Cuando el amor se convierte en una batalla: La historia de Lucía y Sergio

—¿Otra vez llegas tarde, Lucía? ¿Con quién estabas? —La voz de Sergio retumbó en el pasillo, apenas crucé la puerta del piso en Vallecas. El reloj marcaba las nueve y media, pero para él, cualquier minuto fuera de su control era motivo de sospecha.

Me quedé quieta, con la bolsa del supermercado colgando de la mano. Noté cómo mi corazón latía tan fuerte que casi podía oírlo. “Con mi madre”, respondí, intentando que mi voz no temblara. Pero él ya no escuchaba. Había decidido que mentía.

Así era cada día desde hacía meses. Sergio, con su sonrisa encantadora ante los demás, se transformaba en casa. Todo empezó como una historia de amor de película española: nos conocimos en la universidad, compartimos cañas en Malasaña, soñamos con viajar juntos a Granada. Pero poco a poco, su amor se volvió exigente, posesivo. Yo, que siempre fui independiente, empecé a sentirme pequeña.

Recuerdo la primera vez que me gritó. Fue por un mensaje de mi amiga Marta. “¿Por qué te escribe tanto? ¿No tienes suficiente conmigo?” Me reí nerviosa, pensando que era una broma. Pero no lo era. Aquella noche dormí en el sofá.

Mi madre siempre decía: “Lucía, no dejes que nadie te apague la luz”. Pero yo ya ni me reconocía en el espejo. Mis amigas dejaron de invitarme a salir porque siempre ponía excusas. Mi hermano Álvaro me llamaba cada domingo y yo fingía que todo iba bien.

Una tarde de otoño, mientras llovía sobre los tejados de Madrid, Sergio llegó a casa antes de lo habitual. Me encontró leyendo un libro en la cama.

—¿No piensas hacer nada útil? —me soltó sin mirarme.

—He terminado todo lo de la casa…

—¿Y eso te da derecho a vaguear? —Su tono era frío, cortante.

Sentí rabia y vergüenza al mismo tiempo. ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿En qué momento dejé de ser yo?

Esa noche soñé con mi abuela Carmen, que siempre me decía: “La vida es demasiado corta para vivirla con miedo”. Me desperté llorando.

Al día siguiente, decidí ir a ver a Marta. No le conté todo, pero bastó una mirada para que ella supiera que algo iba mal.

—Lucía, no tienes que aguantar esto —me dijo mientras me abrazaba—. No eres la misma desde que estás con él.

Volví a casa con la cabeza llena de dudas y el corazón encogido. Sergio me esperaba en el salón, viendo un partido del Real Madrid.

—¿Dónde estabas? —preguntó sin apartar la vista de la tele.

—Con Marta —respondí, por primera vez sin miedo.

Él se levantó bruscamente y tiró el mando al suelo.

—¿Te crees muy lista? ¿Ahora vas a hacer lo que te dé la gana?

Me temblaban las manos, pero algo dentro de mí se encendió. Pensé en mi madre, en mi abuela, en todas las mujeres que alguna vez tuvieron que luchar por sí mismas.

—Sí —dije—. Voy a hacer lo que me dé la gana porque es mi vida.

Sergio se quedó callado. Por primera vez vi miedo en sus ojos.

Esa noche dormí poco. Al amanecer, empecé a meter mis cosas en una maleta. No lloré. No grité. Solo sentí una paz extraña mientras escuchaba el ruido lejano del tráfico madrileño.

Cuando salí del piso, sentí el aire frío en la cara y supe que había hecho lo correcto. Llamé a mi madre y le dije: “Mamá, vuelvo a casa”.

Hoy escribo esto desde la habitación donde crecí, rodeada de fotos antiguas y libros olvidados. No ha sido fácil reconstruirme, pero cada día me siento más fuerte.

A veces me pregunto: ¿Por qué nos cuesta tanto decir basta? ¿Cuántas Lucías hay ahora mismo luchando por recuperar su voz? ¿Y tú, te atreverías a dar el paso?