Invisible en la mesa: la noche en que dejé de existir
—¿Y para la señora? —preguntó el camarero, sin mirarme, mientras llenaba el vaso de Luis por tercera vez. Yo estaba allí, sentada frente a él, con las manos entrelazadas sobre el mantel blanco, pero era como si mi silla estuviera vacía. Luis ni siquiera se dio cuenta. Sonrió, agradeció el vino y siguió hablando de su día en la oficina, de cómo su jefe, don Ramón, le había felicitado delante de todos. Yo asentía, fingiendo interés, pero mi mente estaba lejos, atrapada en ese gesto tan pequeño y tan hiriente: la forma en que el camarero sólo veía a Luis.
No era la primera vez que me sentía invisible. Me llamo Carmen y tengo treinta y ocho años. Vivo en Madrid desde que me casé con Luis hace doce años. Antes era distinta: alegre, espontánea, llena de sueños. Pero poco a poco, entre las rutinas y los silencios, fui perdiendo algo de mí misma. Esta noche, en ese restaurante del barrio de Salamanca, lo sentí con una claridad dolorosa.
—¿Te apetece postre? —me preguntó Luis, sin mirarme tampoco. Sus ojos seguían fijos en el móvil, contestando un mensaje de su hermana Pilar.
—No, gracias —respondí, aunque sí quería. Pero ¿para qué pedirlo? El camarero ya había retirado mi plato sin preguntarme si había terminado.
Miré alrededor. Las mesas estaban llenas de parejas y familias. En la mesa de al lado, una madre intentaba calmar a su hijo pequeño mientras su marido leía el periódico. En otra, dos amigas reían alto, ajenas al mundo. Yo sentí un nudo en la garganta. ¿Cuándo fue la última vez que alguien me miró de verdad? ¿Que alguien me escuchó sin interrumpirme?
El camarero volvió con la cuenta. La dejó junto a Luis, por supuesto. Ni siquiera me dirigió una palabra. Luis sacó la tarjeta y pagó sin mirar el importe. Cuando el camarero regresó con el datáfono, Luis le sonrió y le dio las gracias.
—¿Dejamos propina? —me preguntó Luis por fin, como si yo fuera una invitada en mi propia vida.
—Sí —dije, casi en un susurro.
Luis dejó unas monedas y se levantó. Yo me quedé sentada un momento más, mirando la mesa vacía frente a mí. Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo. ¿Por qué aceptamos esto? ¿Por qué permitimos que nos borren poco a poco?
En el taxi de vuelta a casa, Luis volvió a su móvil. Yo miré por la ventana las luces de la ciudad, preguntándome en qué momento dejé de existir para los demás. Recordé a mi madre, Rosario, que siempre decía: «Carmen, nunca dejes que nadie te apague la voz». Pero yo misma había bajado el volumen hasta convertirme en un susurro.
Al llegar a casa, Luis fue directo al salón a ver el partido del Real Madrid. Yo me encerré en el baño y me miré al espejo. Vi a una mujer cansada, con ojeras y el pelo recogido deprisa. Me pregunté si alguna vez volvería a sentirme viva.
Al día siguiente, durante la comida familiar del domingo en casa de mis suegros en Chamberí, la historia se repitió. Mi suegra hablaba sin parar de las notas de sus nietos; mi cuñada presumía de su nuevo trabajo; mi suegro discutía sobre política con Luis. Yo intenté contar que había empezado un curso de fotografía, pero nadie me escuchó. Mi voz se perdió entre risas y discusiones.
Esa noche, mientras recogía los platos sola en la cocina, mi hija Lucía entró y me abrazó por detrás.
—Mamá, ¿estás triste? —me preguntó con esos ojos grandes que todo lo ven.
—No, cariño —mentí—. Sólo estoy cansada.
Pero Lucía no se dejó engañar.
—A veces pareces invisible —dijo muy seria—. Pero yo sí te veo.
Me eché a llorar. Lloré por todas las veces que no me vieron, por todas las palabras no dichas y los sueños olvidados. Lloré porque mi hija tenía razón: era invisible para casi todos menos para ella.
Esa noche decidí que tenía que cambiar algo. Al día siguiente llamé a mi amiga Teresa y quedamos para tomar un café en Malasaña. Le conté todo: la cena, la familia, cómo me sentía borrada del mundo.
—Carmen —me dijo Teresa—, no eres invisible. Pero tienes que recordarte a ti misma quién eres. Nadie va a hacerlo por ti.
Sus palabras me dolieron y me liberaron al mismo tiempo. Volví a casa y busqué aquel cuaderno donde escribía poemas cuando era joven. Escribí una frase: «Hoy decido verme yo».
La siguiente vez que salimos a cenar, elegí el restaurante yo misma y pedí lo que realmente quería comer. Cuando el camarero se dirigió sólo a Luis, le interrumpí con una sonrisa firme:
—Perdone, pero yo también tengo voz.
Luis me miró sorprendido; el camarero se disculpó torpemente. Por primera vez en mucho tiempo sentí que ocupaba mi lugar en la mesa y en mi vida.
Ahora me pregunto: ¿cuántas mujeres más se sienten invisibles cada día? ¿Cuántas veces dejamos que otros decidan si existimos o no? ¿Y tú? ¿Te has sentido invisible alguna vez?