Un año sin Lucía: el precio de dejar de ayudar a mi hijo
—¿De verdad me estás diciendo que no puedes ayudarme más, mamá?—. El tono de Sergio era duro, casi desconocido para mí. Sentí cómo se me encogía el estómago mientras miraba la taza de café frío entre mis manos. Era la tercera vez ese mes que mi hijo venía a pedirme dinero, y yo ya no podía más. La pensión apenas me alcanzaba para pagar la luz y el alquiler del pequeño piso en Vallecas donde vivo desde que enviudé.
—Sergio, hijo, ya no puedo. No llego a fin de mes—. Mi voz temblaba, pero intenté mantenerme firme. Había pasado toda mi vida sacrificándome por él, por Lucía, mi nieta, por esa familia que creí indestructible. Pero ahora, con setenta y dos años y una pensión que no sube ni con milagros, tenía que pensar en mí por primera vez.
Él se levantó bruscamente, la silla chirrió contra el suelo. —Pues si no puedes ayudarme, no vengas luego a pedirme ver a Lucía. No quiero que esté cerca de alguien que no apoya a su familia—. Y salió dando un portazo.
Así empezó mi año de silencio. Un año sin Lucía. Un año sin las risas de mi nieta corriendo por el pasillo, sin sus dibujos pegados en la nevera, sin sus preguntas inocentes sobre la vida y la muerte. Al principio llamaba cada semana, luego cada mes. Mensajes sin respuesta, cartas devueltas. El vacío se fue instalando en mi casa y en mi pecho.
Las vecinas del bloque, como Carmen y Rosario, intentaban animarme. —Eso le pasa a muchos ahora, Pilar—decía Carmen mientras colgábamos la ropa en el patio—. Los hijos se acostumbran a que les resolvamos la vida y luego…—. Rosario asentía con tristeza: —Mi nuera igual, desde que no puedo cuidar a los niños gratis, ni me llama—.
Pero nada consolaba el dolor de la ausencia. Me sentía culpable por haberle dicho que no a Sergio, pero también furiosa por su reacción. ¿En qué momento mi hijo se convirtió en un extraño capaz de castigarme así? ¿No era suficiente todo lo que había hecho por él? Recordaba las noches sin dormir cuando era pequeño y tenía fiebre, los años trabajando de limpiadora para pagarle los estudios, los veranos sin vacaciones para poder comprarle libros y ropa.
A veces soñaba con Lucía. En mis sueños me abrazaba fuerte y me decía: —Abuela, ¿por qué ya no vienes?—. Me despertaba llorando y con el corazón encogido. En el supermercado veía niñas de su edad y tenía que apartar la mirada para que no se me saltaran las lágrimas.
Un día de otoño, mientras regaba las plantas del balcón, vi a Sergio cruzar la calle con Lucía de la mano. Me escondí tras la cortina como una delincuente. Sentí rabia y vergüenza al mismo tiempo. ¿Cómo habíamos llegado a esto?
Intenté hablar con él varias veces más. Le escribí una carta larga explicándole mi situación, diciéndole cuánto le quería y cuánto echaba de menos a Lucía. No hubo respuesta. Mi hermana Mercedes me decía que tenía que ser fuerte: —No puedes dejarte chantajear así, Pili. Si cedes ahora, nunca saldrás de este círculo—.
Pero la soledad pesaba cada vez más. Empecé a ir al centro de mayores del barrio para distraerme, pero nada llenaba el hueco que dejaron mi hijo y mi nieta. Veía a otras abuelas recogiendo a sus nietos del colegio y sentía una punzada de envidia y tristeza.
En Navidad preparé una caja con regalos para Lucía: un libro de cuentos, una bufanda tejida por mí y una carta llena de amor. La dejé en el buzón de su casa. Nunca supe si la recibió.
A veces pienso si hice bien o mal al dejar de ayudar a Sergio. ¿Era egoísmo o supervivencia? ¿Hasta dónde debe llegar el sacrificio de una madre? ¿Por qué en España parece que las madres nunca pueden dejar de darlo todo por sus hijos, aunque eso signifique quedarse sin nada?
Hoy hace exactamente un año desde la última vez que vi a Lucía. Sigo esperando una llamada, una señal, cualquier cosa que me devuelva un poco de esperanza. Mientras tanto, escribo estas líneas para no olvidar quién soy y lo mucho que he amado.
¿De verdad una madre debe darlo todo hasta quedarse vacía? ¿O también tenemos derecho a cuidarnos y poner límites? ¿Qué haríais vosotras en mi lugar?