Vacaciones en la Costa: El Precio de la Familia

—¿Otra vez la tía Pilar? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras veía a Luis colgar el teléfono—. ¿No recuerdas cómo acabamos el año pasado?

Luis suspiró, evitando mi mirada. —Carmen, es solo una semana. Además, dice que este año será diferente. Ha arreglado el apartamento y promete que no habrá líos con los turnos del baño ni con la comida.

Me reí, amarga. —¿Diferente? El año pasado dormimos en el sofá, tu primo Sergio se bebió todo el vino que llevamos y tu madre casi me llama egoísta por no querer pagar la paella de todos. Y ni siquiera pisamos la playa más de dos veces porque siempre había algo que hacer en casa.

Luis se encogió de hombros. —Es familia, Carmen. No podemos decir que no.

Ahí estaba, otra vez esa palabra: familia. Una palabra que para mí había empezado a significar incomodidad, silencios tensos y una cuenta bancaria temblando cada vez que volvíamos de esas vacaciones «compartidas». Pero Luis tenía razón en algo: decir que no era casi un sacrilegio en su casa.

La tía Pilar era una institución. Viuda desde hacía años, con su apartamento en Torrevieja como único tesoro, cada verano reunía a todos los sobrinos y sus parejas para lo que ella llamaba «la gran convivencia familiar». Pero lo que para ella era convivencia, para mí era supervivencia.

Aquel viernes por la tarde, mientras hacía la maleta a regañadientes, recordé el momento exacto en el que todo se torció el año anterior. La discusión por los turnos de ducha —la abuela Dolores insistiendo en ducharse a las seis de la mañana y despertando a toda la casa—; la pelea por quién pagaba el supermercado; las indirectas de mi cuñada Marta sobre cómo yo «no colaboraba lo suficiente» porque prefería leer en la terraza antes que limpiar los platos de quince personas.

Este año prometí a mí misma que sería diferente. No porque confiara en Pilar, sino porque había aprendido a poner límites. O eso creía.

Llegamos al apartamento un sábado al mediodía. El calor pegajoso de Alicante nos recibió como una bofetada. Nada más entrar, vi que nada había cambiado: los mismos muebles viejos, el mismo olor a humedad y las mismas caras forzando sonrisas.

—¡Carmen! —exclamó Pilar, abrazándome con fuerza—. Qué alegría verte, hija. Este año te he reservado la habitación pequeña con Marta y las niñas. Así estáis más cómodas.

Tragué saliva. —Gracias, Pilar…

Luis me miró con cara de disculpa. Yo le lancé una mirada asesina.

La primera noche ya hubo problemas. Sergio llegó tarde y borracho, despertando a las niñas. Marta se quejó de que yo no ayudaba a preparar la cena porque estaba poniendo a secar los bañadores de todos. La abuela Dolores se enfadó porque alguien había usado su toalla especial.

El domingo por la mañana intenté convencer a Luis de irnos solos a la playa. —¿No podemos escaparnos un rato? Solo tú y yo…

Él negó con la cabeza. —Pilar quiere hacer paella para todos y necesita ayuda. Además, si nos vamos ahora, seguro que se ofenden.

Me senté en el borde de la cama improvisada y sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas. ¿Por qué tenía que ser siempre yo la mala? ¿Por qué nadie veía lo agotador que era intentar encajar en una familia donde nunca sería suficiente?

A mediodía, mientras pelaba gambas junto a Marta, ella soltó:

—No sé cómo lo haces para escaquearte siempre de las tareas más pesadas…

La miré fijamente. —¿Perdona? Llevo toda la mañana limpiando y preparando cosas para todos.

Ella se encogió de hombros con desdén. —Bueno, cada una sabe lo que hace…

Me mordí la lengua para no gritarle que estaba harta, que si por mí fuera estaría en casa viendo una serie o paseando por el paseo marítimo sin tener que fingir sonrisas ni aguantar comentarios pasivo-agresivos.

La comida fue un desastre: Sergio derramó vino sobre el mantel nuevo de Pilar; las niñas lloraban porque querían ir a la playa; Dolores se atragantó con una espina y hubo un momento de pánico generalizado.

Esa noche, mientras todos dormían, salí al balcón y llamé a mi madre.

—No puedo más —le susurré—. Siento que estoy perdiendo mi verano y mi paciencia por gente que ni siquiera me aprecia.

Mi madre suspiró al otro lado del teléfono. —Carmen, tienes derecho a poner límites. No tienes por qué sacrificarte siempre por los demás.

Colgué sintiéndome un poco más fuerte. Al día siguiente, cuando Pilar propuso otra excursión familiar (que implicaba cargar neveras y sombrillas durante media hora para acabar sentados en un chiringuito carísimo), me negué.

—Hoy voy sola a la playa —dije en voz alta—. Necesito un rato para mí.

El silencio fue sepulcral. Luis me miró sorprendido; Marta puso los ojos en blanco; Pilar intentó disimular su disgusto.

Caminé sola hasta la orilla del mar y sentí una libertad inmensa. Por primera vez en años, hacía algo solo por mí.

Esa tarde, cuando volví al apartamento, encontré a Luis esperándome en la puerta.

—¿Estás bien? —me preguntó suavemente.

Asentí. —Sí. Y creo que deberíamos hablar cuando volvamos a casa sobre cómo queremos pasar nuestras vacaciones el año que viene.

Luis me abrazó y supe que entendía lo que quería decirle: basta de sacrificar nuestra felicidad por cumplir expectativas ajenas.

Ahora, mientras escribo esto desde nuestro pequeño piso en Madrid, pienso en todas esas veces que he callado por no molestar, por miedo al qué dirán o por intentar encajar donde nunca he sido bienvenida.

¿De verdad merece la pena pagar tan caro por mantener una fachada familiar? ¿Cuántos veranos más estamos dispuestos a perder antes de priorizarnos a nosotros mismos?