Entre la fe y el silencio: Mi lucha por salvar mi matrimonio

—¿De verdad quieres que te diga la verdad, Lucía? —me preguntó Tomás, con la voz quebrada y los ojos fijos en el suelo de la cocina.

Sentí que el tiempo se detenía. El reloj de pared marcaba las once y cuarto de la noche, pero el silencio era tan denso que parecía que todo el edificio de nuestro barrio en Vallecas se hubiera quedado sin aire. Yo sostenía una taza de té entre las manos, temblorosa. Sabía que algo iba mal desde hacía meses, pero no estaba preparada para escuchar lo que venía.

—No sé si te quiero como antes —dijo él, casi susurrando.

El golpe fue seco, directo al pecho. No lloré. No grité. Solo sentí un vacío inmenso, como si alguien hubiera abierto una ventana en mitad del invierno y todo el calor se escapara de mi cuerpo. Tomás se levantó y salió del salón sin mirar atrás. Me quedé sola, escuchando el eco de sus palabras.

Esa noche no dormí. Me tumbé en la cama mirando al techo, repasando cada discusión, cada silencio incómodo, cada vez que él evitaba mirarme a los ojos. ¿En qué momento nos habíamos perdido? ¿Cuándo dejamos de ser ese matrimonio que reía en las terrazas de Lavapiés los domingos por la tarde?

A la mañana siguiente, mientras preparaba el desayuno para nuestros hijos, Marta y Sergio, fingí normalidad. Marta, con sus dieciséis años y su rebeldía a flor de piel, apenas me miró. Sergio, con diez años, solo preguntó si podía llevarse un bocadillo extra al colegio. Tomás salió temprano para ir a su trabajo en la gestoría. Nadie sospechaba nada, pero yo sentía que mi mundo se desmoronaba.

Durante semanas, la casa se llenó de silencios incómodos y miradas esquivas. Yo iba al supermercado, cocinaba, ayudaba a los niños con los deberes… pero por dentro me sentía hueca. Intenté hablar con Tomás varias veces:

—¿Podemos intentarlo? —le pregunté una noche.
—No lo sé, Lucía. No quiero hacerte daño —me respondió él, sin apenas mirarme.

Me sentí invisible. Empecé a dudar de mí misma: ¿había hecho algo mal? ¿Había dejado de ser atractiva? ¿Era culpa mía que él ya no sintiera lo mismo?

Una tarde, después de dejar a Sergio en fútbol, pasé por la iglesia del barrio. No soy especialmente religiosa, pero ese día sentí la necesidad de entrar. Me senté en un banco al fondo y cerré los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, recé. No pedí milagros; solo pedí fuerzas para no derrumbarme.

—Dios mío —susurré—, ayúdame a entender qué debo hacer.

A partir de ese día, empecé a ir a la iglesia cada semana. No siempre rezaba; a veces solo me sentaba en silencio y dejaba que las lágrimas salieran. Allí conocí a Carmen, una mujer mayor que siempre estaba dispuesta a escuchar sin juzgar.

—A veces hay que perderse para encontrarse —me dijo una tarde—. Y a veces hay que dejar ir para poder volver a empezar.

Sus palabras me acompañaron durante días. Empecé a escribir un diario donde volcaba mis miedos y mis esperanzas. Poco a poco, fui recuperando fuerzas. Me di cuenta de que había dejado de cuidarme: ya no salía con amigas, no leía, no hacía nada solo para mí. Así que empecé a cambiar pequeñas cosas: salí a caminar por el parque del Retiro los sábados por la mañana, retomé mis clases de pintura en el centro cultural del barrio y quedé con mi amiga Pilar para tomar café.

Tomás notó los cambios. Una noche me preguntó:
—¿Estás bien?
—Estoy intentando estarlo —le respondí con sinceridad.

Él asintió en silencio. Durante semanas seguimos viviendo juntos como dos desconocidos. Pero algo empezó a cambiar: Tomás empezó a llegar antes del trabajo; cenábamos juntos sin móviles sobre la mesa; incluso nos reímos viendo una película antigua en la tele.

Un domingo fuimos juntos a misa por primera vez en años. Al salir, Tomás me tomó de la mano. No dijo nada, pero su gesto fue suficiente para hacerme llorar.

No fue fácil ni rápido. Hubo recaídas, discusiones y días en los que pensé en tirar la toalla. Pero cada vez que sentía que no podía más, volvía a la iglesia o abría mi diario y rezaba:

—Dame paciencia para esperar y valor para aceptar lo que venga.

Un día, Marta entró en mi habitación llorando:
—¿Vais a separaros?
Me dolió verla así. La abracé fuerte y le dije:
—No lo sé, cariño. Pero pase lo que pase, siempre vamos a estar contigo y con tu hermano.

Fue entonces cuando entendí que mi fe no solo me ayudaba a mí: también era un refugio para mis hijos.

Con el tiempo, Tomás y yo fuimos capaces de hablar con sinceridad sobre nuestros miedos y frustraciones. Fuimos juntos a terapia de pareja en el centro municipal y aprendimos a escucharnos sin juzgar ni culparnos por todo lo pasado.

Hoy no puedo decir que todo sea perfecto ni que nuestro matrimonio sea como antes. Pero sí puedo decir que hemos aprendido a perdonarnos y a empezar de nuevo cada día. La fe me enseñó que no siempre podemos controlar lo que nos pasa, pero sí cómo lo afrontamos.

A veces me pregunto: ¿cuántas familias viven en silencio crisis como la nuestra? ¿Cuántas mujeres sienten que se hunden sin saber cómo pedir ayuda? Si mi historia puede servirle a alguien para encontrar fuerzas en su fe o en sí misma, entonces todo este dolor habrá tenido sentido.

¿Y tú? ¿Has sentido alguna vez que solo te quedaba aferrarte a la fe? ¿Qué harías tú si tu mundo se tambaleara así?