“Solo es una cena, ¿qué más da?” — La noche en que todo cambió en casa de los García
—¿Por qué estás tan tensa, Carmen? Solo es una cena, ¿qué más da si hoy no hay postre? —me dijo Luis mientras se quitaba los zapatos y dejaba caer la chaqueta en el sofá, como cada día.
Sentí cómo se me encendía la sangre. Llevaba toda la tarde corriendo de un lado a otro: recogiendo a los niños del colegio, haciendo la compra, preparando la comida para mañana y, por supuesto, cocinando esa “simple” cena. Todo mientras respondía mensajes del trabajo y ayudaba a Lucía con los deberes de matemáticas. Y él… él solo tenía que sentarse a la mesa.
—¿Solo una cena? —repetí en voz baja, casi sin reconocer mi propia voz. Me giré hacia él, con el cucharón aún en la mano—. ¿Sabes cuántas cosas hay detrás de esa “simple” cena?
Luis me miró sorprendido, como si no entendiera nada. Y quizá no entendía. Quizá nunca había entendido.
—Carmen, no te pongas así. Si no te apetece cocinar, pedimos algo y ya está —dijo encogiéndose de hombros.
Me temblaban las manos. Sentí que si no hacía algo esa noche, seguiría siendo invisible para siempre. Así que solté el cucharón y respiré hondo.
—¿Sabes qué? Hoy te toca a ti. Yo me voy a dar un paseo. Cuando vuelva, espero que hayas entendido lo que significa preparar una “simple” cena para cuatro personas —le dije, cogiendo las llaves y saliendo antes de que pudiera responder.
Caminé por las calles de nuestro barrio en Salamanca, sintiendo el aire frío en la cara y las lágrimas amenazando con salir. Recordé a mi madre, a mi abuela… Todas esas mujeres que siempre estaban ahí, silenciosas, sosteniendo el mundo sin que nadie lo notara. ¿Era ese mi destino también?
Cuando volví a casa una hora después, encontré a Luis en la cocina, rodeado de ollas sucias y con una expresión de derrota. Los niños estaban sentados en la mesa, mirando sus platos con cara de pocos amigos.
—Mamá, papá ha quemado los macarrones —dijo Pablo, el pequeño, con voz triste.
Luis levantó la vista y me miró como si acabara de descubrir un secreto del universo.
—No sabía que había que poner agua antes de hervir la pasta…
No pude evitar soltar una carcajada amarga. Me senté a la mesa y miré a mis hijos.
—¿Sabéis qué? Hoy cenamos bocadillos. Pero mañana… mañana vamos a hablar todos sobre cómo nos organizamos en casa.
Esa noche, después de acostar a los niños, Luis se sentó a mi lado en el sofá. Por primera vez en mucho tiempo, parecía realmente cansado.
—Carmen… Lo siento. No tenía ni idea de todo lo que haces cada día. Pensaba que era fácil…
—No es fácil —le respondí—. Pero tampoco debería ser solo mi responsabilidad. Somos una familia, Luis. No quiero ser la jefa de todo ni sentirme sola en esto.
Él asintió y me cogió la mano.
—Tienes razón. Mañana hablamos con los niños y repartimos tareas. No quiero que Pablo y Lucía crezcan pensando que esto es cosa solo de mamá.
Me sentí aliviada y triste al mismo tiempo. ¿Por qué había tenido que llegar al límite para que me escuchara? ¿Cuántas mujeres en España viven lo mismo cada día?
Al día siguiente, nos sentamos todos juntos después del desayuno. Hicimos una lista de tareas: poner la mesa, recogerla, ayudar con la compra, planificar menús… Lucía propuso hacer turnos para cocinar los fines de semana. Pablo se ofreció a sacar la basura (aunque puso cara de asco). Luis apuntó todo en una hoja y la pegó en la nevera.
Durante las semanas siguientes, hubo discusiones y olvidos. A veces me daban ganas de hacerlo yo misma para evitar peleas o retrasos. Pero me obligué a soltar el control y dejar que aprendieran. Poco a poco, la casa empezó a sentirse menos pesada sobre mis hombros.
Una tarde, mientras doblaba ropa con Lucía, ella me miró y dijo:
—Mamá, ¿por qué antes hacías tú todo sola?
Me quedé callada unos segundos antes de responder:
—Porque nadie me preguntó si necesitaba ayuda… y yo tampoco supe pedirla.
Esa noche, mientras veía a mi familia cenar junta —cada uno habiendo puesto su granito de arena— sentí algo parecido a la esperanza.
Ahora me pregunto: ¿Cuántas veces callamos lo que nos pesa hasta que explotamos? ¿Cuántas “cenas simples” esconden el trabajo invisible de tantas mujeres? ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez ese peso en silencio?