Vergüenza en la sangre: Cuando el amor de una madre no basta
—Mamá, ¿por qué no puedes ser como los padres de Álvaro? —La pregunta de Lucía me atravesó como un cuchillo. Estábamos sentadas en la cocina, la luz de la tarde entrando tímida por la ventana, y yo removía el café con manos temblorosas. Ella no me miraba; sus ojos estaban fijos en la taza, como si allí pudiera encontrar una respuesta menos dolorosa que la que yo podía darle.
No supe qué decir. ¿Cómo explicarle que no tenía una casa en la playa ni podía regalarle un coche nuevo? ¿Cómo decirle que cada euro que ganaba limpiando casas lo guardaba para ayudarla con los pañales de su hijo, mi nieto, aunque a veces ni para mí alcanzaba?
—Lucía, hija, yo hago lo que puedo… —Mi voz sonó pequeña, casi ridícula. Ella suspiró y se levantó bruscamente.
—Es que no entiendes, mamá. Los padres de Álvaro siempre están ahí. Nos pagan las vacaciones, nos llenan la nevera… Yo… yo a veces siento vergüenza cuando te ven venir en autobús, con esa ropa…
Sentí un nudo en la garganta. Recordé cuando Lucía era pequeña y corría a abrazarme al salir del colegio, sin importarle si mis manos olían a lejía o si mi abrigo tenía años. ¿En qué momento el dinero se volvió más importante que el amor?
Esa noche no pude dormir. Me revolvía en la cama, escuchando el tic-tac del reloj y preguntándome dónde me había equivocado. ¿Había sido demasiado blanda? ¿Debería haberle enseñado a valorar otras cosas? O quizá era culpa de esta sociedad nuestra, tan obsesionada con las apariencias.
Al día siguiente, fui a limpiar la casa de doña Carmen, una señora mayor del barrio de Chamberí. Mientras fregaba el suelo, ella me miró con sus ojos azules y me dijo:
—¿Qué te pasa hoy, Mercedes? Tienes la cara triste.
No pude evitarlo y rompí a llorar. Le conté todo: la vergüenza de mi hija, mi impotencia, mi miedo a perderla.
—Ay, hija —me dijo doña Carmen—, los hijos a veces son crueles sin querer. Pero tú eres madre. Y las madres aguantan todo.
Salí de allí con el alma un poco más ligera, pero el dolor seguía ahí. Esa tarde fui a buscar a mi nieto al colegio. Cuando llegué, vi a Lucía hablando con su suegra, Pilar. Pilar llevaba un abrigo caro y hablaba alto para que todos la oyeran.
—Claro, Lucía, si necesitáis algo para el niño, solo tienes que decírmelo —decía Pilar, sonriendo como si repartiera bendiciones.
Lucía me vio y bajó la mirada. Pilar me saludó con un gesto frío.
—Hola, Mercedes. ¿Vienes en autobús otra vez? —preguntó con una sonrisa torcida.
—Sí —respondí—. El metro estaba lleno hoy.
Me sentí pequeña, insignificante. Pero cuando mi nieto salió corriendo y se abrazó a mis piernas gritando «¡abuela!», supe que algo mío sí había hecho bien.
Esa noche Lucía vino a casa. Se sentó en el sofá y estuvo callada mucho rato.
—Mamá… —empezó al fin—. Perdona por lo de ayer. No quería hacerte daño.
La miré y vi en sus ojos el reflejo de mi propio dolor.
—Lucía, hija mía… Yo no tengo lo que tienen los padres de Álvaro. Pero te quiero más que a mi vida. Y eso nadie te lo va a dar nunca.
Ella se echó a llorar y me abrazó fuerte. Pero yo sentí que algo se había roto entre nosotras. Como si el dinero hubiera abierto una grieta imposible de cerrar.
Pasaron los meses y la distancia creció. Lucía empezó a pasar más tiempo con su familia política. Yo veía a mi nieto cada vez menos. En Navidad me invitaron a cenar en casa de los suegros; fui con mi mejor vestido —el único decente que tenía— y llevé un roscón hecho por mí misma.
La mesa estaba llena de manjares: mariscos, cordero al horno, vinos caros. Pilar me miró el roscón y sonrió con lástima.
—Qué detalle más… casero —dijo.
Lucía apenas me habló esa noche. Me sentí invisible entre tanta abundancia. Al volver a casa sola, lloré como una niña.
Un día recibí una llamada de Lucía:
—Mamá… ¿puedes venir? Estoy sola con el niño y tengo fiebre.
Corrí hasta su casa sin pensar en nada más. Al llegar, la encontré temblando en la cama y al niño llorando en su cuna. Pasé toda la noche cuidándolos: le preparé sopa a Lucía y le canté nanas al pequeño hasta que se durmió.
Por la mañana, Lucía me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Gracias, mamá… Nadie cuida como tú.
Le acaricié el pelo y sentí que por fin entendía algo importante: hay cosas que el dinero no puede comprar.
Pero aún así, la herida seguía ahí. Porque sé que cuando todo vuelva a la normalidad, Lucía volverá a compararme con Pilar y yo seguiré sintiéndome menos.
A veces me pregunto: ¿qué vale más en esta vida? ¿El dinero o el amor? ¿Por qué duele tanto no ser suficiente para tu propia hija?
¿Vosotros también habéis sentido alguna vez esa vergüenza o ese dolor? ¿Creéis que hoy en España pesa más lo material que lo emocional?