Matones en el bar de carretera: una noche en la sierra española

—¡Eh, guapa! ¿Por qué no sonríes un poco más? —la voz áspera de uno de los tipos retumbó en el pequeño bar, mientras yo intentaba recoger los vasos vacíos de su mesa. Era la tercera vez en menos de una hora que me decían algo parecido. El bar, “El Refugio de Lola”, era uno de esos sitios de carretera entre Madrid y Segovia, donde los camioneros paran a tomar un café y los vecinos de los pueblos cercanos vienen a echar la partida. Pero esa noche, la atmósfera estaba cargada de una tensión que podía cortarse con cuchillo.

Intenté ignorarlos, como siempre hacía. Pero los tres hombres, con sus chaquetas de cuero y miradas desafiantes, no estaban dispuestos a dejarme en paz. —¿No ves que te estamos hablando? —insistió el más joven, acercándose demasiado. Sentí el sudor frío bajándome por la espalda. Miré a mi jefe, Paco, que estaba en la cocina, pero él solo levantó los hombros, impotente. Aquí, en la sierra, cada uno se apaña como puede, y los problemas se resuelven entre cuatro paredes.

—Déjame en paz, por favor —dije, intentando mantener la voz firme, aunque por dentro me temblaba todo. Los otros dos se rieron, uno de ellos golpeó la barra con la palma de la mano. —Venga, Lola, no seas seca. Si no quieres problemas, tráenos otra ronda —ordenó, como si el bar fuera suyo.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe y entró un hombre alto, con barba de varios días y una mirada que no admitía bromas. A su lado, un pastor alemán de pelaje oscuro y ojos inteligentes. El silencio se hizo de repente. El hombre se acercó a la barra, pidió un café solo y se sentó en la esquina, observando la escena con atención. Los matones lo miraron de reojo, pero siguieron con su juego.

—¿No tienes miedo de estar sola aquí, Lola? —preguntó uno, acercándose aún más. Sentí que la rabia me subía a la garganta. —No estoy sola —contesté, aunque no sabía si era verdad. El hombre del perro levantó la vista, y en ese momento, uno de los matones le gritó:

—¡Eh, tío! ¿Qué miras? ¿Te crees mejor que nosotros?

El hombre se levantó despacio, con una calma que daba miedo. El perro, sin ladrar, se puso a su lado, atento. —No me creo nada —dijo con voz grave—. Pero aquí se viene a tomar algo, no a molestar a la gente. ¿Por qué no os vais a casa y dejáis a la chica en paz?

Los matones se miraron entre ellos, dudando. El perro gruñó, bajo pero firme. El hombre dio un paso adelante. —No quiero líos, pero si seguís molestando, os vais a enterar de lo que es bueno —añadió, con ese acento seco de quien ha visto demasiadas cosas.

Uno de los tipos intentó hacerse el valiente, pero el perro se adelantó, mostrando los dientes. El miedo se les notó en la cara. —Vámonos, tío, que este está loco —susurró el más joven. En menos de un minuto, los tres salieron del bar, murmurando insultos y amenazas que se perdieron en la noche.

Me quedé de pie, temblando, sin saber qué decir. El hombre volvió a su café, acariciando al perro. —Gracias —logré decir, con la voz rota. Él me miró y sonrió apenas. —No tienes que darme las gracias. Nadie debería aguantar eso. Aquí, en España, nos ayudamos entre nosotros, ¿no?

Paco salió de la cocina, aliviado. —Menos mal que has venido, macho. Estos no tienen respeto por nada. —El hombre asintió, pagó su café y se levantó. —Cuidaos —dijo, y salió con su perro, perdiéndose en la oscuridad de la sierra.

Esa noche, mientras cerraba el bar y recogía las últimas tazas, no podía dejar de pensar en lo que había pasado. ¿Cuántas veces más tendría que enfrentarme sola a situaciones así? ¿Y si ese hombre no hubiera entrado? Me pregunté si algún día podríamos sentirnos realmente seguras, si la solidaridad y el coraje serían siempre la excepción y no la norma. ¿Qué haríais vosotros en mi lugar? ¿Os atreveríais a intervenir, o miraríais hacia otro lado?