Después de los sesenta, la soledad era mi refugio… hasta que en la parada del autobús escuché su voz
—¿Todavía te gustan los libros de Tokarczuk?—. La pregunta, lanzada al aire con una naturalidad casi insolente, me sacudió como un trueno en pleno agosto madrileño. Me giré, dispuesta a responder con una de esas miradas que aprendí a usar después de los sesenta, cuando la gente cree que puede invadir tu espacio solo porque ya no eres joven. Pero no era un desconocido. Era Pedro. El Pedro. El hombre que, hace más de treinta años, me enseñó a amar la literatura y a desconfiar del amor.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Pedro estaba igual de canoso que yo, pero sus ojos seguían teniendo esa chispa burlona, como si el tiempo no hubiera pasado. —¿Marina?—dijo, y mi nombre sonó extraño en su boca, como si lo estuviera probando después de años de silencio. No supe qué decir. Me limité a asentir, apretando el bolso contra el pecho, como si pudiera protegerme de los recuerdos que amenazaban con desbordarse.
—No esperaba encontrarte aquí—continuó él, con esa voz grave que tantas veces me arrulló en noches de insomnio. —Yo tampoco—respondí, seca, casi hostil. No quería que notara el temblor en mis manos. No quería que supiera que, a pesar de todo, su presencia me removía por dentro.
El autobús tardaba en llegar. El silencio entre nosotros era denso, incómodo. Miré a mi alrededor, buscando una excusa para marcharme, pero la parada estaba vacía. Madrid en junio puede ser cruel con los solitarios. —¿Sigues leyendo tanto como antes?—preguntó, intentando romper el hielo. —Más que nunca—contesté, y me sorprendí de lo cierto que era. Los libros se habían convertido en mi refugio desde que mis hijos se marcharon de casa y mi marido, Andrés, decidió que la vida era demasiado corta para compartirla conmigo.
Pedro sonrió, y por un instante vi al joven que me recitaba poemas en la facultad de Filosofía y Letras. —Siempre supe que acabarías rodeada de libros—dijo, y sentí una punzada de nostalgia. ¿Por qué había vuelto? ¿Por qué ahora, cuando por fin había aprendido a convivir con mi soledad?
El autobús llegó, pero ninguno de los dos se movió. Pedro me miró, serio. —¿Te apetece tomar un café?—propuso, y mi primer impulso fue negarme. Pero algo en su mirada me detuvo. Asentí, casi sin querer, y caminamos en silencio hasta una cafetería cercana. El local estaba casi vacío. Nos sentamos junto a la ventana, y durante unos minutos solo se escuchó el tintinear de las cucharillas.
—¿Por qué te fuiste así, Pedro?—pregunté de repente, incapaz de contenerme. Él bajó la mirada, removiendo el café. —Era joven, cobarde… y tú eras demasiado para mí. No supe estar a la altura—confesó. Sentí rabia, pero también alivio. Durante años me culpé por su marcha, por no haber sido suficiente. Ahora, por fin, entendía que no todo había sido culpa mía.
—¿Y ahora? ¿Por qué has vuelto?—insistí. Pedro suspiró. —He estado enfermo. Un cáncer. Me operaron el año pasado. Cuando crees que vas a morir, te das cuenta de lo que realmente importa. Y yo… necesitaba verte. Saber si eras feliz—. Sus palabras me desarmaron. No supe qué decir. ¿Era feliz? ¿Podía alguien ser feliz después de perderlo todo?
—No sé si soy feliz—admití, con la voz quebrada. —Me acostumbré a la soledad. Mis hijos viven lejos, Andrés rehizo su vida… y yo me quedé aquí, con mis libros y mis rutinas. A veces pienso que la soledad es más fácil que el amor. No duele tanto—. Pedro me tomó la mano, y sentí un escalofrío. —La soledad también duele, Marina. Solo que aprendemos a ignorarlo—.
Nos quedamos así, en silencio, mientras la tarde caía sobre Madrid. Afuera, la gente corría, ajena a nuestro pequeño drama. Me pregunté cuántas historias como la nuestra se escondían tras las ventanas, cuántos corazones rotos fingían estar enteros.
Pedro me habló de su vida: de su matrimonio fallido, de su hija que apenas veía, de las noches en las que el miedo a la muerte le impedía dormir. Yo le conté de mis nietos, de las tardes de domingo en las que la casa se llenaba de risas, y de los lunes en los que el silencio era tan denso que costaba respirar. Compartimos heridas, como dos soldados que regresan del frente y se reconocen en las cicatrices del otro.
Cuando salimos de la cafetería, la noche había caído. Pedro me acompañó hasta mi portal. —¿Puedo volver a verte?—preguntó, con una timidez que me conmovió. Dudé. Tenía miedo. Miedo de volver a sentir, de volver a perder. Pero también sentí una chispa de esperanza, algo que creía extinguido.
—Llámame—dije, y le di mi número. Subí a casa con el corazón desbocado, como una adolescente. Me senté en el sofá, rodeada de libros, y por primera vez en mucho tiempo, no me sentí sola.
Ahora, mientras escribo esto, me pregunto: ¿Es posible empezar de nuevo después de los sesenta? ¿O la vida solo nos da una oportunidad para amar de verdad? ¿Vosotros qué pensáis? ¿Os atreveríais a abrir la puerta al pasado?