“Le dije a doña Carmen que ya no podía ser su criada: ¿hasta cuándo se aprovechan de la buena voluntad?”
—¡No puedo más, doña Carmen! —grité, con la voz temblorosa, mientras dejaba la bolsa de la compra sobre la mesa de su cocina. El olor a medicamentos y sopa fría impregnaba el aire, y ella me miró desde su sillón con esos ojos grandes y tristes que siempre me hacían sentir culpable. Pero hoy no. Hoy estaba cansada, enfadada y, sobre todo, harta.
—¿Qué te pasa, Lucía? —preguntó con voz débil, como si no entendiera mi rabia—. Solo te pedí que me trajeras el pan y los medicamentos…
Me mordí el labio. ¿Solo eso? ¿Solo eso después de meses de ir y venir, de limpiar su casa, de hacerle la compra, de escuchar sus quejas y sus historias tristes sobre su hija? Miré el reloj: las siete y media de la tarde. Mi hijo, Pablo, estaría solo en casa, esperando a que le ayudara con los deberes. Mi marido, Andrés, trabajando hasta tarde otra vez. Y yo aquí, en el piso de al lado, sintiéndome responsable de una mujer que no era mi madre.
—Doña Carmen —dije al fin, intentando controlar el temblor en mi voz—. No puedo seguir así. Estoy agotada. Tengo mi propia familia, mi trabajo… No puedo ser su criada.
Ella bajó la mirada. Por un momento sentí que había sido cruel. Pero entonces recordé todas las veces que llamaba a mi puerta a cualquier hora: “Lucía, ¿puedes ayudarme con la lavadora?”, “Lucía, ¿me traes algo del súper?”, “Lucía, ¿puedes acompañarme al médico?”. Y siempre lo hacía. Porque me daba pena. Porque pensaba en mi propia madre, sola en su pueblo de Castilla.
—¿Y quién me va a ayudar entonces? —susurró ella—. Mi hija no puede venir… Ya sabes cómo está con los niños.
Me ardió la sangre. Su hija, Marta, vive en Madrid. Vino una vez el año pasado, cuando doña Carmen se cayó en el baño y estuvo ingresada una semana. Una visita rápida: trajo flores, limpió un poco y se fue diciendo que no podía llevársela porque “el piso es pequeño y los niños dan mucha guerra”. Desde entonces, solo llamadas rápidas los domingos.
—¿Y por qué no le pides ayuda a Marta? —pregunté, más brusca de lo que quería—. Es su madre. Yo solo soy la vecina.
Doña Carmen se encogió de hombros.
—Marta tiene su vida… No quiero molestarla.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza. ¿Por qué siempre somos las mujeres las que cargamos con todo? ¿Por qué nadie piensa en nosotras? Recordé las veces que mi marido me decía: “No te metas tanto, Lucía. Al final te va a explotar en la cara”. Y tenía razón.
Me senté frente a ella y respiré hondo.
—Mire, doña Carmen —dije más suave—. Yo la aprecio mucho, pero necesito poner límites. No puedo estar siempre disponible. Si necesita algo urgente, claro que puede contar conmigo… Pero no puedo seguir viniendo todos los días.
Ella asintió en silencio. Vi cómo se le humedecían los ojos y sentí un nudo en el estómago. ¿Era justo dejarla así? ¿Era mi responsabilidad cargar con su soledad?
Esa noche apenas dormí. Me sentía mala persona. Pensaba en mi madre: ¿y si algún día nadie la ayuda? Pero también pensaba en Pablo, en Andrés, en mí misma. ¿Cuándo fue la última vez que tuve una tarde libre? ¿Cuándo dejé de tener tiempo para mis propios problemas?
A la mañana siguiente encontré una nota bajo mi puerta:
“Gracias por todo lo que has hecho por mí. No te preocupes más. Buscaré otra solución. Carmen.”
Me quedé mirando el papel largo rato. Sentí alivio… y culpa al mismo tiempo.
Esa semana vi llegar a una asistenta social al portal. Supongo que alguien —quizá yo misma al poner límites— había movido ficha para buscar ayuda profesional para doña Carmen. Marta llamó dos días después para preguntar si podía pasar a ver a su madre el fin de semana. Por primera vez en meses, sentí que no era yo quien tenía que resolverlo todo.
Pero el barrio empezó a murmurar: “Pobre Carmen, con lo buena que es Lucía…”, “Hoy día nadie quiere ayudar a los mayores…”, “Antes esto no pasaba”.
Me dolió escuchar esos comentarios. Nadie sabía lo que era estar ahí cada día, renunciando a tu tiempo y tu energía por alguien que no es tu familia directa. Nadie preguntó cómo estaba yo.
Un día me crucé con Marta en el portal.
—Gracias por cuidar de mi madre —me dijo sin mirarme a los ojos—. Sé que ha sido mucho trabajo.
Quise gritarle: “¡Era tu responsabilidad!”. Pero solo asentí y seguí mi camino.
Ahora doña Carmen tiene ayuda profesional y yo he recuperado algo de mi vida. Pero sigo preguntándome: ¿Hice bien? ¿Dónde está el límite entre ser buena persona y dejarse explotar? ¿Cuántas Lucías hay en España cargando con problemas ajenos porque nadie más da un paso adelante?
¿Y vosotros? ¿Alguna vez os habéis sentido así? ¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad como vecinos o amigos?