Treinta años de mentiras: Cuando mi marido fue padre otra vez
—¿Cómo que vas a ser padre otra vez? —La voz me salió rota, temblorosa, como si no fuera mía. Estaba en la cocina, con las manos aún húmedas del agua del fregadero, y frente a mí, sentado en la mesa, estaba Luis. Mi Luis. El hombre con el que llevaba treinta años compartiendo mi vida, mis sueños y mis miedos. El mismo que ahora me miraba con los ojos bajos, incapaz de sostenerme la mirada.
—Lo siento, Carmen… No quería que te enteraras así —murmuró él, apenas audible.
En ese instante, sentí cómo el suelo se abría bajo mis pies. Todo lo que creía seguro, todo lo que habíamos construido juntos, se desmoronaba como un castillo de naipes. Me apoyé en la encimera para no caerme. Recordé la primera vez que nos vimos en la universidad de Salamanca, cómo me enamoré de su risa fácil y su manera de mirar el mundo. Pensé en nuestros hijos, en las Navidades en casa de mi madre en Ávila, en los veranos en la playa de Sanlúcar. ¿Todo eso era mentira?
—¿Quién es? —pregunté al fin, con un hilo de voz.
Luis tragó saliva. —Es Lucía… la del trabajo. No fue planeado, Carmen. Yo… yo no quería hacerte daño.
Lucía. La joven administrativa que había empezado hace un año en la oficina. Siempre tan simpática, tan dispuesta a ayudar. Recordé cómo me hablaba de ella en casa: “Lucía esto”, “Lucía lo otro”. Nunca sospeché nada. Qué ingenua fui.
Me senté frente a él. Sentía una mezcla de rabia y tristeza tan intensa que apenas podía respirar.
—¿Cuánto tiempo llevas engañándome? —le espeté.
Luis se encogió de hombros. —Unos meses… No sé cómo pasó. Me sentía solo, tú siempre estabas ocupada con los niños, con tu madre enferma…
—¡No me eches la culpa a mí! —grité, golpeando la mesa—. ¡Tú elegiste mentirme! ¡Tú elegiste acostarte con otra!
El silencio que siguió fue insoportable. Oía el tic-tac del reloj y el murmullo lejano de la televisión en el salón. Pensé en mis hijos: Marta, que acababa de mudarse a Madrid por trabajo; Pablo, aún en casa preparando oposiciones. ¿Cómo les iba a contar esto? ¿Cómo iba a mirarles a la cara sabiendo que su padre iba a tener un hijo con otra mujer?
Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama vacía —Luis se había marchado a dormir al sofá— y repasé cada momento de nuestra vida juntos buscando señales, pistas que me hubieran advertido de lo que estaba pasando. Pero no encontré nada. Me sentí estúpida, invisible.
Pasaron los días y la noticia se fue extendiendo como una mancha de aceite. Mi hermana Ana vino a casa con una tarta de manzana y un abrazo largo y silencioso.
—Carmen, tienes que ser fuerte —me susurró—. No eres la primera ni serás la última. Pero no permitas que esto te destruya.
Pero yo ya estaba destruida. Iba al supermercado y sentía las miradas de las vecinas clavadas en mi espalda. En el colegio donde trabajaba como profesora de Lengua, las compañeras me miraban con lástima y cuchicheaban a mis espaldas.
Un día, mientras corregía exámenes en la sala de profesores, Mercedes se acercó y me puso una mano en el hombro.
—¿Sabes lo que hice yo cuando me pasó algo parecido? Me fui sola una semana a Granada. Volví otra mujer.
La idea me rondó la cabeza durante días. ¿Y si me iba? ¿Y si dejaba todo atrás aunque fuera por unos días? Había pasado toda mi vida cuidando de los demás: de Luis, de mis hijos, de mi madre… ¿Cuándo había pensado en mí?
Esa misma tarde reservé un billete de tren y una habitación en una pensión cerca de la Alhambra. No le dije nada a nadie salvo a Ana.
Granada me recibió con lluvia fina y olor a jazmín. Caminé durante horas por las calles empedradas del Albaicín, subí hasta el Mirador de San Nicolás y lloré mirando las luces de la ciudad al atardecer. Por primera vez en mucho tiempo sentí paz.
Una noche, sentada sola en un bar tomando una copa de vino tinto, un hombre mayor se sentó a mi lado.
—¿Estás bien? —me preguntó con acento andaluz.
Le conté mi historia sin saber muy bien por qué. Él escuchó en silencio y luego me dijo:
—La vida da muchas vueltas, Carmen. Pero siempre hay caminos nuevos si te atreves a buscarlos.
Volví a casa distinta. No más fuerte ni más feliz, pero sí más consciente de quién era yo sin Luis. Decidí separarme. Fue duro: hubo gritos, lágrimas y reproches. Mis hijos lo pasaron mal pero poco a poco entendieron que era lo mejor para todos.
Luis intentó volver varias veces. Me trajo flores, cartas pidiendo perdón, promesas vacías. Pero ya era tarde.
Hoy vivo sola en un piso pequeño cerca del Retiro. Marta viene a verme los domingos y Pablo me llama cada noche para contarme cómo van sus estudios. A veces me siento sola, sí; pero también libre por primera vez en mi vida.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres como yo viven historias parecidas en silencio? ¿Cuánto tiempo más vamos a callar por miedo al qué dirán? ¿No merecemos todas una segunda oportunidad?