Tras la muerte de mi hermano, solo me quedó una caja de fotos: ¿qué valen los lazos familiares cuando el dinero lo decide todo?

—¿Eso es todo? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras Carmen cerraba la puerta del despacho del notario.

Ella ni siquiera me miró. Sostenía la carpeta con los papeles de la herencia como si fueran un trofeo. Yo, en cambio, apretaba contra el pecho una caja de cartón deslucida, llena de fotos antiguas y cartas que mi madre guardó durante años. El despacho olía a madera vieja y a desinfectante, pero lo que más pesaba era el silencio incómodo entre nosotras.

Mi hermano, Luis, murió hace dos meses. Un infarto fulminante en mitad de la noche. Tenía 47 años. Yo aún no he aprendido a decirlo en voz alta sin que se me quiebre algo por dentro. Desde entonces, todo ha sido un desfile de pésames vacíos, llamadas frías y reuniones familiares donde nadie sabe qué decirme. Pero lo peor llegó hoy, cuando supe que todo —el piso en Chamberí, el coche, las cuentas, incluso los libros que compartimos de pequeños— pasaba a manos de Carmen, su esposa.

—Lo siento, Ana —dijo el notario, sin mirarme tampoco—. Así está redactado el testamento.

Carmen se encogió de hombros. —Luis quería que fuera así. Tú tienes tus cosas, ¿no?

Mis cosas. ¿Qué cosas? Un piso de alquiler en Vallecas, un trabajo precario en una tienda de ropa y una soledad que se ha hecho más grande desde que Luis se fue. No tengo hijos, ni pareja estable. Solo tenía a mi hermano.

Salí del despacho sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. Caminé por la Gran Vía como un fantasma entre la multitud. En la caja llevaba fotos: Luis y yo en la playa de Benidorm cuando éramos niños; nuestra madre con su delantal azul; los tres juntos en la comunión de Luis; cartas que me escribió cuando se fue a estudiar a Salamanca. Todo lo demás —los muebles antiguos de la abuela, los relojes del abuelo, incluso el perro— ahora era de Carmen.

Esa noche no pude dormir. Me senté en el suelo del salón y fui sacando las fotos una a una. Recordé cómo Luis me defendía cuando papá se enfadaba; cómo me enseñó a montar en bici; cómo me llamaba «enana» aunque solo nos llevábamos dos años. Lloré hasta quedarme sin lágrimas.

Al día siguiente llamé a mi madre. Vive en una residencia en Alcorcón desde hace años. —Mamá, ¿te acuerdas de la caja de fotos? —le pregunté.

—Claro que sí, hija. Guárdala bien. Eso es lo único que nadie te puede quitar.

Pero yo sentía que me habían quitado todo lo demás: el derecho a decidir sobre los recuerdos familiares, a entrar en la casa donde crecimos, a sentarme en la mesa donde celebrábamos los cumpleaños.

Intenté hablar con Carmen varias veces. Le pedí ver el piso una última vez antes de que lo vendiera. Me dijo que no era buen momento. Le pedí el reloj del abuelo para mi madre. Me dijo que ya estaba empaquetado con sus cosas. Le pedí las cartas que Luis me escribió desde Salamanca. Me dijo que no sabía dónde estaban.

Una tarde, mientras paseaba por el Retiro, me encontré con Teresa, una amiga de la infancia que también perdió a su hermano hace años.

—¿Sabes qué es lo peor? —le dije—. Que siento que nunca existí para ellos. Que ahora soy invisible.

Teresa me abrazó fuerte. —No eres invisible para quienes te queremos. Pero sí, duele mucho ver cómo el dinero y las cosas materiales pueden romper lo poco que queda de familia.

En casa, seguí revolviendo la caja de fotos buscando algo que me hiciera sentir menos sola. Encontré una carta sin abrir, dirigida a mí. La reconocí por la letra torpe de Luis:

«Ana,
Si algún día lees esto es porque ya no estoy. No sé si hice todo bien, pero quiero que sepas que siempre fuiste mi hermana favorita (aunque eras la única). Perdóname si alguna vez te fallé o si no supe defenderte como merecías. Te quiero mucho.
Luis»

Lloré otra vez, pero esta vez fue distinto: sentí rabia y alivio al mismo tiempo. Rabia porque nunca podré decirle todo lo que me duele; alivio porque al menos él pensó en mí antes de irse.

Pasaron los meses y Carmen vendió el piso, se llevó los muebles y desapareció de mi vida como si nunca hubiéramos compartido nada más que un apellido por accidente. Mi madre cada vez está más ausente y yo sigo trabajando en la tienda, saludando a desconocidos cada día como si nada hubiera pasado.

A veces pienso en llamar a Carmen y gritarle todo lo que siento: que me robó algo más que objetos; que me quitó el derecho a existir en la historia de mi propio hermano. Pero luego pienso: ¿de qué serviría? El daño ya está hecho.

Ahora solo tengo esta caja de fotos y un puñado de recuerdos que nadie puede arrebatarme. Pero cada vez que veo a familias reunidas en las terrazas o paseando por el parque, me pregunto: ¿de verdad los lazos familiares significan algo cuando el dinero y el rencor lo deciden todo?

¿Alguna vez habéis sentido que vuestra propia familia os ha borrado? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?