Vergüenza de mi hija: Historia de amor, orgullo e injusticia
—¿Por qué siempre tienes que venir con esa bolsa del Mercadona, mamá? —me preguntó Lucía, sin mirarme a los ojos, mientras yo dejaba sobre la mesa las naranjas y el pan que había comprado con las últimas monedas que me quedaban.
Sentí cómo se me encogía el corazón. No era la primera vez que notaba ese tono en su voz, esa mezcla de vergüenza y fastidio. Pero esta vez, en el salón luminoso de su piso nuevo en Chamberí, rodeada de muebles caros y fotos familiares perfectamente enmarcadas, me dolió más que nunca.
—No hace falta que traigas nada, de verdad —insistió ella, mirando de reojo a su suegra, doña Pilar, que se limitó a sonreír con superioridad desde el sofá.
Me quedé callada. No sabía si sentarme o marcharme. Mi nieto, Diego, jugaba en el suelo con un tren eléctrico que seguramente costaba más que mi pensión mensual. Sentí una punzada de orgullo herido. Yo, Carmen Fernández, viuda desde hace ocho años, madre soltera durante casi toda la vida de Lucía, había trabajado limpiando casas ajenas para que ella pudiera estudiar en la universidad. Y ahora parecía que todo eso no valía nada.
—Mamá, ¿puedes ayudarme a poner la mesa? —me pidió Lucía, pero ya no era una petición. Era una orden disfrazada de cortesía.
Mientras colocaba los platos de porcelana —regalo de boda de los padres de su marido— escuché cómo Lucía y su suegra hablaban en voz baja sobre la posibilidad de irse todos juntos a Marbella en Semana Santa. Nadie me preguntó si quería ir. Nadie pensó en mí.
Durante la comida, doña Pilar contó anécdotas de sus viajes por Europa y presumió del nuevo coche híbrido que acababan de comprar. Lucía reía nerviosa, intentando impresionar a su suegra. Yo apenas probé bocado. Cada palabra era una aguja clavándose en mi orgullo.
Cuando llegó el postre, Lucía se levantó y me llevó aparte a la cocina.
—Mamá, ¿puedes no traer cosas la próxima vez? Es que… aquí no hace falta y… bueno, a veces parece que no encajas —me susurró, evitando mi mirada.
—¿No encajo? —repetí yo, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas—. ¿Te avergüenzas de mí?
Lucía no respondió. Se limitó a encogerse de hombros y volvió al comedor.
Recuerdo cuando era pequeña y venía corriendo a abrazarme después del colegio. Recuerdo las noches sin dormir cuando tenía fiebre y yo rezaba para que se pusiera bien. Recuerdo los cumpleaños en los que le preparaba bizcochos con lo poco que tenía. Todo eso parecía tan lejano ahora…
Salí del piso sin despedirme apenas. Caminé por las calles frías de Madrid sintiéndome más sola que nunca. Me pregunté en qué momento mi hija se había convertido en una extraña para mí. ¿Había sido culpa mía por no poder darle más? ¿Por no tener una casa grande ni dinero para regalos caros?
Esa noche apenas dormí. Al día siguiente llamé a mi amiga Rosario.
—No puedo más, Rosario. Siento que he perdido a Lucía —le confesé entre sollozos.
—No digas tonterías, Carmen. Has hecho todo lo posible por ella. Pero ahora está cegada por ese mundo de apariencias —me consoló.
Pero las palabras de Rosario no calmaban mi angustia. Durante días repasé mentalmente cada decisión tomada: dejar a mi marido cuando supe que tenía otra familia; aceptar trabajos mal pagados para poder estar cerca de Lucía; renunciar a mis propios sueños para que ella pudiera cumplir los suyos.
Pasaron semanas sin noticias suyas. Ni una llamada, ni un mensaje. Solo veía fotos en Instagram: cenas elegantes, escapadas al norte, regalos para Diego… Me dolía ver cómo la familia política ocupaba el lugar que yo había soñado para mí.
Un domingo cualquiera decidí ir a misa al barrio donde crecimos. Allí me encontré con Teresa, la antigua profesora de Lucía.
—¡Cuánto tiempo sin verte! ¿Y Lucía? ¿Qué tal le va? —me preguntó con cariño.
No supe qué responder. Solo asentí y cambié de tema.
Esa tarde recibí una llamada inesperada:
—Mamá… ¿puedes venir mañana a cuidar a Diego? Tengo una reunión importante y Pilar está en Marbella —me dijo Lucía con voz apresurada.
Sentí rabia y alivio al mismo tiempo. Fui al día siguiente y encontré a Diego llorando porque no encontraba su peluche favorito. Lo abracé fuerte y le canté la misma nana que le cantaba a Lucía cuando era pequeña. Por un momento sentí que todo volvía a tener sentido.
Cuando Lucía regresó por la noche, me miró cansada pero agradecida.
—Gracias por venir, mamá —susurró.
La miré fijamente:
—Lucía, yo siempre estaré aquí para ti y para Diego. Pero no soy invisible. No soy menos madre porque no pueda darte lo mismo que otros —le dije con voz temblorosa pero firme.
Lucía bajó la cabeza y por primera vez en mucho tiempo vi lágrimas en sus ojos.
—Lo siento, mamá… A veces me dejo llevar por lo que esperan los demás… Pero te necesito —admitió entre sollozos.
Nos abrazamos largo rato en silencio. Sentí alivio pero también tristeza por todo lo perdido.
Hoy escribo estas líneas desde mi pequeño piso en Vallecas. Sigo sin tener mucho dinero ni grandes lujos. Pero tengo recuerdos y amor suficiente para llenar cualquier vacío material.
¿De verdad el valor de una madre se mide por lo que puede dar económicamente? ¿O es el amor lo único que debería importar? ¿Cuántas madres como yo sienten esta vergüenza silenciosa cada día?