Diez años después: Cuando las heridas no cicatrizan
—¿Lucía? ¿Eres tú?
La voz me atraviesa como un relámpago. Levanto la vista del café, temblorosa, y ahí está Daniel, con el mismo brillo en los ojos que recuerdo, aunque ahora rodeado de pequeñas arrugas. El murmullo de la cafetería se desvanece; sólo existimos él y yo, diez años después.
—Hola, Daniel —respondo, intentando que mi voz no tiemble—. Cuánto tiempo…
No sé si son segundos o siglos los que pasan mientras nos miramos. Él sonríe, pero es una sonrisa triste, como si supiera que este encuentro no es casualidad sino una cita pendiente con el pasado.
—¿Te importa si me siento? —pregunta, señalando la silla frente a mí.
Asiento en silencio. El corazón me late tan fuerte que temo que lo escuche. ¿Por qué ahora? ¿Por qué aquí, en esta pequeña cafetería de Lavapiés donde solíamos refugiarnos de la lluvia madrileña?
Daniel se sienta y deja su abrigo sobre el respaldo. Lleva una alianza en el dedo. Me fijo en ese detalle como si fuera una puñalada. Yo también estoy casada, pero nunca aprendí a dejarle ir.
—¿Cómo estás? —pregunta él, con esa voz suave que siempre me calmaba.
—Bien… Bueno, sobreviviendo —respondo, y me obligo a sonreír—. ¿Y tú?
—Igual —dice, y ambos sabemos que mentimos.
El camarero se acerca y Daniel pide un café solo. Yo juego con la cucharilla, incapaz de sostenerle la mirada. El silencio se instala entre nosotros, pesado, incómodo. Pienso en todo lo que no dije hace diez años, en las palabras que me tragué por miedo a perderle… y al final le perdí igual.
—¿Sigues pintando? —pregunta de repente.
Me sorprende que lo recuerde. Asiento.
—Sí… Aunque ya no expongo. Ahora pinto para mí. Para no volverme loca.
Él sonríe con nostalgia.
—Siempre fuiste demasiado dura contigo misma, Lucía.
No puedo evitarlo; una lágrima amenaza con escapar. Me limpio los ojos antes de que caiga.
—¿Por qué viniste hoy aquí? —pregunto al fin, sin poder soportar más la tensión.
Daniel suspira y mira por la ventana. Afuera llueve, como aquel día en que todo terminó.
—No lo sé —admite—. Quizá necesitaba verte para entender si todo aquello fue real o sólo un sueño que inventé para sobrevivir.
Me quedo callada. Recuerdo perfectamente el día en que le eché de mi vida. Mis celos, mis inseguridades… La llamada anónima que recibí diciendo que él me engañaba con otra. Ni siquiera le di oportunidad de explicarse. Le grité, le insulté, le pedí que se fuera. Y él se fue, sin mirar atrás.
—Lo siento —susurro—. Nunca te pedí perdón por cómo te traté aquel día.
Daniel me mira con una mezcla de ternura y tristeza.
—Yo también cometí errores, Lucía. Pero nunca dejé de quererte.
El nudo en mi garganta es insoportable. Pienso en mi marido, en mis hijos… en la vida que construí sobre las ruinas de aquel amor. ¿De qué sirve todo esto ahora?
—¿Eres feliz? —le pregunto, casi sin voz.
Daniel duda antes de responder.
—Tengo una buena vida. Una familia preciosa. Pero hay días en los que me despierto pensando en ti… preguntándome qué habría pasado si hubiéramos luchado un poco más.
Las palabras me golpean como una ola fría. Yo también lo pienso cada noche antes de dormir.
—¿Por qué somos tan cobardes cuando más importa? —murmuro.
Él sonríe con amargura.
—Porque nadie nos enseña a amar bien. Sólo aprendemos cuando ya es tarde.
El camarero trae su café y nos deja solos otra vez. Daniel da un sorbo y me observa con atención.
—¿Te acuerdas de aquella vez en Granada? Cuando nos perdimos por las callejuelas del Albaicín y terminamos viendo amanecer desde el Mirador de San Nicolás…
Sonrío por primera vez desde que llegó. Aquella noche fue mágica; creíamos que nada podría separarnos.
—Sí… Pensé que el mundo era nuestro —digo.
Daniel asiente y deja la taza sobre el plato con un leve tintineo.
—Quizá lo fue durante un rato —susurra.
Nos quedamos callados, atrapados en los recuerdos. Siento ganas de abrazarle, de pedirle otra oportunidad… pero sé que es imposible. Hay demasiadas vidas construidas sobre nuestras ruinas.
—¿Crees que podríamos haber sido felices juntos? —pregunto al fin.
Daniel no responde enseguida. Mira sus manos, luego mis ojos.
—Nunca lo sabremos. Pero al menos ahora sé que no fue sólo culpa mía… ni tuya. Éramos jóvenes y asustados. Eso es todo.
Nos miramos largo rato. Afuera la lluvia arrecia y la gente corre bajo los paraguas. Aquí dentro el tiempo parece haberse detenido.
Finalmente Daniel se levanta y recoge su abrigo.
—Me alegro de haberte visto, Lucía. De verdad.
Yo también me levanto y le abrazo brevemente; su olor me transporta a otro tiempo. Cuando se separa, noto que sus ojos brillan húmedos.
—Cuídate mucho —me dice antes de salir a la lluvia.
Me quedo sola en la mesa, mirando su taza vacía y preguntándome cómo habría sido mi vida si hubiera confiado más en él… o en mí misma. ¿Cuántas veces dejamos escapar lo importante por miedo? ¿Y cuántas veces nos atrevemos a buscar el perdón cuando ya es demasiado tarde?