Demasiado Bueno para Este Mundo: La Historia de Seis Almas Generosas

—¿Por qué siempre tienes que ser tú el que cede, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo del hospital, mientras yo apretaba los dientes para no llorar delante de ella. Tenía razón. Siempre era yo. Y no solo yo: éramos seis. Seis almas buenas, demasiado buenas para este mundo.

Todo empezó hace dos años en Madrid, en una cafetería de Lavapiés. Allí nos reuníamos cada jueves: Lucía (yo), Carmen, Sergio, Álvaro, Marta y Tomás. Éramos amigos desde la universidad y compartíamos una especie de pacto no escrito: ayudarnos siempre, sin importar el precio. Lo que nunca supimos es que ese precio sería tan alto.

Recuerdo una tarde especialmente fría de enero. Carmen llegó llorando, con las manos temblorosas. Su novio la había dejado y no tenía dónde dormir. Sin pensarlo, le ofrecí mi casa. «Quédate el tiempo que necesites», le dije. No imaginé que serían seis meses. Mi pareja, Raúl, empezó a resentirlo. «¿Y nosotros cuándo?», me preguntaba cada noche. Pero yo solo podía pensar en Carmen y en cómo no podía dejarla sola.

Sergio era el siguiente. Su jefe le explotaba en la oficina de abogados donde trabajaba. Álvaro y yo le ayudamos a preparar denuncias y a buscar otro empleo. Pero Sergio nunca se atrevió a presentarlas; tenía miedo de hacer daño a su jefe, que también era amigo de su padre. «No quiero problemas», repetía. Así que siguió tragando, hasta que un día se desmayó por el estrés.

Marta tenía una hermana con problemas de adicción. Cada vez que la llamaba a las tres de la mañana, Marta salía corriendo a buscarla, dejándolo todo: trabajo, citas, incluso su propia salud mental. Álvaro, por su parte, era incapaz de decirle que no a su madre, una mujer dominante que le exigía dinero y tiempo constantemente. «Es mi madre, ¿cómo voy a negarme?», decía mientras se le escapaba la vida entre las manos.

Tomás era el más callado del grupo. Siempre estaba dispuesto a ayudar a los demás con mudanzas, favores o dinero prestado. Nadie sabía que estaba endeudado hasta el cuello porque nunca reclamaba lo que le debían.

La gota que colmó el vaso llegó cuando decidimos ayudar a un vecino anciano, don Eusebio, que vivía solo y apenas podía valerse por sí mismo. Nos turnábamos para hacerle la compra, limpiar su casa y acompañarle al médico. Al principio era gratificante; sentíamos que hacíamos algo bueno. Pero pronto don Eusebio empezó a exigir más y más: llamadas a cualquier hora, críticas si llegábamos tarde, incluso insultos cuando algo no era de su agrado.

Una noche discutí con Raúl. «¿Y si algún día necesitas tú ayuda? ¿Quién va a estar ahí para ti?», me gritó antes de marcharse dando un portazo. No volví a verle.

El grupo empezó a resquebrajarse. Marta tuvo una crisis nerviosa y acabó ingresada en psiquiatría tras una llamada desesperada de su hermana pidiéndole dinero para drogas. Sergio fue despedido por bajo rendimiento y cayó en una depresión profunda. Álvaro dejó su trabajo para cuidar a su madre enferma y perdió toda independencia económica. Tomás desapareció durante semanas; cuando lo encontramos, estaba viviendo en su coche porque ya no podía pagar el alquiler.

Carmen fue la última en romperse. Un día me confesó entre lágrimas: «He abusado de tu bondad porque no sabía qué hacer con mi vida. Ahora ni siquiera sé quién soy».

Nos reunimos una última vez en la cafetería donde todo empezó. Nadie tenía fuerzas para hablar mucho. Solo nos miramos, con los ojos hinchados y las manos temblorosas.

—¿Hemos hecho algo mal? —preguntó Álvaro con voz rota.

—Solo hemos sido demasiado buenos —respondió Marta desde el fondo de la sala.

El silencio se hizo eterno.

Ahora estoy aquí, en este hospital, recuperándome de una neumonía que arrastré durante semanas porque no quería preocupar a nadie ni faltar al trabajo para no dejar tirados a mis compañeros. Mi madre me mira con tristeza y rabia contenida.

—Lucía, tienes que aprender a cuidarte tú primero —me dice mientras me acaricia el pelo.

Pienso en mis amigos: cada uno luchando por reconstruir su vida desde las ruinas de su propia bondad mal entendida. ¿Dónde está el límite entre ayudar y dejarse destruir? ¿Por qué en España nos enseñan desde pequeños a ser generosos hasta el sacrificio?

Quizá la verdadera valentía está en saber decir ‘no’. Pero ¿cómo hacerlo sin sentirnos egoístas o traidores?

¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que vuestra bondad os ha pasado factura? ¿Dónde pondríais el límite?