Treinta y tres inviernos lejos de casa: el precio de la ausencia

—¿Así que ahora resulta que todo lo que hizo mamá fue para quedarse con la casa? —La voz de Lucía retumbó en el salón, cortando el aire como un cuchillo. Yo, sentada en la vieja butaca de mi madre, sentí cómo me ardían los ojos, pero me negué a llorar delante de mis hijos.

Treinta y tres inviernos han pasado desde que crucé la frontera, dejando atrás el olor a pan recién hecho y las campanas de la iglesia de nuestro pueblo manchego. Me fui a Alemania porque aquí no había trabajo ni futuro para nadie. Mi marido, Antonio, ya llevaba dos años en paro y la fábrica de conservas cerró de un día para otro. Recuerdo la última noche antes de marcharme: Lucía, con apenas 10 años, se aferraba a mi falda, y Sergio, el mayor, me miraba con esos ojos oscuros llenos de reproche.

—Mamá, ¿por qué te tienes que ir tan lejos? —me preguntó Lucía entre sollozos.

—Para que podáis estudiar, para que no os falte nada —le respondí, tragándome las lágrimas.

Durante trece años trabajé limpiando casas en Múnich. Mandaba cada euro que podía. Antonio se encargaba de los niños y del campo. Yo solo venía en verano, y cada vez me sentía más extraña en mi propia casa. Los niños crecieron sin mí: Sergio se hizo frío y distante; Lucía se volvió rebelde y contestona. Antonio empezó a beber más de la cuenta.

Cuando por fin regresé, Antonio ya no estaba. Un infarto se lo llevó una madrugada de enero. Me quedé sola con mis hijos adultos y una casa vieja que apenas se sostenía en pie. Pero también tenía algo más: los ahorros de toda una vida y un piso pequeño en Ciudad Real que compré con mucho esfuerzo.

Pensé que sería fácil repartirlo todo entre mis hijos. Pero me equivoqué.

—Sergio siempre fue el favorito —escupió Lucía el día que hablamos de la herencia—. Seguro que ya le has prometido el piso.

—Eso no es verdad —protestó Sergio—. Mamá sabe lo que ha hecho por todos.

—¿Por todos? ¡Tú te quedaste aquí viviendo gratis mientras yo me mataba a estudiar y trabajar en Madrid!

Los gritos subieron de tono. Yo intenté mediar, pero nadie me escuchaba. Cada uno tenía su propia versión de la historia: Sergio decía que él había cuidado del campo y de su padre; Lucía aseguraba que siempre estuvo sola, que nadie la entendía. Y yo… yo solo quería paz.

Una tarde de otoño, mientras barría las hojas del patio, Lucía se acercó a mí. Tenía los ojos rojos y la voz temblorosa.

—¿Por qué te fuiste tanto tiempo, mamá? —me preguntó sin mirarme.

Me quedé quieta, con la escoba en la mano. ¿Cómo explicarle que cada noche lloraba abrazada a una almohada ajena? ¿Cómo decirle que cada cumpleaños suyo era una herida más?

—Lo hice por vosotros —susurré—. Pero ahora no sé si valió la pena.

Lucía rompió a llorar. La abracé fuerte, como cuando era niña. Pero ya era tarde: las palabras no podían borrar los años perdidos.

El notario vino un jueves lluvioso. Sergio y Lucía apenas se dirigieron la palabra durante toda la reunión. Al final, firmaron los papeles sin mirarse. El piso sería para Sergio; la casa del pueblo para Lucía. Pero el rencor seguía ahí, flotando en el aire como una nube negra.

Esa noche cené sola en la cocina. Miré las fotos antiguas colgadas en la pared: los tres sonriendo en la playa de Gandía, Antonio con su sombrero de paja, Lucía con trenzas… Me pregunté si algún día volveríamos a ser una familia.

A veces pienso que mi sacrificio solo sirvió para separar a mis hijos aún más. ¿De qué sirve trabajar toda una vida si al final lo único que queda es el silencio? ¿Vale la pena dejarlo todo por un futuro mejor si ese futuro está lleno de reproches?

¿Vosotros qué haríais? ¿Creéis que el sacrificio justifica la distancia? ¿O hay heridas que nunca se curan?