrid como una losa. La niña lloraba sin parar y yo no tenía ni idea de cómo calmarla. Mi madre daba vueltas por la casa, murmurando cosas en voz baja sobre lo mal que estaba todo. Luis se encerró en el despacho y no salió hasta bien entrada la madrugada.
A las tres de la mañana, agotada y al borde del colapso, entré en el despacho y cerré la puerta tras de mí.
—Luis, necesito que me ayudes. No puedo hacerlo sola —le dije, con la voz rota.
Él me miró por fin, con los ojos rojos y las ojeras marcadas.
—No sé cómo hacerlo, Lucía. Me siento perdido. En el trabajo me exigen cada vez más y aquí… aquí solo veo que te decepciono.
Me senté a su lado y lloré en silencio. No sabía si estaba más enfadada con él o conmigo misma por esperar algo diferente. ¿Acaso no habíamos hablado mil veces de cómo sería nuestra vida cuando llegara la niña? ¿No habíamos hecho planes juntos?
A la mañana siguiente, mi madre se fue temprano, dejándonos solos en medio del caos. Luis intentó montar la cuna mientras yo buscaba pañales por internet desesperadamente. Discutimos por todo: por el color de las sábanas, por el ruido del taladro, por la falta de leche en la nevera.
—¡No puedo más! —grité en un momento dado—. ¡Esto no es lo que yo quería para nuestra hija!
Luis tiró el destornillador al suelo y se sentó en el suelo, derrotado.
—Tampoco es lo que yo quería para nosotros —susurró.
Durante días vivimos así: entre reproches, silencios y pequeñas treguas. Cada noche me preguntaba si habíamos cometido un error trayendo una niña a este mundo tan imperfecto. Pero cada vez que miraba a mi hija dormida, sentía una fuerza nueva dentro de mí.
Una tarde, mientras le cambiaba el pañal improvisado con una toalla vieja, Luis se acercó y me abrazó por detrás.
—Lo siento mucho, Lucía. No quiero perderte. No quiero perder esto —dijo señalando a nuestra hija.
Por primera vez en días sentí que podía respirar. Lloramos juntos, abrazados en medio del desorden.
Poco a poco fuimos reconstruyendo nuestro pequeño mundo: montamos la cuna juntos, salimos a comprar pañales y ropa de bebé al barrio de Chamberí, aprendimos a turnarnos para dormir aunque fueran solo dos horas seguidas. Mi madre llamaba cada día para preguntar si necesitábamos algo y yo aprendí a pedir ayuda sin sentirme menos madre por ello.
El caos seguía ahí, pero ya no nos asustaba tanto. Aprendimos a reírnos de nuestros errores y a celebrar cada pequeño logro: una noche sin llantos, una comida caliente juntos, una sonrisa de nuestra hija.
Ahora miro atrás y pienso en aquella primera noche sin cuna ni pañales y me pregunto: ¿Cuántas veces nos rompen los sueños antes de aprender a reconstruirlos? ¿Cuántas parejas sobreviven al choque brutal entre las expectativas y la realidad?
¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que todo se desmorona justo cuando debería empezar lo mejor?