“Si me vendes estas flores en gallego, te pago 10.000 euros”: el reto del empresario en la boda de Salamanca
—¿Y si te digo que si me vendes estas flores en gallego te pago diez mil euros? —La voz de Álvaro retumbó en el salón, cortando la música y las risas. Todos giraron la cabeza hacia la esquina donde yo, con mi cesta de claveles y rosas, intentaba pasar desapercibida entre los invitados encopetados.
Sentí cómo se me subían los colores a las mejillas. Mi madre siempre decía que en España hay gente que se cree mejor por tener dinero, pero que al final todos somos iguales bajo el mismo cielo. Pero allí, bajo las lámparas de cristal y rodeada de trajes caros, me sentía pequeña, como una hormiga en una fiesta de elefantes.
—¿Qué pasa, no sabes gallego? —insistió Álvaro, con esa sonrisa torcida que usan los que nunca han pasado frío en invierno ni han tenido que contar monedas para comprar el pan.
—Déjalo ya, Álvaro —susurró su novia, Lucía, tirándole del brazo—. No hace falta humillar a la chica.
Pero él no se detuvo. Al contrario, alzó la voz para que todos escucharan:
—¡Vamos! ¡Diez mil euros si me vendes las flores en gallego! ¿O es que aquí nadie tiene raíces?
Noté cómo las miradas se clavaban en mí. Algunos reían por lo bajo, otros grababan con el móvil. Mi abuela siempre decía que el orgullo es lo último que se pierde. Así que respiré hondo y recordé las tardes en Ourense, cuando ella me enseñaba palabras en gallego mientras hacíamos empanada.
—Señor —dije, con la voz temblorosa pero firme—, ¿quere vostede mercar estas rosas tan fermosas para a súa moza? Son frescas coma a brétema da mañá e levan consigo o arrecendo das terras galegas.
El silencio fue absoluto. Nadie entendía nada, pero mi acento y mis palabras llenaron el aire de algo distinto. Álvaro se quedó helado, sin saber qué responder. Su sonrisa desapareció y por un instante pareció un niño perdido.
—¿Qué has dicho? —balbuceó.
—Que si quiere comprar estas rosas tan bonitas para su novia. Que son frescas como la niebla de la mañana y llevan el aroma de mi tierra —traducí, mirándole a los ojos.
Lucía sonrió y se acercó a mí. Cogió un ramo y me lo pagó con un billete de cincuenta euros.
—Gracias —me susurró—. Nadie había dicho algo tan bonito sobre unas flores.
Álvaro buscó en sus bolsillos, nervioso. Todos esperaban que cumpliera su palabra. Pero él solo sacó la cartera y dejó caer un billete de cien euros sobre mi cesta.
—No tengo cambio —le dije, devolviéndole el billete—. Aquí solo se paga con respeto.
La gente empezó a aplaudir. Algunos se acercaron a comprarme flores, otros me preguntaron qué había dicho en gallego. Sentí cómo mi abuela me abrazaba desde lejos, orgullosa de mí y de nuestras raíces.
Esa noche volví a casa andando bajo la luna de Salamanca, con la cesta casi vacía pero el corazón lleno. Pensé en lo fácil que es juzgar sin conocer la historia de los demás, y en lo importante que es recordar de dónde venimos.
¿Hasta cuándo dejaremos que el dinero decida quién vale más? ¿No es más valioso saber quiénes somos y defenderlo ante todos?