¿Otra vez has llegado tarde, Lucía? – El día que decidí marcharme
—¿Otra vez has llegado tarde, Lucía? —La voz de Carmen, mi suegra, retumbó desde el pasillo antes incluso de que pudiera abrir los ojos del todo. El reloj marcaba las 7:15 y la casa olía a café recalentado. Sergio, mi pareja desde hacía siete años, seguía en la cama, ajeno a todo, mientras yo me levantaba a preparar el desayuno para todos.
No era la primera vez que Carmen me lo echaba en cara. Desde que nos mudamos a su piso en Vallecas, tras el ERTE de Sergio, mi vida se había reducido a limpiar, cocinar y escuchar cómo ella suspiraba cada vez que pasaba por mi lado. —En mis tiempos, las mujeres sabían cuidar de su familia —me soltó una vez mientras fregaba los platos. Yo apretaba los dientes y sonreía, porque eso era lo que se esperaba de mí.
Sergio ya no era el chico divertido que conocí en la universidad. Ahora se pasaba las tardes jugando a la Play o viendo partidos del Atleti con su padre, mientras yo me encargaba de todo lo demás. Cuando intentaba hablar con él, solo recibía monosílabos o un «ya estás otra vez». La última vez que le pedí ayuda con la compra, me contestó: —¿No ves que estoy ocupado? —y volvió a mirar el móvil.
Esa mañana, mientras removía el café con leche para Carmen y preparaba las tostadas para Sergio, sentí una punzada en el pecho. ¿Cuándo había dejado de ser yo para convertirme en la sombra de todos? Miré por la ventana; la ciudad empezaba a despertar y yo sentía que me ahogaba.
—Lucía, ¿has visto mis calcetines? —gritó Sergio desde el dormitorio.
—Están en el cajón de siempre —respondí sin ganas.
—Pues no los encuentro. Ven a ayudarme —insistió.
Carmen apareció en la cocina con su bata rosa y su cara de desaprobación habitual. —No sé cómo puedes tener tan poco orden. Cuando yo tenía tu edad, ya tenía dos hijos y la casa reluciente.
Me mordí la lengua. No quería discutir. No otra vez. Pero por dentro hervía. ¿Por qué tenía que aguantarlo todo? ¿Por qué nadie veía lo que hacía?
El día siguió igual: Sergio salió a buscar trabajo (o eso decía), Carmen se quedó viendo la tele y yo limpiando la casa. Al mediodía, mientras preparaba la comida, recibí un mensaje de mi madre: «¿Cómo estás, hija? ¿Cuándo vienes a vernos?» No supe qué contestar. Hacía meses que no iba a casa; no quería preocuparla ni confesarle lo infeliz que era.
Por la tarde, Sergio volvió sin ganas y se encerró en el salón. Yo recogía los platos cuando escuché cómo Carmen le decía: —Esta chica no es para ti, hijo. No sabe cuidar de ti como mereces.
Sentí un nudo en la garganta. Me fui al baño y lloré en silencio. Me miré al espejo: ojeras, pelo recogido a toda prisa, ropa vieja. ¿Dónde estaba la Lucía que soñaba con viajar, con escribir, con reírse hasta dolerle la tripa?
Esa noche apenas dormí. Di vueltas en la cama mientras Sergio roncaba a mi lado. Pensé en todas las veces que había callado por no molestar, en todos los sueños aparcados por miedo a quedarme sola. Recordé cómo mi abuela siempre decía: «Más vale sola que mal acompañada».
A las cinco de la mañana tomé una decisión. Me levanté sin hacer ruido y empecé a meter mi vida en dos bolsas: un par de vaqueros, mis libros favoritos, el cuaderno donde escribía poemas cuando aún creía en mí misma. Dejé una nota sobre la mesa:
«Sergio,
No puedo más. Me voy porque necesito volver a ser yo. Espero que algún día lo entiendas.
Lucía»
Salí al portal temblando. El aire frío de Madrid me golpeó la cara y sentí miedo… pero también alivio. Caminé hasta Atocha y cogí el primer tren a Toledo, donde vivían mis padres.
Durante el trayecto repasé cada momento: las risas del principio, las promesas incumplidas, las discusiones por tonterías… y sobre todo, esa sensación de estar siempre sola aunque estuviera acompañada.
Al llegar a casa de mis padres, mi madre me abrazó fuerte sin preguntar nada. Lloré como hacía años que no lloraba. Mi padre me preparó un café y me dijo: —Aquí siempre tendrás tu sitio.
Pasaron semanas antes de poder dormir tranquila. Al principio dudé: ¿habría hecho bien? ¿Sería capaz de empezar de cero? Pero poco a poco recuperé fuerzas. Volví a escribir, salí a pasear por el río Tajo y reencontré amigas que creía perdidas.
Un día recibí un mensaje de Sergio: «¿Por qué te has ido así? Podríamos haberlo arreglado». No contesté. Sabía que no era verdad; lo habíamos intentado mil veces y siempre acababa igual.
Ahora miro atrás y me doy cuenta de lo difícil que es romper con lo establecido en una sociedad donde aún pesa tanto el qué dirán y donde tantas mujeres siguen aguantando por miedo o por costumbre.
A veces me pregunto si algún día dejará de ser noticia que una mujer decida priorizarse a sí misma. ¿Cuántas Lucías más habrá ahora mismo preguntándose si merecen algo mejor? ¿Y tú… te atreverías a dar el paso?