Tarde me di cuenta: Las noches y los fines de semana de mi marido sin mí
—¿Otra vez te vas, Luis? —pregunté con la voz temblorosa, mientras él rebuscaba las llaves en el recibidor. Ni siquiera me miró. —No empieces, Carmen. Es solo una cena con los del trabajo. Volveré tarde.
La puerta se cerró de golpe y el eco resonó en el pasillo vacío. Me quedé allí, de pie, con la mano aún extendida, como si pudiera retenerlo con un gesto. Pero hacía tiempo que Luis ya no estaba conmigo, aunque su cuerpo siguiera durmiendo a mi lado algunas noches.
No sé en qué momento exacto dejé de ser su mujer y pasé a ser solo la madre de sus hijos, la que prepara la cena y lava la ropa. Quizá fue cuando los niños eran pequeños y él empezó a quedarse más horas en la oficina. O tal vez cuando supe que prefería ver el fútbol en el bar antes que hablar conmigo. Pero yo me engañaba. Me repetía que era normal, que todos los matrimonios pasan por rachas malas.
Mis amigas me decían: “Carmen, no seas tonta, todos los hombres son iguales”. Mi hermana Lucía insistía: “Habla con él, no puedes seguir así”. Pero yo callaba. No quería enfrentarme a la verdad.
Una noche de sábado, mientras cenaba sola en la cocina, escuché a mi hija Paula discutir por teléfono en su cuarto:
—No, mamá está sola otra vez. Papá dice que tiene trabajo, pero siempre sale los fines de semana… Sí, claro que me preocupa.
Sentí una punzada en el pecho. Hasta mis hijos lo notaban. ¿Qué ejemplo les estaba dando? ¿Que una mujer debe aguantarlo todo por mantener la familia unida?
Luis empezó a llegar cada vez más tarde. Los domingos por la mañana ya no desayunábamos juntos; él salía temprano “a correr” y volvía al mediodía oliendo a colonia barata y con una sonrisa forzada. Yo recogía las tazas vacías y me preguntaba si alguna vez volvería a sentirme amada.
Un día, mientras doblaba su ropa, encontré un recibo de un hotel en el bolsillo de su chaqueta. El corazón me dio un vuelco. Lo guardé en mi cajón como si fuera una prueba de un crimen, pero no dije nada. ¿Cobardía? ¿Miedo? No lo sé. Quizá ambas cosas.
La tensión crecía en casa como una tormenta silenciosa. Paula y Sergio, nuestros hijos, apenas hablaban con su padre. Yo fingía normalidad en las comidas familiares, pero por dentro me sentía una sombra.
Una tarde de otoño, Lucía vino a verme sin avisar. Me encontró llorando en la cocina, con las manos hundidas en el fregadero.
—Carmen, esto no puede seguir así —me abrazó fuerte—. No eres feliz y lo sabes.
—¿Y qué hago? —sollozaba—. No sé vivir sola, Lucía… Tengo miedo de quedarme vacía cuando los niños se vayan.
—Pero ya estás sola —me susurró—. Solo que no quieres verlo.
Esa noche esperé a Luis despierta. Cuando entró, le miré a los ojos por primera vez en años.
—¿Tienes algo que decirme? —le pregunté con voz firme.
Él bajó la mirada.
—Carmen… No sé cómo hemos llegado hasta aquí.
—Yo sí lo sé —le interrumpí—. Tú te fuiste hace mucho tiempo y yo me quedé esperando a alguien que ya no existe.
No hubo gritos ni reproches. Solo un silencio denso que lo decía todo.
Al día siguiente le pedí que se fuera de casa durante un tiempo. Los niños lloraron, pero yo sentí un alivio extraño, como si por fin pudiera respirar después de años conteniendo el aire.
Los primeros días fueron terribles. Me sentía perdida en mi propia casa; cada rincón me recordaba a lo que habíamos sido y ya no éramos. Pero poco a poco empecé a descubrirme de nuevo: salí a caminar por el parque, retomé mis clases de pintura y volví a reír con mis amigas.
Una tarde, mientras tomaba café con Lucía en una terraza del centro de Madrid, le confesé:
—Nunca pensé que podría volver a sentirme viva sin él.
Ella sonrió y me cogió la mano.
—Siempre has sido fuerte, Carmen. Solo necesitabas recordarlo.
Ahora, con 53 años y los hijos casi independientes, miro atrás y me doy cuenta de cuánto tiempo perdí intentando salvar algo que ya estaba roto. A veces me pregunto si hice bien en esperar tanto para tomar esta decisión; otras veces pienso que todo llega cuando tiene que llegar.
¿De verdad merece la pena sacrificar nuestra felicidad por miedo a estar solas? ¿Cuántas mujeres siguen callando por temor al qué dirán? Yo ya no quiero vivir con miedo.