Un solo nieto es suficiente: Mi lucha por ser madre en mi propia familia

—¿Otra vez embarazada, Lucía? —La voz de Carmen, mi suegra, cortó el aire como un cuchillo afilado. Estábamos todos sentados en la mesa del comedor, rodeados de platos de cocido madrileño y el aroma del pan recién hecho. Mi marido, Luis, me apretó la mano por debajo de la mesa, pero no dijo nada. Mi hija, Martina, jugaba ajena a todo con su muñeca en el suelo.

Sentí cómo la sangre me subía a las mejillas. Había esperado este momento con ilusión, pensando que la familia se alegraría por nosotros. Pero Carmen, con su moño impecable y su mirada fría, no tardó en dejar claro lo que pensaba.

—Un nieto es suficiente —añadió, sin apartar la vista de mí—. No entiendo para qué queréis más. Hoy en día, con lo difícil que está todo…

Mi suegro, Antonio, carraspeó incómodo. Luis seguía en silencio. Yo tragué saliva y respondí con voz temblorosa:

—Carmen, este bebé es tan deseado como Martina. No creo que sea malo querer ampliar la familia.

Ella bufó y se levantó de la mesa para recoger los platos. Nadie más habló del tema esa noche, pero el daño ya estaba hecho. Sentí que mi alegría se había convertido en vergüenza. ¿Por qué tenía que justificar mi maternidad?

Esa noche, en casa, discutí con Luis. Él intentó quitarle importancia:

—Ya sabes cómo es mi madre… Siempre ha sido así de directa.

—¿Y tú? ¿No tienes nada que decir? —le reproché—. ¿No te molesta que tu madre decida cuántos hijos debemos tener?

Luis suspiró y se encogió de hombros.

—No quiero líos, Lucía. Bastante tenemos con el trabajo y la hipoteca.

Me sentí sola. En ese momento, recordé las veces que Carmen había opinado sobre nuestra vida: desde la elección del colegio de Martina hasta la decoración del salón. Siempre tenía algo que decir, siempre imponiendo su criterio.

Las semanas pasaron y la tensión creció. Carmen dejó de llamarme para preguntarme cómo estaba. Cuando venía a casa, apenas me dirigía la palabra y se centraba en Martina. Un día, mientras preparaba la merienda para mi hija, escuché a Carmen decirle:

—Cuando llegue el bebé, ya no te van a hacer tanto caso.

Martina me miró con ojos tristes. Sentí una rabia inmensa.

—Eso no es cierto, cariño —le dije abrazándola—. Siempre te vamos a querer igual.

Esa noche decidí que tenía que hablar claro con Carmen. No podía permitir que su actitud afectara a mis hijos.

La cité en una cafetería del barrio. Llegó puntual, como siempre, con su bolso de piel y su abrigo perfectamente planchado.

—¿Qué quieres hablar conmigo? —preguntó sin rodeos.

—Carmen —empecé, con voz firme—, sé que no estás de acuerdo con que tengamos otro hijo. Pero es nuestra decisión. Te pido respeto.

Ella me miró fijamente.

—No es cuestión de respeto, Lucía. Es sentido común. Hoy en día los niños cuestan mucho dinero. ¿No ves cómo está España? El paro, los precios… No quiero veros agobiados.

—Agradezco tu preocupación —le respondí—, pero no puedes decidir por nosotros. Luis y yo hemos pensado mucho en esto.

Carmen apretó los labios.

—No quiero discutir contigo. Pero recuerda lo que te digo: un hijo es suficiente.

Me marché de allí sintiéndome derrotada pero también aliviada por haber dicho lo que pensaba. Al llegar a casa, Luis me preguntó cómo había ido.

—No va a cambiar —le dije—. Pero yo tampoco pienso ceder.

El embarazo avanzó entre silencios incómodos y visitas cada vez más breves de Carmen. El día que nació Daniel, mi segundo hijo, Carmen apareció en el hospital con un ramo de flores blancas y una expresión seria.

—Enhorabuena —me dijo sin sonreír—. Espero que sepáis lo que hacéis.

Luis intentó mediar durante las semanas siguientes, pero la relación con su madre se enfrió aún más. Yo me volqué en mis hijos y en mi trabajo como profesora de primaria. A veces sentía nostalgia por la familia unida que había soñado tener.

Un domingo por la tarde, mientras jugaba con Martina y Daniel en el parque del Retiro, vi a Carmen sentada sola en un banco. Dudé si acercarme, pero finalmente lo hice.

—¿Te apetece venir a casa a merendar? —le pregunté con una sonrisa tímida.

Ella me miró sorprendida y asintió en silencio.

Aquella tarde fue diferente. Carmen jugó con los niños y hasta sonrió cuando Daniel le tiró del pañuelo. Al despedirse, me abrazó brevemente y susurró:

—Quizá me equivoqué…

No hablamos más del tema, pero sentí que algo había cambiado entre nosotras. Aprendí que poner límites no significa dejar de querer a la familia, sino proteger lo que más amas.

A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres han tenido que luchar por su derecho a ser madres? ¿Cuántas han callado para evitar conflictos? Yo ya no callo más.