Viviendo en la Sombra de Lucía: El Peso de una Comparación Infinita

—¿Por qué no puedes ser más como Lucía? —La voz de mi madre retumba en el pasillo, tan afilada como el primer día que la escuché decirlo. Estoy sentada en el sofá del salón, con las manos temblorosas sobre las rodillas, mientras el aroma a lentejas recalentadas llena el aire. Lucía acaba de anunciar, una vez más, que ha conseguido otro ascenso en la empresa de abogados donde trabaja en Madrid. Mi madre sonríe orgullosa, y yo siento cómo mi estómago se encoge.

No es la primera vez que ocurre. Desde que tengo memoria, Lucía ha sido el ejemplo a seguir: notas perfectas en el instituto, capitana del equipo de baloncesto, la primera en irse a estudiar fuera. Yo, en cambio, fui la niña distraída, la que prefería dibujar en los márgenes de los cuadernos y perderse en historias inventadas. «Eso no te va a dar de comer», decía mi madre mientras recogía mis dibujos del suelo.

Recuerdo una tarde de verano en nuestro piso de Salamanca. Tenía quince años y acababa de suspender matemáticas. Mi madre me miró con decepción y soltó: —Lucía nunca me ha dado estos disgustos. ¿Por qué no puedes esforzarte un poco más?—. Lucía estaba sentada a mi lado, con su libro de historia abierto y una expresión neutra. Nunca decía nada, pero su silencio era tan pesado como las palabras de mi madre.

Los años pasaron y la distancia entre Lucía y yo creció. Ella se fue a Madrid, yo me quedé en Salamanca, trabajando en una librería pequeña mientras intentaba terminar una carrera que nunca me apasionó. Cada Navidad era igual: mi madre preguntando por los logros de Lucía y mirándome con lástima cuando yo hablaba de mis clientes habituales o de algún libro que me había gustado.

Una noche, después de una cena especialmente tensa, me atreví a preguntarle a Lucía:

—¿Alguna vez te has sentido culpable por todo esto?

Ella me miró sorprendida, como si nunca se le hubiera pasado por la cabeza.

—No es culpa mía que mamá sea así —respondió—. Yo solo hago lo que puedo.

Me dolió más de lo que esperaba. No era culpa suya, lo sabía, pero tampoco hacía nada por cambiarlo. Me sentí invisible, como si mi existencia solo sirviera para resaltar aún más sus éxitos.

El año pasado, mi padre enfermó. Fue un golpe duro para todos, pero especialmente para mí. Lucía venía los fines de semana y se marchaba el domingo por la tarde. Yo me quedaba con mi madre, soportando sus reproches y su tristeza, intentando mantener la casa en orden mientras trabajaba a media jornada. Una tarde, mientras cambiaba las sábanas de mi padre, mi madre entró en la habitación y dijo:

—Menos mal que tengo a Lucía para ayudarme con los papeles del hospital. Tú siempre has sido un poco inútil para estas cosas.

Sentí rabia y vergüenza al mismo tiempo. ¿Qué más tenía que hacer para demostrarle que valía algo? ¿Por qué todo lo que hacía era insuficiente?

Una noche, después de acostar a mi padre, salí al balcón y llamé a mi amiga Carmen.

—No puedo más —le confesé entre sollozos—. Siento que nunca voy a ser suficiente para ella.

Carmen guardó silencio unos segundos antes de responder:

—¿Y si dejas de intentarlo? ¿Y si empiezas a vivir para ti?

Sus palabras me golpearon como una bofetada. ¿Vivir para mí? ¿Cómo se hacía eso cuando llevas toda la vida intentando llenar un hueco imposible?

El funeral de mi padre fue el punto de inflexión. Lucía organizó todo: flores blancas, misa en la iglesia del barrio, discursos emotivos. Mi madre se apoyaba en ella como si fuera su bastón. Yo me limité a observar desde un rincón, sintiéndome una invitada en mi propia familia.

Esa noche, después del entierro, discutí con mi madre por primera vez en años.

—¿Por qué nunca te parece suficiente lo que hago? —le grité—. ¿Por qué siempre tengo que ser como Lucía?

Mi madre me miró con los ojos llenos de lágrimas y rabia.

—Porque eres mi hija y quiero lo mejor para ti —susurró—. Pero nunca te esfuerzas lo suficiente.

Me marché dando un portazo. Dormí en casa de Carmen esa noche y lloré hasta quedarme sin fuerzas.

Pasaron semanas sin hablar con mi madre ni con Lucía. Me sentí libre y culpable al mismo tiempo. Empecé a escribir otra vez, retomando historias que había abandonado años atrás. En la librería conocí a Marcos, un cliente habitual con el que empecé a salir sin decírselo a nadie.

Un día recibí un mensaje de Lucía:

—Mamá está preocupada por ti. ¿Podemos hablar?

Nos encontramos en una cafetería del centro. Lucía parecía cansada, menos perfecta de lo habitual.

—No sé cómo ayudarte —me confesó—. Mamá siempre ha sido así conmigo también, solo que yo aprendí a no escucharla.

La miré sorprendida.

—¿De verdad crees que no te afecta?

Lucía bajó la mirada.

—A veces sueño con dejarlo todo e irme lejos —admitió—. Pero siento que si no soy perfecta, mamá se viene abajo.

Por primera vez sentí compasión por ella. No éramos rivales; éramos dos hijas atrapadas en las expectativas imposibles de una madre herida por sus propias frustraciones.

Hoy tengo treinta y dos años y sigo trabajando en la librería. Sigo escribiendo y salgo con Marcos sin esconderme. Mi madre aún compara, aún suspira cuando hablo de mis proyectos, pero ya no le doy tanto poder sobre mí.

A veces me pregunto: ¿Cuántos sueños se pierden por intentar ser quien otros esperan? ¿Cuándo aprenderemos a querernos tal como somos?