La foto en el despacho: secretos de familia bajo el cielo de Madrid
—¿Por qué tienes esa foto? —La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera frenarla, temblorosa, casi un susurro ahogado por el silencio solemne del despacho.
El licenciado Javier miró la imagen, luego a mí. Sus ojos grises, tan fríos como el mármol del suelo, se oscurecieron un instante. El reloj de pared marcaba las nueve y cuarto, pero el tiempo parecía haberse detenido en ese rincón del centro financiero de Madrid.
—¿Perdón? —respondió él, con esa voz grave que había intimidado a generaciones enteras de pasantes y abogados jóvenes.
Me sentía como si estuviera a punto de desmayarme. La foto, enmarcada con esmero, mostraba a una niña de pelo castaño claro y sonrisa tímida, abrazando un peluche raído en un parque de barrio. Era yo. No cabía duda. El vestido azul con margaritas, la cicatriz en la ceja izquierda… Todo.
—Esa… esa foto es mía. Es decir, soy yo —balbuceé, sintiendo que las mejillas me ardían y las manos me sudaban.
Javier se levantó despacio, rodeando el escritorio. Se apoyó en la mesa, mirándome fijamente. Por un segundo, creí ver un destello de ternura en su rostro severo.
—¿Cómo puedes estar tan segura? —preguntó, con una calma que me puso aún más nerviosa.
—Mi madre tiene la misma foto en casa. Siempre me decía que fue el día más feliz de su vida… —La voz se me quebró. Recordé a mamá, su olor a colonia Nenuco y las tardes de verano en el Retiro.
Javier suspiró. Se quitó las gafas y se frotó los ojos. El silencio se hizo pesado, como si el aire se hubiera vuelto plomo.
—Sofía… —dijo finalmente—. Hay cosas que no puedo explicarte aquí. No ahora.
Sentí un nudo en la garganta. ¿Qué hacía mi foto en ese despacho? ¿Por qué ese hombre poderoso, tan ajeno a mi mundo de barrio obrero y cenas de tortilla y croquetas recalentadas, tenía un recuerdo tan íntimo mío?
Me levanté torpemente, recogiendo mis cosas.
—¿Quiere que vuelva más tarde? —pregunté, intentando mantener la compostura.
Él negó con la cabeza.
—No. Siéntate. Creo que ha llegado el momento de hablar.
Me senté de nuevo, el corazón golpeando como un tambor flamenco. Javier se acercó a la ventana y miró la Gran Vía desde lo alto. El tráfico rugía abajo; arriba, solo quedábamos él y yo y un secreto a punto de estallar.
—Conocí a tu madre hace muchos años —empezó—. Fue en una verbena de San Isidro. Yo era joven, arrogante… Ella era diferente a todas las chicas que había conocido. Alegre, valiente…
Sentí que el mundo giraba bajo mis pies.
—¿Qué está intentando decirme?
Él se giró despacio.
—Sofía… Puede que seas mi hija.
El despacho pareció encogerse. Me faltaba el aire. Recordé todas las veces que pregunté por mi padre y mamá solo sonreía triste: «No te preocupes, hija, tienes todo lo que necesitas».
—No puede ser… —murmuré—. Mi madre nunca…
—Nunca te habló de mí porque yo no supe estar a la altura —admitió Javier, bajando la mirada—. Cuando supe que estaba embarazada, me asusté. Era joven y cobarde. Me marché a Barcelona por trabajo y no volví a buscarla… hasta hace unos años.
Las lágrimas me nublaron la vista. Pensé en mi infancia sin padre, en los cumpleaños sin una figura masculina, en los domingos viendo partidos del Atleti con mi tío Paco porque «los hombres también tienen que estar presentes».
—¿Por qué tienes esa foto? —insistí, la voz rota.
—Tu madre me la envió hace cinco años —explicó—. Me escribió una carta contándome cómo habías crecido. Quería que supiera lo que había perdido… Desde entonces, la tengo aquí para recordarme mis errores.
Me tapé la cara con las manos. No sabía si gritar o salir corriendo. El despacho olía a cuero y café caro; yo solo quería volver a casa y abrazar a mamá.
Javier se acercó y puso una mano temblorosa sobre mi hombro.
—No espero que me perdones —dijo en voz baja—. Solo quería conocerte… aunque fuera así.
El reloj marcó las nueve y media. Afuera, Madrid seguía su ritmo frenético; dentro del despacho, dos vidas se cruzaban entre lágrimas y silencios incómodos.
Al salir del edificio, sentí el aire fresco en la cara y llamé a mi madre con manos temblorosas. Sabía que nada volvería a ser igual. Pero también supe que tenía derecho a conocer toda mi historia, aunque doliera.
¿Y vosotros? ¿Os atreveríais a descubrir un secreto familiar aunque pudiera cambiarlo todo?