Después de la muerte de mi padre, eché a su pareja de casa: ¿Soy realmente una persona sin corazón?

—No puedes quedarte aquí, Carmen. Lo siento, pero esta casa es de la familia—. Mi voz temblaba, pero no podía permitirme mostrar debilidad. Carmen me miró con los ojos rojos, la maleta a medio hacer sobre la cama de mis padres, y durante un instante sentí que el aire se volvía irrespirable en aquella habitación que olía a colonia de hombre y a recuerdos.

Mi nombre es Lucía y tengo treinta y dos años. Hace dos semanas enterramos a mi padre en el cementerio de Salamanca, bajo una lluvia fina que parecía querer lavar el dolor de todos los presentes. Pero el dolor no se va tan fácilmente. Mi padre, Manuel, era el pilar de nuestra familia desde que mamá murió hace ya una década. Desde entonces, Carmen apareció en su vida y, aunque nunca la acepté del todo, sabía que le hacía bien. Pero ahora él ya no está. Y la casa… la casa es lo único que nos queda de él.

La noche antes del entierro, mis hermanos —Sofía y Álvaro— y yo discutimos durante horas en el salón. El reloj marcaba las tres de la mañana cuando Sofía, con los ojos hinchados por el llanto, susurró:

—¿Qué vamos a hacer con Carmen?

Álvaro se encogió de hombros. Siempre fue el más diplomático:

—Papá la quería. Pero esta casa es nuestra herencia. No podemos dejarla aquí para siempre.

Yo asentí en silencio. No era cuestión de dinero —aunque tampoco nos sobraba—, sino de justicia. Carmen nunca fue parte de nuestra familia. Siempre fue la invitada incómoda en las cenas de Navidad, la sombra en las fotos familiares. Y ahora ocupaba la habitación de mi madre, dormía en su cama, usaba su bata azul.

El día que le pedí que se fuera, Carmen no dijo nada al principio. Solo me miró como si no entendiera mis palabras. Luego se sentó en la cama y empezó a llorar en silencio. Me sentí cruel, pero también liberada. Por fin ponía orden en el caos que había dejado la muerte de mi padre.

Los días siguientes fueron un infierno. Mi tía Pilar me llamó para decirme que era una desalmada:

—Lucía, ¿cómo has podido hacerle eso a Carmen? ¡Después de todo lo que ha cuidado a tu padre!

Mi primo Diego me escribió un mensaje largo y furioso por WhatsApp: «No tienes corazón. Carmen era como de la familia».

Pero nadie estuvo allí cuando yo recogía las pastillas del suelo del baño porque papá ya no podía agacharse. Nadie vio cómo Carmen se negaba a dejarle ver a sus amigos del barrio porque le molestaban las visitas. Nadie escuchó las discusiones a gritos cuando papá quería poner música y ella prefería silencio absoluto.

La culpa me devoraba por dentro. Por las noches soñaba con mi padre sentado en el sillón del salón, mirándome con decepción. Me despertaba empapada en sudor, preguntándome si había hecho lo correcto.

Un día fui al mercado central y me crucé con Carmen. Llevaba una bolsa de naranjas y caminaba despacio, como si cada paso le costara un mundo. Nos miramos fugazmente; ella bajó la vista y siguió andando. Sentí una punzada en el pecho.

Esa tarde llamé a Sofía:

—¿Crees que hemos sido demasiado duras?

Ella suspiró al otro lado del teléfono:

—No lo sé, Lucía. Solo sé que papá ya no está y todo parece desmoronarse.

En casa, Álvaro evitaba hablar del tema. Se encerraba en su habitación y salía solo para comer algo rápido antes de volver a desaparecer tras la puerta cerrada.

La abuela Mercedes vino a visitarnos una tarde lluviosa. Se sentó conmigo en la cocina y me cogió la mano:

—Hija, nadie te va a juzgar más duro que tú misma. Pero recuerda: el corazón no entiende de herencias ni de casas. Solo entiende de amor y de pérdidas.

Lloré como una niña pequeña mientras ella me acariciaba el pelo.

Pasaron los meses y la casa se fue llenando de silencio. El eco de los pasos de papá ya no estaba; tampoco los murmullos de Carmen por los pasillos. A veces me sorprendía buscando su figura en el balcón o esperando oír su risa desde la cocina.

Un día recibí una carta manuscrita con letra temblorosa:

«Querida Lucía,

Sé que fue difícil para ti tomar esa decisión. Yo también he perdido mucho. Solo quiero que sepas que cuidé de tu padre porque le amaba, no por interés ni por la casa. Espero que algún día puedas perdonarme si te hice daño sin querer.

Carmen»

Guardé la carta en el cajón junto a las fotos antiguas de papá y mamá. No sé si algún día podré perdonarla o perdonarme a mí misma.

A veces me pregunto: ¿Hice lo correcto o fui demasiado dura? ¿Dónde está el límite entre proteger lo nuestro y ser justos con los demás? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?