El reencuentro que nunca imaginé: Volver a ver a Marcos después de veinte años

—¿Por qué insistes tanto en que vaya, Lucía? —le pregunté a mi hermana mientras me miraba desde el marco de la puerta, con esa sonrisa suya que siempre me desarma.

—Porque te vendrá bien salir, Ana. Además, ¿no te hace ilusión ver a tus compañeros del colegio? —insistió, ignorando mi gesto de fastidio.

No le respondí. La verdad es que no quería ir. ¿Para qué volver a ver a gente con la que solo compartí unos años de infancia y unas cuantas fotos en el patio del colegio público de Alcalá? Pero entonces, mientras hojeaba la lista de asistentes en el grupo de WhatsApp, vi su nombre: Marcos García. El chico de la última fila, el que me regaló un poema escrito en el margen de su cuaderno y me sonrió aquel día en que todo parecía gris.

Sentí un vuelco en el estómago. Veinte años después, su nombre seguía teniendo ese efecto en mí. Recordé cómo me temblaban las manos cuando leía sus versos, cómo evitaba mirarle a los ojos para que no descubriera mi rubor. Pero también recordé cómo desapareció de mi vida sin despedirse, justo después de aquel último día de clase.

La noche del reencuentro llegó antes de lo que esperaba. Me puse el vestido azul que tanto le gustaba a mi madre y salí de casa con el corazón desbocado. Al llegar al restaurante, vi caras conocidas: Marta, la delegada; Sergio, siempre tan bromista; Inés, con su risa contagiosa. Pero yo solo buscaba una cara entre todas.

Y entonces lo vi. De pie junto a la puerta, con el pelo algo más corto y las arrugas marcando su sonrisa, pero inconfundible. Marcos. Me miró y durante un segundo sentí que el tiempo se detenía.

—Ana —dijo, acercándose—. No sabes cuánto me alegra verte.

Intenté responder con naturalidad, pero mi voz tembló.

—Hola, Marcos. Ha pasado mucho tiempo.

Nos sentamos juntos en la mesa larga del salón. Al principio hablamos de banalidades: trabajo, familia, lo difícil que es encontrar piso en Madrid. Pero poco a poco, la conversación se volvió más íntima.

—¿Te acuerdas del poema que te di en octavo? —me preguntó, bajando la voz.

Sentí cómo me ardían las mejillas.

—Claro que me acuerdo. Lo guardé durante años… hasta que mi madre lo encontró y me preguntó si era para un examen de literatura —reímos los dos, aunque por dentro sentía una punzada de nostalgia.

La noche avanzó entre risas y recuerdos. Pero cuando todos salieron a fumar al patio, Marcos se quedó conmigo.

—Ana… —dudó unos segundos—. Siempre quise explicarte por qué desaparecí aquel verano.

Le miré sorprendida. Había esperado esa explicación durante años, pero ahora no estaba segura de querer escucharla.

—Mi padre perdió el trabajo y tuvimos que mudarnos a Valencia casi de un día para otro. No tuve tiempo ni de despedirme… Y luego me dio vergüenza escribirte. Pensé que ya me habrías olvidado.

Sentí una mezcla de alivio y rabia. Alivio porque no fue culpa mía; rabia porque nunca me dio la oportunidad de decirle lo que sentía.

—No te olvidé —susurré—. Pero aprendí a vivir sin ti.

Nos quedamos en silencio unos segundos, hasta que la puerta se abrió y Marta nos llamó para la foto de grupo. Nos levantamos y nos unimos al resto, pero algo había cambiado entre nosotros.

Al terminar la cena, Marcos me acompañó hasta mi coche. La calle estaba desierta y solo se oía el eco lejano de las risas del grupo.

—¿Te gustaría tomar un café algún día? —me preguntó, titubeando como aquel adolescente tímido que recordaba.

No supe qué responder. Tenía una vida hecha: un trabajo estable, una hija adolescente y una rutina tranquila en Alcalá. ¿De verdad quería remover el pasado?

—No lo sé, Marcos… Han pasado muchos años —dije finalmente—. Pero gracias por explicarme lo que pasó.

Él asintió y se despidió con un abrazo largo, cálido, lleno de cosas no dichas.

Esa noche no pude dormir. Pensé en todo lo que pudo haber sido y no fue; en las decisiones tomadas por otros que cambiaron mi vida sin preguntarme; en los amores que se quedan suspendidos en el tiempo como una fotografía antigua.

Al día siguiente, Lucía me encontró mirando por la ventana con los ojos hinchados.

—¿Y bien? ¿Cómo fue?

—Fue… intenso —le respondí—. A veces creo que el pasado nunca se va del todo. Solo espera agazapado a que le abras la puerta otra vez.

Ahora me pregunto: ¿merece la pena volver a abrir heridas antiguas solo por sentir otra vez lo que creíamos perdido? ¿O es mejor dejar el pasado donde está y seguir adelante?

¿Vosotros qué haríais?