El secreto bajo la almohada: una historia en la mansión de los Alarcón

—¡No puede ser, Lucía! ¡Otra vez tiene fiebre! —gritó doña Carmen desde el pasillo, con la voz temblorosa y los ojos llenos de preocupación.

Yo, Ara, apreté la maleta contra mi pecho y subí los últimos peldaños de la escalera de mármol. El eco de los gritos rebotaba en las paredes de la mansión Alarcón, una casa antigua en las afueras de Salamanca, llena de cuadros familiares y olor a madera vieja. No llevaba ni cinco minutos en mi nuevo trabajo y ya sentía el peso de la responsabilidad sobre mis hombros.

—Tranquila, Carmen, déjame ver al niño —respondí, intentando sonar más segura de lo que me sentía.

Bruno estaba tumbado en una cama enorme, rodeado de peluches y almohadas bordadas con su nombre. Tenía la carita roja y los ojos apagados. Su padre, don Javier, un hombre serio y siempre vestido impecablemente, miraba desde la puerta con el ceño fruncido y el móvil pegado a la oreja.

—Ara, ¿verdad? —me preguntó sin mirarme—. Los médicos no encuentran nada. Mi hijo lleva semanas así. Si no mejora pronto…

No terminó la frase. El silencio se hizo pesado. Sentí un nudo en el estómago. Me acerqué a Bruno y le acaricié el pelo con suavidad.

—Hola, campeón. Soy Ara. ¿Me dejas cuidarte?

Él asintió levemente. Su madre, Lucía, me miraba con ojos llenos de esperanza y miedo a partes iguales. En España, la familia es sagrada, y ver a un hijo enfermo es como si te arrancaran un trozo del alma.

Pasaron los días entre visitas de médicos privados, remedios caseros que traía la abuela desde el pueblo —infusiones de manzanilla, paños fríos, rezos a la Virgen del Carmen— y noches en vela. Nada funcionaba. Bruno seguía con fiebre y cada vez más débil.

Una tarde, mientras le leía un cuento para dormir, noté que se removía incómodo sobre las almohadas. Me fijé mejor: las almohadas parecían más duras de lo normal. Recordé algo que mi abuela decía: “Donde hay mal sueño, hay mal augurio”.

Esperé a que Bruno se durmiera profundamente y, con cuidado, levanté una de las almohadas. Mi corazón dio un vuelco: dentro había pequeños saquitos de hierbas secas y algo que parecía un amuleto antiguo, envuelto en tela roja.

—¿Pero qué demonios…? —susurré.

Llamé a Lucía y Carmen. Les mostré lo que había encontrado. Carmen se persignó al instante.

—Eso lo trajo la tía Rosario —dijo Lucía, temblando—. Dijo que era para protegerle del mal de ojo…

—¡Pero si esto huele raro! —exclamé—. ¿No habéis notado que desde que están estas cosas Bruno está peor?

El ambiente se volvió tenso. En España, las supersticiones siguen vivas en muchas familias, sobre todo en las zonas rurales. Pero yo confiaba más en la ciencia que en los remedios mágicos.

Esa noche retiré todas las almohadas y ventilé bien la habitación. Al día siguiente, Bruno amaneció mejor. Su fiebre bajó poco a poco y volvió a sonreír. Los médicos no se lo explicaban.

Don Javier me llamó a su despacho.

—Ara, no sé cómo lo has hecho… Pero has salvado a mi hijo. ¿Qué quieres a cambio?

Le miré a los ojos y respondí:

—Solo quiero que Bruno crezca sano y feliz… Y que confíen más en el sentido común que en las supersticiones.

Aquella noche, mientras cenábamos todos juntos tortilla de patatas y pan recién hecho —como manda la tradición— sentí que por fin formaba parte de esa familia.

A veces me pregunto: ¿Cuántas veces dejamos que el miedo o las creencias nos cieguen ante lo evidente? ¿Y tú? ¿Has vivido alguna vez algo parecido?