Solo iba a ser por un tiempo: Tres años perdida entre los nietos de mi hija
—Mamá, solo serán unas semanas, te lo prometo. —La voz de Lucía temblaba al otro lado del teléfono, como si ya supiera que no sería así.
Recuerdo perfectamente esa tarde de marzo. El sol caía sobre la terraza de mi piso en Vallecas y yo acababa de sentarme con una novela que llevaba meses esperando leer. Pero la llamada de Lucía lo cambió todo. Su trabajo en el hospital se complicaba, los turnos eran interminables y su marido, Sergio, acababa de perder el empleo. Me pidió que cuidara de los niños, Mateo y Alba, solo hasta que las cosas se calmaran.
Acepté sin pensarlo. ¿Cómo iba a decirle que no a mi hija? Siempre he sido de las que ponen a la familia por delante. Pero nadie me advirtió del precio que tendría ese sí.
Las primeras semanas fueron un torbellino: desayunos a las carreras, mochilas olvidadas, deberes interminables y peleas por quién se sentaba primero en el sofá. Yo intentaba mantener la calma, pero cada noche caía rendida en la cama, preguntándome si estaba haciendo lo correcto. Lucía llegaba tarde, agotada, y apenas cruzábamos dos palabras antes de que se encerrara en su habitación.
—Mamá, eres un ángel —me decía a veces, dándome un beso en la frente—. No sé qué haría sin ti.
Pero los días se convirtieron en meses. Sergio seguía sin encontrar trabajo y Lucía acumulaba más guardias. Mis amigas dejaron de llamarme para salir a caminar o tomar café; siempre tenía una excusa: “No puedo, tengo a los niños”. Mi vida social desapareció sin que me diera cuenta.
Un día, mientras recogía los juguetes del salón, escuché a Alba decirle a su hermano:
—La abuela siempre está aquí. ¿Por qué mamá nunca viene al parque?
Sentí una punzada en el pecho. ¿Qué imagen tendrían mis nietos de su madre? ¿Y de mí? ¿Era yo la abuela divertida o la mujer cansada que siempre suspiraba?
Empecé a notar cómo mi paciencia se agotaba. Un sábado, Mateo rompió sin querer mi taza favorita y le grité más fuerte de lo que debería. Se echó a llorar y yo también. Me sentí monstruosa. Esa noche, mientras fregaba los platos, Lucía entró en la cocina.
—¿Estás bien, mamá? —preguntó con voz suave.
—No lo sé, Lucía —respondí—. Estoy cansada. Esto no era lo que imaginaba para mi jubilación.
Ella bajó la mirada y murmuró:
—Lo siento… No sé cómo arreglarlo.
Pero nada cambió. Al contrario: las responsabilidades aumentaron. Empecé a llevar a los niños a actividades extraescolares, al médico, incluso a cumpleaños de sus amigos. Me convertí en la madre sustituta mientras Lucía y Sergio intentaban mantener a flote su matrimonio y sus trabajos.
Mis propios sueños —aprender italiano, viajar al norte, retomar mis clases de pintura— quedaron enterrados bajo montañas de ropa sucia y meriendas improvisadas. Mi hermana Pilar me llamaba preocupada:
—Carmen, tienes derecho a vivir tu vida también.
Pero yo solo sabía responder:
—¿Y si les fallo? ¿Y si me necesitan?
Una tarde de otoño, mientras esperaba a Alba en la puerta del colegio, vi pasar a un grupo de mujeres de mi edad riendo y hablando sobre una excursión al Museo del Prado. Sentí una mezcla de envidia y tristeza tan profunda que tuve que sentarme en un banco para no llorar delante de todos.
Esa noche soñé con mi marido, Antonio, fallecido hace seis años. En el sueño me decía:
—Carmen, no te olvides de ti misma.
Me desperté con el corazón encogido y una pregunta martilleando en mi cabeza: ¿Cuándo fue la última vez que hice algo solo para mí?
Intenté hablarlo con Lucía varias veces:
—Hija, necesito descansar. Necesito tiempo para mí.
Pero ella siempre tenía una urgencia nueva: una guardia inesperada, una reunión importante, una discusión con Sergio. Yo volvía a ceder porque el amor por mis nietos podía más que mi cansancio.
Hasta que un día mi cuerpo dijo basta. Me desmayé en el supermercado mientras hacía la compra con Alba. Me desperté en Urgencias rodeada de médicos jóvenes y caras preocupadas. Lucía lloraba junto a mi cama.
—Mamá, perdóname… No me di cuenta de todo lo que te estaba pidiendo —sollozaba—. Te prometo que esto va a cambiar.
Durante mi recuperación, Pilar se hizo cargo de los niños unos días y Lucía pidió una excedencia en el trabajo. Por primera vez en tres años tuve tiempo para estar sola conmigo misma. Leí novelas enteras, paseé por el Retiro y hasta fui al cine con una amiga.
Pero cuando volví a casa, todo seguía igual: los problemas económicos de Lucía y Sergio no habían desaparecido y los niños seguían necesitando cuidados. Yo sabía que si volvía a implicarme como antes acabaría perdiéndome otra vez.
Así que tomé una decisión difícil: busqué ayuda profesional para la familia y hablé con Lucía muy seriamente.
—Hija, te quiero con toda mi alma —le dije—, pero necesito recuperar mi vida. No puedo seguir siendo solo la abuela-cuidadora. Quiero ser Carmen otra vez.
Lucía lloró mucho pero lo entendió. Poco a poco empezamos a repartir las tareas y buscar alternativas: una canguro algunos días, apoyo escolar para los niños… No fue fácil ni perfecto, pero aprendimos a poner límites.
Hoy sigo ayudando a mi familia, pero también he vuelto a pintar y he hecho un viaje corto con mis amigas al norte. A veces me siento culpable por pensar en mí misma, pero sé que si no cuido de mí tampoco podré cuidar bien de los demás.
¿Hasta dónde debe llegar el sacrificio por los hijos? ¿Dónde está el límite entre el amor y el olvido propio? Me gustaría saber si hay más personas como yo…