La Cárcel de los Secretos: El Misterio de Valdemora
—¡No puede ser!—. La voz de Lucía temblaba mientras sostenía el informe médico entre sus manos. Miró a su compañera, la enfermera Pilar, con los ojos abiertos como platos. —Pilar, esto es una locura. ¿Cómo es posible que todas las internas estén embarazadas? ¿Todas?—
Pilar se encogió de hombros, nerviosa, y bajó la voz. —Lucía, aquí no entra ni sale nadie sin pasar por tres controles. Ni siquiera los guardias pueden acercarse a las celdas sin que lo sepa el director. Esto… esto no tiene sentido.
Lucía respiró hondo y miró por la ventana del pequeño despacho médico. Afuera, el patio de la prisión de Valdemora parecía tranquilo, como cualquier otro día. Las internas charlaban en pequeños grupos, algunas fumaban, otras simplemente paseaban bajo el sol de Madrid. Pero ahora, todo tenía otro color. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Y si alguien está haciendo algo desde dentro?—susurró Lucía, más para sí misma que para Pilar.
Esa noche, Lucía no pudo dormir. En su cabeza resonaban las voces de las internas: sus historias de madres solteras, de familias rotas por la crisis, de sueños truncados por un error o una mala decisión. En España, la familia lo es todo, pensó Lucía. ¿Qué pasaría si esto salía a la luz? ¿Qué dirían los medios? ¿Y sus familias?
A la mañana siguiente, decidió hablar con el director, don Ernesto. Era un hombre seco, acostumbrado a lidiar con problemas graves y a mantener la calma incluso cuando todo parecía venirse abajo.
—Lucía, no me vengas con cuentos chinos—le cortó él, apenas escuchó su explicación—. Aquí nadie puede hacer nada sin que yo lo sepa. Si hay un problema médico, lo solucionamos discretamente. No quiero escándalos.
Pero Lucía no podía quedarse de brazos cruzados. Así que esa misma tarde, cuando todos se marcharon, volvió al despacho y revisó las grabaciones de las cámaras de seguridad. Sabía que estaba prohibido, pero algo dentro de ella le decía que tenía que hacerlo.
Lo que vio la dejó helada. Las cámaras mostraban imágenes borrosas, pero en varias noches distintas se veía una sombra moviéndose por los pasillos del módulo femenino. No era ningún guardia; era alguien vestido con bata blanca, como ella misma.
Lucía sintió un nudo en el estómago. ¿Y si alguien del personal médico estaba implicado? ¿Y si era una especie de experimento? Recordó los rumores sobre antiguos médicos corruptos en otras cárceles españolas, historias que siempre parecían exageradas hasta que ocurrían de verdad.
Decidió hablar con Carmen, una interna veterana y respetada por todas. Carmen la miró con desconfianza al principio, pero luego bajó la guardia.
—Doctora, aquí pasan cosas raras desde hace meses. Por las noches se oyen pasos, a veces alguien entra en las celdas y nos ponen inyecciones diciendo que son vitaminas… Pero nadie pregunta porque aquí el miedo es ley.
Lucía sintió rabia e impotencia. —¿Por qué no me lo habéis contado antes?
Carmen suspiró. —Porque aquí nadie confía en nadie. Y porque si hablas demasiado, te mandan a aislamiento o te quitan las visitas. Y eso es peor que cualquier cosa.
Esa noche, Lucía decidió quedarse en la enfermería fingiendo trabajar hasta tarde. Cuando el reloj marcó las dos de la madrugada, escuchó pasos en el pasillo. Se asomó y vio a un hombre alto con bata blanca y mascarilla entrando en una celda.
Sin pensarlo dos veces, lo siguió y lo grabó con su móvil. El hombre estaba inyectando algo a una interna dormida. Cuando Lucía encendió la luz y gritó «¡Alto!», él salió corriendo y desapareció por una puerta lateral.
Al día siguiente, Lucía llevó el vídeo al director y amenazó con ir a la prensa si no se investigaba el caso. La noticia explotó en los medios: «Escándalo en Valdemora: Internas embarazadas tras experimentos clandestinos».
La investigación destapó una red de tráfico de medicamentos ilegales y experimentos médicos realizados por un falso doctor contratado durante la pandemia para suplir bajas del personal habitual. Nadie había comprobado sus credenciales; solo importaba cubrir turnos y evitar huelgas.
Las familias de las internas acudieron en masa a la prisión exigiendo respuestas. Los medios llenaron las calles del barrio obrero donde estaba Valdemora. El escándalo sacudió al Ministerio del Interior y puso sobre la mesa el debate sobre las condiciones carcelarias en España.
Lucía fue apartada temporalmente mientras duraba la investigación, pero recibió cientos de mensajes de apoyo de familiares y asociaciones feministas.
Sentada en su pequeño piso del centro de Madrid, Lucía miraba por la ventana mientras escuchaba el bullicio de la ciudad y pensaba: «¿Cuántas cosas más pasan delante de nuestros ojos y no queremos verlas? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a mirar para otro lado por miedo o comodidad?»