La heredera de La Dehesa y el mecánico de Valdeolivas
—¡No me lo puedo creer, Paco! ¿Otra vez el tractor parado? ¿Y ahora qué excusa tienes? —gritó Lucía, con la voz quebrada por el calor y la rabia, mientras se secaba el sudor de la frente con la manga de la camisa.
Paco, con las manos negras de grasa y la paciencia ya gastada, se encogió de hombros. —Lucía, te lo he dicho mil veces: ese John Deere está pidiendo jubilación desde hace años. Si no compras piezas nuevas, ni San Isidro lo arregla.
—¡No me hables de santos! Aquí lo que hace falta es gente que trabaje y no que se queje todo el día —replicó ella, cruzando los brazos. El aire olía a tierra seca y a cereal maduro. El sol caía a plomo sobre los campos dorados de Valdeolivas, y hasta las cigarras parecían cansadas.
—Haz lo que quieras —dijo Paco, dejando caer la llave inglesa sobre el capó—. Pero si no me dejas trabajar como sé, búscate otro que te saque las castañas del fuego.
Lucía apretó los labios. —Pues eso haré. Estás despedido, Paco. Y que te vaya bien.
El silencio fue tan espeso como el calor. Paco recogió sus cosas sin mirar atrás. Lucía sintió un nudo en el estómago, pero no dejó que se notara. «Aquí mando yo», se repitió, aunque por dentro dudaba.
Los días siguientes fueron un infierno. El nuevo mecánico, un chaval de la ciudad que apenas sabía distinguir un arado de una segadora, no daba pie con bola. Los jornaleros murmuraban a sus espaldas: «Desde que se fue Paco, esto no levanta cabeza». Su madre, Carmen, le echaba miradas cargadas de reproche durante la cena: —Hija, tu padre nunca habría dejado marchar a Paco así. Sabes que él conoce esta tierra mejor que nadie.
Pero Lucía no quería dar su brazo a torcer. Había heredado la finca tras la muerte repentina de su padre y sentía que todos esperaban verla fallar. «No soy una niña», pensaba mientras recorría los campos al amanecer, intentando encontrar soluciones donde solo había problemas.
El séptimo día, justo cuando el trigo estaba listo para cosechar, el gran tractor verde se paró en mitad del campo. Ni arrancaba ni hacía ruido alguno. El nuevo mecánico sudaba más que trabajaba y los jornaleros empezaron a impacientarse. El calor era insoportable; las nubes de polvo se levantaban con cada paso y el tiempo apremiaba: si no recogían el grano esa semana, perderían toda la cosecha.
Lucía sintió cómo el orgullo se le atragantaba en la garganta. Miró su móvil durante minutos eternos antes de marcar el número de Paco. Dudó. Colgó. Volvió a marcar.
—¿Sí? —la voz ronca de Paco sonó al otro lado.
—Paco… soy yo, Lucía. Mira… sé que te pedí que te fueras, pero necesito tu ayuda. El tractor no arranca y…
Un silencio largo como una tarde de agosto.
—¿Y ahora sí te acuerdas de mí? —respondió él, seco.
—No me queda otra, Paco. Si no recogemos el trigo esta semana…
—Voy para allá —dijo él finalmente, colgando antes de que Lucía pudiera decir nada más.
Cuando Paco llegó al campo, todos los jornaleros dejaron lo que estaban haciendo para mirarle. Se quitó la gorra y saludó con un gesto seco. Lucía tragó saliva y le tendió la mano.
—Gracias por venir —susurró.
Paco no respondió; se agachó bajo el tractor y en menos de media hora tenía el motor rugiendo como un toro bravo. Los jornaleros aplaudieron y Lucía sintió cómo se le aflojaban las piernas del alivio.
Al terminar la jornada, Lucía se acercó a Paco mientras él guardaba sus herramientas en la vieja furgoneta azul.
—Paco… siento cómo te hablé aquel día. No fue justo. Esta finca es tuya tanto como mía; mi padre siempre decía que sin ti no seríamos nada.
Paco suspiró y la miró a los ojos por primera vez en días.
—Todos cometemos errores, Lucía. Pero aquí en el campo, o remamos juntos o nos hundimos todos.
Esa noche cenaron juntos en la cocina grande de la casa familiar: pan recién hecho, queso manchego y vino tinto del pueblo. Carmen sonreía entre lágrimas y los jornaleros brindaban por la cosecha salvada.
Lucía miró por la ventana los campos dorados bajo la luna y pensó: «¿Cuántas veces dejamos que el orgullo nos aleje de quienes más necesitamos? ¿Y tú? ¿Has tenido que tragar tu orgullo alguna vez para pedir ayuda?»