La última luz de la tarde: Conversaciones entre Gracia y Patricia

—¿Sabes lo que más me duele, Gracia? —me preguntó Patricia mientras el sol se colaba tímido por la ventana del salón—. No es la artrosis ni el miedo a la muerte. Es sentirme invisible.

Me quedé callada, removiendo el café con la cucharilla. El reloj de pared marcaba las seis y media, y en el aire flotaba ese aroma a magdalenas recién horneadas que siempre me recuerda a mi abuela. Patricia y yo llevábamos más de cuarenta años compartiendo confidencias, pero nunca la había visto tan frágil.

—¿Invisible? —repetí, intentando que mi voz no temblara.

—Sí —suspiró ella—. Antes entraba en una habitación y todos me miraban. Ahora parece que ni existo. Mis hijos me llaman cada vez menos, mis nietos solo quieren saber de mí cuando necesitan dinero para el abono transporte… Y cuando salgo a la calle, los jóvenes me esquivan como si fuera un mueble viejo.

Sentí un nudo en la garganta. Yo también había notado ese cambio, aunque me costaba admitirlo. Hace unos años, cuando aún salía en la tele, la gente me paraba por la calle para pedirme autógrafos o hacerse una foto conmigo. Ahora solo me reconocen las señoras mayores del barrio, y a veces ni ellas.

—¿Te acuerdas de cuando íbamos a la Gran Vía y nos colábamos en los estrenos? —le dije, intentando aligerar el ambiente.

Patricia sonrió con nostalgia.

—¡Y cómo nos reíamos cuando nos pillaban! Pero ahora… ahora ni siquiera tengo ganas de salir. Me miro al espejo y no reconozco a esa mujer de pelo blanco y manos temblorosas. ¿Cuándo me convertí en esto?

La sinceridad de Patricia me desarmó. Yo también había sentido ese vértigo al mirarme al espejo: las arrugas que surcan mi rostro como ríos secos, la piel fina como papel de fumar, los ojos cansados. Pero lo que más dolía era esa sensación de haber dejado de importar.

—¿Sabes lo que más echo de menos? —continuó Patricia—. Que alguien me pregunte cómo estoy de verdad. No por compromiso, sino porque le importe. Mis hijos siempre tienen prisa: “Mamá, ¿estás bien? Vale, te dejo que tengo una reunión”. Y yo me quedo con las palabras atragantadas.

Me acerqué y le cogí la mano. Sentí su piel fría y frágil bajo mis dedos.

—Yo sí quiero saber cómo estás —le dije en voz baja.

Se le humedecieron los ojos.

—Gracias, Gracia. A veces pienso que solo tú entiendes lo que es llegar a esta edad…

En ese momento sonó el teléfono fijo. Patricia lo miró con desconfianza, como si fuera un animal extraño.

—Será otra llamada de publicidad —murmuró.

Pero no lo fue. Era su hija, Lucía. La conversación fue breve: Lucía tenía prisa, los niños estaban enfermos y necesitaba que su madre le hiciera un favor al día siguiente. Cuando colgó, Patricia suspiró.

—¿Ves? Solo me buscan cuando necesitan algo…

Me mordí el labio para no decirle que yo sentía lo mismo con mi hijo Álvaro. Desde que se fue a vivir a Barcelona apenas nos vemos. Me manda mensajes de vez en cuando, pero siempre son monosílabos o emojis.

—¿Tú crees que hemos hecho algo mal? —preguntó Patricia de repente—. ¿O es simplemente así la vida?

No supe qué contestar. Recordé las tardes en las que mi madre se sentaba sola en el balcón, mirando cómo jugaban los niños en la plaza mientras yo estaba demasiado ocupada para hacerle compañía. ¿Era esto el destino inevitable de todas las mujeres mayores?

La conversación derivó hacia recuerdos: los veranos en Benidorm con nuestros maridos antes de enviudar, las fiestas familiares llenas de risas y discusiones, los sueños que nunca cumplimos porque siempre había algo más urgente: los hijos, el trabajo, la casa…

—¿Te arrepientes de algo? —le pregunté.

Patricia se quedó pensativa.

—De no haberme cuidado más a mí misma. Siempre puse a los demás por delante… Y ahora siento que nadie me pone a mí en primer lugar.

Sentí una punzada de culpa. Yo también había sacrificado mis deseos por los demás: rechacé papeles importantes para cuidar de mi familia, pospuse viajes por miedo a dejar sola a mi madre… Y ahora, ¿quién cuidaba de mí?

El silencio se instaló entre nosotras como un tercer invitado invisible. Afuera empezaba a oscurecer y las luces de la ciudad parpadeaban tímidas tras las cortinas.

—¿Sabes qué he notado desde que cumplí setenta? —dije al fin—. Que cada día pesa más el silencio. Antes lo llenaba con trabajo, con familia, con amigos… Ahora el silencio es como una manta fría que no consigo quitarme de encima.

Patricia asintió.

—Pero también he aprendido a valorar las pequeñas cosas —añadió—. El sabor del café por la mañana, una llamada inesperada, una tarde contigo… Quizá eso sea lo único bueno de hacerse mayor: aprendes a saborear lo pequeño porque lo grande ya pasó.

Nos miramos y sonreímos con tristeza y complicidad. Éramos dos mujeres al final del camino, pero aún nos quedaba algo por compartir: nuestra amistad y nuestras historias.

Antes de irme, Patricia me abrazó con fuerza.

—Gracias por escucharme —susurró—. No sabes cuánto lo necesitaba.

Caminé de vuelta a casa bajo el cielo anaranjado del atardecer, pensando en todo lo que habíamos dicho y en lo mucho que aún quedaba por sentir y por decir.

¿Será verdad que solo somos invisibles cuando dejamos de mirarnos unas a otras? ¿O es posible encontrar luz incluso en la última hora del día?