Encontré mi fuerza en la fe: cómo la oración me sostuvo en mi matrimonio roto

—¿Por qué siempre tengo que ser yo la que saque esto adelante, Diego? —grité, con la voz quebrada, mientras el sonido de la lluvia golpeaba los cristales de nuestro pequeño piso en Vallecas. Diego estaba sentado en el sofá, con la mirada perdida, el mando de la tele en la mano y el alma, parecía, en otra parte. No era la primera vez que discutíamos por dinero, pero esa noche sentí que algo dentro de mí se rompía.

Llevábamos cuatro años casados y, desde el principio, la vida no nos lo puso fácil. Cuando Diego perdió su trabajo en la fábrica, pensé que sería algo temporal. «Ya verás, Lucía, en dos semanas estoy otra vez currando», me decía, con esa sonrisa que antes me enamoraba y ahora solo me daba rabia. Pero las semanas se convirtieron en meses, y los meses en años. Yo, mientras tanto, trabajaba de cajera en el supermercado del barrio, doblando turnos, haciendo horas extra, y aún así llegábamos justos a fin de mes. Mi madre, Carmen, me lo decía cada vez que podía: «Hija, ese hombre te está chupando la vida. No puedes cargar tú sola con todo». Pero yo no quería escucharla. Me aferraba a la esperanza de que Diego cambiaría, de que Dios tenía un plan para nosotros.

Recuerdo una noche especialmente dura. Había llegado agotada del trabajo, con los pies hinchados y la cabeza a punto de estallar. Al entrar en casa, vi a Diego jugando a la PlayStation, como si nada. La cena sin hacer, la ropa sucia apilada en la esquina. Sentí una rabia tan profunda que me encerré en el baño y me puse a llorar en silencio. «Señor, ¿por qué me has puesto esta carga? ¿Por qué tengo que ser yo la fuerte?», susurré, con las manos temblando. Fue la primera vez que recé de verdad, no por Diego, sino por mí. Pedí fuerzas para no rendirme, para no perderme a mí misma en medio de tanto dolor.

A partir de esa noche, la oración se convirtió en mi refugio. Cada mañana, antes de salir de casa, me sentaba en la cama, cerraba los ojos y le pedía a Dios que me diera paciencia, que me ayudara a ver a Diego con otros ojos, a no dejar que la amargura me consumiera. A veces sentía que nadie me escuchaba, que mis palabras se perdían en el vacío. Pero poco a poco, algo dentro de mí empezó a cambiar. Dejé de esperar que Diego fuera el hombre que yo quería y empecé a aceptar la realidad: él estaba roto, igual que yo, y ninguno de los dos sabía cómo arreglarlo.

Las discusiones se volvieron más frecuentes. Diego se sentía cada vez más pequeño, más inútil. «No valgo para nada, Lucía. ¿Para qué voy a buscar trabajo si nadie me va a contratar?», me decía, con los ojos llenos de lágrimas. Yo intentaba animarle, pero a veces no podía evitar soltarle alguna frase cruel. «Pues si no lo intentas, seguro que no lo consigues. ¡Haz algo, por favor!». Después me sentía culpable, y volvía a encerrarme en el baño a llorar y a rezar. Mi fe era lo único que me mantenía en pie.

Un día, mi hermana Marta vino a visitarme. Al verme tan desmejorada, me abrazó y me susurró al oído: «No tienes que cargar con todo tú sola. Déjate ayudar, Lucía. Habla con mamá, con papá, con Dios, pero no te encierres». Aquella tarde, después de que Marta se fuera, me arrodillé en el salón y recé como nunca antes. Le pedí a Dios que me diera una señal, que me mostrara el camino. Y, aunque no escuché ninguna voz, sentí una paz extraña, como si alguien me estuviera diciendo: «No estás sola».

A partir de entonces, empecé a buscar pequeños momentos de alegría. Me apunté a un grupo de oración en la parroquia del barrio, donde conocí a otras mujeres que también pasaban por situaciones difíciles. Compartíamos nuestras penas, rezábamos juntas y, por un rato, me sentía menos sola. Una de ellas, Pilar, me dijo una frase que nunca olvidaré: «La fe no es magia, Lucía. No va a cambiar a tu marido de la noche a la mañana, pero sí puede cambiarte a ti». Y tenía razón. Empecé a ver a Diego no solo como el hombre que me decepcionaba, sino como alguien que también sufría, que había perdido su autoestima y su rumbo.

Un domingo, después de misa, me armé de valor y le propuse a Diego que viniera conmigo al grupo de oración. Al principio se negó, pero al final accedió, más por complacerme que por otra cosa. Allí, rodeado de gente sencilla, escuchó historias de superación, de matrimonios que habían pasado por crisis peores que la nuestra. Por primera vez en mucho tiempo, le vi llorar delante de otros. «No sabía que había tanta gente como yo», me confesó esa noche, mientras nos abrazábamos en la cama.

Las cosas no mejoraron de la noche a la mañana. Hubo recaídas, días en los que Diego volvía a encerrarse en sí mismo, en los que yo sentía que no podía más. Pero la fe me daba fuerzas para seguir adelante, para no rendirme. Aprendí a pedir ayuda, a aceptar que no podía controlarlo todo. Mi familia empezó a apoyarme más, y Diego, poco a poco, fue recuperando la confianza en sí mismo. Encontró un trabajo a media jornada en una tienda de electrodomésticos, y aunque el sueldo no era gran cosa, para nosotros fue un milagro.

Hoy, cuatro años después de aquella primera oración desesperada, sigo creyendo que la fe me salvó. No solo salvó mi matrimonio, sino que me salvó a mí. Aprendí que no hay que tener miedo de pedir ayuda, de mostrar las propias debilidades. Que la oración no es solo para pedir milagros, sino para encontrar la fuerza de seguir luchando, incluso cuando todo parece perdido.

A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres estarán ahora mismo en la misma situación que yo viví? ¿Cuántas encontrarán en la fe el refugio que yo encontré? Si tú que me lees te sientes sola, recuerda: no estás sola. Dios escucha, incluso cuando creemos que nadie más lo hace.