El secreto del duque: Sombras en la casa solariega

—¡Por el amor de Dios, madre, no puedo más! —gritó Álvaro, su voz quebrada resonando en el patio empedrado de la casa solariega. Yo, Tomás, fingía limpiar las riendas junto al pozo, pero cada palabra me atravesaba como un cuchillo. Nadie en la casa quería hablar del asunto, pero todos lo veíamos: el joven duque, otrora robusto y alegre, se marchitaba como una flor sin agua.

Las criadas cuchicheaban en la cocina, y hasta el capellán, don Fermín, bajaba la mirada cuando la duquesa le preguntaba por la salud de su hijo. «Será el mal de ojo, señora», decían algunos. «Demasiada presión, demasiadas expectativas», murmuraban otros. Pero yo sabía que había algo más, algo oscuro, algo que se escondía entre los muros de piedra y los tapices polvorientos.

Una noche, mientras la familia cenaba en el gran comedor, me acerqué a la ventana para dejar pasar el aire fresco. Escuché a la duquesa susurrar: —No digas nada delante de Álvaro. No debe saberlo. —¿Saber qué?— pensé, y sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Álvaro, cada vez más pálido, apenas probaba bocado. Su padre, el duque, golpeaba la mesa con el puño: —¡Tienes que comer, hijo! ¡No puedes seguir así!—. Pero Álvaro solo bajaba la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.

Esa noche, no pude dormir. Me levanté y recorrí los pasillos oscuros, guiado por una intuición que no podía ignorar. Al pasar por la puerta del despacho del duque, escuché un sollozo ahogado. Me asomé y vi a la duquesa arrodillada, rezando ante una imagen de la Virgen. —No permitas que se descubra nuestro secreto, Madre mía— susurraba.

Al día siguiente, mientras limpiaba la plata en la cocina, la cocinera, Rosario, me miró con ojos tristes: —Ese niño no va a durar mucho, Tomás. Aquí hay algo que no huele bien, y no es el guiso de garbanzos. —¿Qué quieres decir, Rosario?— pregunté, temiendo la respuesta. —Que hay veneno en esta casa, y no solo en la comida—.

Decidí vigilar de cerca a la familia. Una tarde, vi a la institutriz, doña Elvira, deslizarse por el corredor con una botellita en la mano. La seguí hasta la habitación de Álvaro. Escuché cómo le susurraba: —Tómate esto, cariño, te hará sentir mejor—. Pero el chico, tembloroso, se negaba. —No quiero, me duele el estómago cada vez que lo tomo—.

Esa noche, cuando todos dormían, entré sigilosamente en la habitación de Álvaro. Lo encontré despierto, con los ojos abiertos como platos. —¿Quién eres?— susurró, asustado. —Soy Tomás, el mozo de cuadras. Vengo a ayudarte. ¿Qué te están dando?—. Álvaro rompió a llorar. —No lo sé. Me obligan a tomarlo todos los días. Desde entonces, me siento peor—.

Le prometí que descubriría la verdad. Al día siguiente, robé la botellita de la mesilla de noche y la llevé a la botica del pueblo. El boticario, don Julián, la olió y frunció el ceño. —Esto es digitalina. En pequeñas dosis puede curar, pero en exceso… mata lentamente—. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

Corrí de vuelta a la casa y enfrenté a la institutriz. —¿Por qué le das esto a Álvaro?— le grité, sin importarme que pudiera perder mi trabajo, o algo peor. Ella palideció y negó con la cabeza. —¡No sabes lo que dices, muchacho!—. Pero la duquesa apareció tras ella, con el rostro desencajado. —Basta, Elvira. Ya no podemos seguir—.

La verdad salió a la luz como un trueno en mitad de la tormenta. La duquesa, desesperada por proteger a su hijo de una herencia maldita —una enfermedad que había matado a varios varones de la familia—, había confiado en los remedios de la institutriz, sin saber que la estaba envenenando poco a poco. Elvira, resentida por años de desprecios y humillaciones, había aumentado la dosis, esperando que el joven muriera y así vengarse de la familia.

El escándalo sacudió la casa. El duque, furioso, expulsó a Elvira y abrazó a su hijo con lágrimas en los ojos. Yo, Tomás, fui recompensado con la libertad y un pequeño terreno para trabajar. Pero lo más importante fue ver a Álvaro recuperar la salud, volver a reír, y saber que, por una vez, la justicia había triunfado sobre el miedo y la mentira.

Ahora, cuando paseo por los campos de Castilla y veo el sol ponerse tras los trigales, me pregunto: ¿Cuántos secretos más se esconden tras los muros de las grandes casas? ¿Cuántas verdades esperan a ser descubiertas por alguien que, como yo, no tiene nada que perder?