Cinco años de lluvia
—¿Por qué, Javier? ¿Por qué tuviste que ir tú? —me escucho murmurar, con la voz rota, mientras la lluvia golpea los cristales del salón. El eco de mi pregunta se pierde entre los truenos y el zumbido de la televisión encendida, que nadie mira. Cinco años han pasado desde aquel día en que la tormenta parecía querer tragarse Madrid entera, y yo sigo aquí, sentada en el mismo sofá, con la misma manta de cuadros que él odiaba porque decía que picaba.
Recuerdo cada detalle como si fuera ayer. La luz se fue de repente, justo cuando estaba preparando la cena. Javier, siempre tan dispuesto, bajó al trastero a buscar unas velas y una linterna. «No tardes, que la tortilla se enfría», le grité desde la cocina, medio en broma, medio en serio. Él me contestó con una de sus sonrisas, esa que me desarmaba, y desapareció por el pasillo. No pasaron ni cinco minutos cuando escuché un golpe seco, un ruido que no supe identificar al principio. El vecino, don Manuel, salió corriendo de su piso y empezó a gritar mi nombre. «¡Lucía, baja rápido! ¡Es Javier!». Bajé las escaleras a trompicones, con el corazón en la boca y las piernas temblando. Allí estaba él, tendido en el suelo, empapado, con la linterna aún en la mano. El suelo estaba tan resbaladizo que ni siquiera los bomberos entendieron cómo pudo pasar.
Desde entonces, la vida se me ha hecho cuesta arriba. Mi hija, Paula, tenía solo ocho años. Ahora es una adolescente que apenas me habla, encerrada en su mundo de música y redes sociales. Mi madre, que vive en Toledo, me llama cada día para preguntarme si he comido, si he dormido, si necesito algo. «Lucía, hija, tienes que rehacer tu vida», me repite una y otra vez, como si fuera tan fácil. Pero yo no quiero rehacer nada. Quiero volver atrás, a esa tarde de lluvia, y gritarle a Javier que no baje, que se quede conmigo, que la luz ya volverá sola, como siempre.
En el barrio, todos saben lo que pasó. En la panadería, la señora Carmen me mira con pena cada vez que voy a comprar el pan. «Ánimo, Lucía, que la vida sigue», me dice, y yo sonrío por educación, aunque por dentro me dan ganas de gritar. En la comunidad, los vecinos han cambiado la moqueta de la escalera y han puesto una barandilla nueva, pero nadie habla del accidente. Es como si el silencio fuera la única forma de protegernos del dolor.
Las noches son las peores. Cuando la casa se queda en silencio y solo se escucha el tic-tac del reloj de la cocina, me asaltan los recuerdos. Javier y yo bailando en el salón, con la radio puesta y una copa de vino en la mano. Las cenas de los viernes, cuando Paula se dormía en el sofá y nosotros aprovechábamos para hablar de todo y de nada. Los veranos en la playa de Cádiz, donde él se empeñaba en construir castillos de arena más grandes que los de los niños. Todo eso se ha ido, y lo único que queda es un vacío que no sé cómo llenar.
A veces, pienso en mudarme. Cambiar de barrio, de ciudad, de vida. Pero luego miro las fotos en la pared, los dibujos de Paula, los libros de Javier en la estantería, y me doy cuenta de que no puedo. Esta casa está llena de él, de nosotros, de lo que fuimos. ¿Cómo voy a dejarlo todo atrás? Mis amigas me invitan a salir, a tomar algo, a ir al cine. «Tienes que distraerte, Lucía, no puedes seguir así», me dicen. Pero yo no quiero distraerme. Quiero recordar, aunque duela. Porque si olvido, ¿qué me queda?
El otro día, Paula me sorprendió. Entró en la cocina mientras yo preparaba la cena y, sin mirarme, me preguntó: «Mamá, ¿tú crees que papá nos ve desde algún sitio?». Me quedé sin palabras. No supe qué decirle. Solo la abracé, fuerte, como si pudiera protegerla de todo el dolor del mundo. «No lo sé, cariño, pero seguro que está orgulloso de ti», le susurré. Ella no dijo nada más, pero esa noche se quedó dormida a mi lado, como cuando era pequeña.
Hoy, mientras la lluvia sigue cayendo, me pregunto si algún día podré dejar de sentir este nudo en el pecho. Si podré volver a reír de verdad, a mirar al futuro sin miedo. ¿Será posible aprender a vivir con la ausencia, sin que duela tanto? ¿O es que, en el fondo, el dolor es la forma que tenemos de no olvidar a quienes amamos? ¿Vosotros qué pensáis?