«Si alguien traduce esto, le doy mi sueldo entero»: La historia de Renata, la mujer invisible que cambió el destino de su empresa y su familia

—¡Si alguien traduce esto, le doy mi sueldo entero!— gritó el director, don Manuel, agitando un papel arrugado en medio de la sala de reuniones. Todos se miraron entre sí, incómodos, algunos disimulando una sonrisa nerviosa. Yo, sentada al fondo, sentí cómo me ardían las mejillas. Era la única mujer en ese despacho lleno de hombres trajeados, y llevaba dos años siendo invisible para todos ellos.

No era la primera vez que don Manuel me ignoraba. Ni la segunda. Desde que entré en la empresa como administrativa, mi trabajo era como el aire: necesario pero nunca visto. Mis ideas quedaban en el cajón, mis correos sin respuesta. Incluso cuando traía café para todos, nadie me daba las gracias. Pero ese día, con el documento en húngaro sobre la mesa y la promesa absurda del sueldo entero, algo dentro de mí se encendió.

—¿Puedo intentarlo?— pregunté con voz temblorosa.

Don Manuel me miró por primera vez en meses. —¿Tú? ¿Hablas húngaro ahora?

—No exactamente, pero hablo polaco y ruso. A veces los idiomas se parecen…

Las risas fueron suaves pero hirientes. Aun así, me acerqué al documento y empecé a leerlo en voz baja. Palabra a palabra, frase a frase, fui descifrando el contenido: era un contrato crucial para cerrar un acuerdo con una empresa de Budapest. Cuando terminé de traducirlo, la sala estaba en silencio.

Don Manuel me miró con una mezcla de incredulidad y respeto forzado. —Bueno… parece que tenemos traductora. ¿Cómo te llamabas?

—Renata— respondí, tragando saliva.

Aquel día cambió todo. De repente, mis compañeros venían a preguntarme cosas, a pedirme ayuda. Don Manuel empezó a delegar tareas importantes en mí. Pero el precio fue alto: algunos compañeros comenzaron a mirarme con recelo. «La enchufada», murmuraban a mis espaldas. Otros decían que seguro tenía «algún enchufe» en dirección.

En casa tampoco era fácil. Mi marido, Antonio, llevaba meses en paro y cada vez estaba más irritable. Mis hijos adolescentes apenas me hablaban; estaban pegados a sus móviles y solo salían de sus habitaciones para comer. Yo llegaba agotada y aún así tenía que escuchar los reproches de Antonio:

—¿Otra vez tarde? ¿Y la cena? ¿Te crees que eres la jefa ahora?

A veces pensaba en rendirme. Pero recordaba aquel momento en la sala de reuniones y me aferraba a él como a un salvavidas.

Un viernes por la tarde, don Manuel me llamó a su despacho.

—Renata, necesitamos que lideres el proyecto con Budapest. Eres la única que entiende los documentos y sabe cómo negociar con ellos.

Sentí vértigo y orgullo a partes iguales. Acepté el reto, aunque sabía que sería difícil compaginarlo con mi vida familiar.

Las semanas siguientes fueron un torbellino: reuniones interminables, llamadas nocturnas con Hungría, correos urgentes… En casa, Antonio se hundía cada vez más en su frustración. Una noche explotó:

—¡No eres la misma! Antes al menos estabas aquí… Ahora solo te importa ese trabajo de mierda.

Me encerré en el baño y lloré en silencio. ¿De verdad estaba perdiendo a mi familia por intentar ser alguien?

Pero no podía parar ahora. El proyecto salió adelante y la empresa firmó el acuerdo más importante de su historia reciente. Don Manuel me felicitó delante de todos:

—Sin Renata esto no habría sido posible.

Por primera vez sentí que mi esfuerzo valía algo. Pero al volver a casa esa noche encontré a Antonio haciendo las maletas.

—Me voy unos días a casa de mi hermana. Necesito pensar.

Mis hijos ni siquiera levantaron la vista del móvil.

Me senté sola en el sofá y repasé todo lo que había pasado: la humillación inicial, el esfuerzo titánico por demostrar mi valía, el precio pagado en casa… ¿Era justo tener que elegir entre ser respetada fuera o querida dentro?

Pasaron semanas antes de que Antonio volviera. Hablamos mucho, lloramos más aún. Decidimos ir juntos a terapia familiar. No fue fácil ni rápido, pero poco a poco recuperamos algo parecido a la normalidad.

Hoy sigo trabajando en la empresa, pero he aprendido a poner límites. Mis hijos empiezan a entender lo que significa luchar por tus sueños aunque duela. Y yo… yo ya no soy invisible.

A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres como yo siguen siendo invisibles en sus trabajos y hogares? ¿Cuántas veces tenemos que demostrar el doble para ser vistas? ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que teníais que elegir entre vuestra dignidad y vuestra familia?