Una noche en comisaría: Cuando el amor de madre puso mi vida patas arriba

—¿Dónde está mi hijo? ¡Dígame dónde está mi hijo!— grité, con la voz rota y las manos temblorosas, mientras el policía intentaba calmarme en la sala fría de la comisaría de Chamberí. El reloj marcaba las tres de la madrugada y yo apenas podía respirar. Mi hijo, Lucas, de solo seis años, dormía en mis brazos, ajeno al caos que nos rodeaba. Todo había empezado unas horas antes, con una llamada de mi suegra, Carmen, que nunca trae buenas noticias a esas horas.

—Marina, tienes que venir ya. Es sobre Sergio—, dijo con ese tono seco que siempre me pone los nervios de punta. Sergio, mi marido, llevaba semanas raro, encerrado en sí mismo, y yo sospechaba que algo grave pasaba, pero nunca imaginé que acabaría así.

Cogí a Lucas, lo envolví en una manta y salí corriendo al portal. El taxi parecía no llegar nunca. Mientras bajaba las escaleras, mi corazón latía tan fuerte que sentía que iba a explotar. Carmen me esperaba en la puerta de su piso, con la cara desencajada y los ojos rojos de tanto llorar. —La policía está dentro. Han venido por Sergio—, susurró, y yo sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

Entré y vi a Sergio sentado en el sofá, esposado, con la mirada perdida. Dos agentes hablaban con él, mientras otro revisaba la casa. —¿Qué está pasando?— pregunté, pero nadie me contestó. Carmen me agarró del brazo y me llevó a la cocina. —Han encontrado a Sergio con… con cosas que no debía tener. Dicen que puede ser grave. Marina, tienes que ayudarle, es tu marido—. Yo no podía creerlo. ¿Cómo podía Sergio haber hecho algo así? ¿Y ahora qué iba a pasar con Lucas?

La policía me pidió que les acompañara a comisaría para declarar. Carmen insistió en venir, pero yo no quería que Lucas se quedara solo con ella. Siempre ha sido una mujer dura, poco cariñosa, y Lucas le tiene miedo. Así que me llevé a mi hijo, dormido, envuelto en su manta azul, mientras Carmen nos seguía, murmurando oraciones y maldiciendo a Sergio por haber metido a la familia en semejante lío.

En la comisaría, el tiempo se detuvo. Me sentaron en una sala pequeña, con una mesa de metal y dos sillas. Lucas seguía dormido, pero yo no podía dejar de mirarle, preguntándome cómo le iba a explicar todo esto cuando despertara. Un agente joven, con acento andaluz, me preguntó si sabía algo de los negocios de Sergio. Negué con la cabeza, aunque en el fondo sentí una punzada de culpa. Había ignorado las señales, las discusiones, las noches que Sergio llegaba tarde y no quería hablar. ¿Por proteger a mi familia, había cerrado los ojos ante la verdad?

Carmen no paraba de llamarme al móvil, exigiendo que hiciera algo, que moviera contactos, que hablara con el abogado de la familia. Pero yo solo podía pensar en Lucas, en cómo iba a criarle sola si Sergio acababa en la cárcel. Mi madre siempre decía que una mujer debe ser fuerte, que la familia es lo primero, pero ¿y si la familia es precisamente lo que te está destruyendo?

Las horas pasaban y la tensión crecía. Carmen discutía con los policías, exigiendo explicaciones, mientras yo intentaba calmar a Lucas, que se despertó llorando, asustado por el ruido y el ambiente hostil. —Mamá, ¿por qué estamos aquí? ¿Dónde está papá?— preguntó, con los ojos llenos de lágrimas. No supe qué decirle. Le abracé fuerte y le susurré que todo iba a salir bien, aunque ni yo misma me lo creía.

Al amanecer, el abogado de Sergio llegó a la comisaría. Carmen le recibió como a un salvador, pero yo sentí que todo era inútil. El abogado me explicó que la situación era complicada, que Sergio podía enfrentarse a varios años de prisión. Carmen me miró con rabia, como si todo fuera culpa mía por no haber controlado a su hijo. —Tú le has dejado hacer lo que ha querido. Si hubieras sido más dura, esto no habría pasado—, me espetó delante de todos. Sentí una mezcla de vergüenza y furia. ¿Por qué siempre recaía sobre mí la responsabilidad de todo?

Las horas siguientes fueron un torbellino de declaraciones, papeles y lágrimas. Lucas se quedó dormido en una silla, agotado. Yo firmé papeles sin saber muy bien qué estaba haciendo. Carmen seguía presionando, exigiendo que defendiera a Sergio a toda costa, que mintiera si era necesario. Pero yo no podía más. Por primera vez en mi vida, sentí que tenía que pensar en mí y en mi hijo, no en lo que la familia esperaba de mí.

Cuando por fin salimos de la comisaría, el sol ya brillaba sobre Madrid. Carmen se fue directa a casa, sin despedirse. Yo caminé despacio, con Lucas de la mano, sintiendo el peso de la noche sobre mis hombros. Sabía que mi vida había cambiado para siempre. Tendría que enfrentarme a la familia, a los vecinos, a las miradas y los cuchicheos. Pero también sabía que, por primera vez, tenía que elegir mi propio camino.

Ahora, semanas después, sigo preguntándome si hice lo correcto. ¿Hasta dónde llega el deber hacia los nuestros? ¿Cuándo es el momento de decir basta y pensar en uno mismo? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Dónde termina el sacrificio y empieza el derecho a ser feliz?