Sola contra el mundo: La historia de Ana y su lucha por ser madre

—¿Por qué a mí? —me repetía una y otra vez, sentada en el coche, con las manos temblorosas y la mirada perdida en el parabrisas empañado por la lluvia madrileña. Acababa de salir de la consulta del doctor Morales, y sus palabras retumbaban en mi cabeza como un eco cruel: “Ana, tus posibilidades de quedarte embarazada de forma natural son muy bajas”.

No recuerdo cómo llegué a casa aquel día. Solo sé que, al abrir la puerta, me desplomé en el sofá y lloré hasta quedarme sin fuerzas. Mi madre, Carmen, me llamó justo en ese momento, como si intuyera mi dolor. —¿Estás bien, hija?— preguntó con esa voz suave que siempre me ha hecho sentir protegida. No pude responderle. Solo sollozaba, y ella, al otro lado del teléfono, guardó silencio, acompañándome en mi tristeza.

Durante semanas, viví en una especie de niebla. Mis amigas, Lucía y Marta, intentaban animarme, pero yo me sentía sola, incomprendida. Ellas ya eran madres, hablaban de pañales y guarderías, mientras yo me preguntaba si algún día podría compartir esas conversaciones. Mi pareja, Diego, no soportó la presión. Una noche, después de una discusión amarga, me dijo: —Ana, no sé si puedo con esto. No es lo que imaginaba para nosotros. —Y se fue, dejándome sola en el peor momento de mi vida.

La soledad se convirtió en mi única compañera. Empecé a investigar sobre la reproducción asistida. Leí foros, artículos, testimonios de otras mujeres que, como yo, luchaban contra el reloj biológico y los prejuicios sociales. En España, ser madre soltera por elección sigue siendo motivo de miradas y comentarios. Lo comprobé en carne propia cuando, en una comida familiar, mi tía Mercedes soltó: —¿Y no has pensado en adoptar un perro mejor? Al menos no te dará disgustos. —Mi primo Álvaro se rió, y mi padre, Antonio, bajó la mirada, incómodo.

Pero yo ya había tomado una decisión. No iba a rendirme. Pedí cita en una clínica de fertilidad en Madrid. La doctora Fernández me recibió con una sonrisa cálida. —Ana, no estás sola. Cada vez sois más las mujeres que decidís ser madres por vosotras mismas. —Sus palabras me dieron fuerzas. Empecé el tratamiento de inseminación artificial con una mezcla de miedo y esperanza. Las inyecciones hormonales me dejaban agotada, irritable. En el trabajo, mis compañeros notaron mi cambio de humor. —¿Te pasa algo? —me preguntó Raúl, mi jefe. —Nada, solo estoy un poco cansada —mentí, porque no quería dar explicaciones.

Las semanas pasaban lentas. Cada visita a la clínica era una montaña rusa de emociones. Un día, la doctora me llamó para darme los resultados de la primera inseminación. —Lo siento, Ana, esta vez no ha funcionado. —Sentí que el mundo se me venía encima. Pero no me rendí. Volví a intentarlo. Segunda vez, negativo. Tercera vez, negativo. Empecé a perder la esperanza. Una noche, llamé a Lucía y le confesé entre lágrimas: —No sé si puedo más. Siento que estoy luchando contra el mundo entero. —Ella me escuchó en silencio y luego me dijo: —Ana, eres la persona más valiente que conozco. No dejes que nadie te haga sentir menos por querer ser madre.

El dinero empezaba a escasear. Tuve que pedir un préstamo para pagar el cuarto intento. Mi madre me ayudó con lo poco que tenía de su pensión. —No quiero que te quedes sin nada, hija, pero si esto te hace feliz, aquí estoy —me dijo, apretando mi mano con fuerza. En la clínica, las enfermeras ya me conocían por mi nombre. Me trataban con cariño, como si supieran lo mucho que significaba para mí cada paso del proceso.

El cuarto intento fue diferente. Sentí algo especial, una intuición, una esperanza renovada. Dos semanas después, fui a hacerme la prueba de embarazo. Esperé en la sala de espera, rodeada de parejas felices, de mujeres con barrigas redondas y sonrisas radiantes. Yo estaba sola, con el corazón en un puño. Cuando la doctora salió y me llamó, supe que algo había cambiado. —Ana, enhorabuena. Estás embarazada. —No pude contener el llanto. Lloré de alegría, de alivio, de gratitud. Llamé a mi madre, que gritó de felicidad al otro lado del teléfono. —¡Lo has conseguido, hija! ¡Eres una luchadora!

Pero la felicidad no duró mucho. A las ocho semanas, empecé a sangrar. Fui corriendo a urgencias, temblando de miedo. El ginecólogo me miró con tristeza: —Lo siento, Ana, has perdido el embarazo. —Sentí que me arrancaban el alma. Volví a casa destrozada, sin fuerzas para levantarme de la cama. Mi madre vino a cuidarme, me preparó sopa, me abrazó en silencio. —No pasa nada, hija, lo volverás a intentar —me susurró, aunque yo sabía que ella también sufría por dentro.

Durante meses, luché contra la depresión. Pensé en rendirme, en aceptar que quizá la maternidad no era para mí. Pero algo dentro de mí se negaba a abandonar. Volví a la clínica, esta vez para informarme sobre la fecundación in vitro. Era más caro, más invasivo, pero era mi última oportunidad. Vendí mi coche, pedí ayuda a mis amigos, incluso abrí una cuenta de crowdfunding. Algunas personas me apoyaron, otras me criticaron. —¿No crees que es egoísta traer un niño al mundo sin padre? —me escribió una antigua compañera de universidad en Facebook. No respondí. Aprendí a ignorar los comentarios malintencionados y a rodearme solo de quienes me querían de verdad.

El proceso de la FIV fue duro. Las hormonas me hacían sentir como una montaña rusa emocional. Lloraba por cualquier cosa, me enfadaba sin motivo. Pero cada vez que pensaba en rendirme, recordaba la imagen de mi futuro hijo, esa personita que aún no existía pero que ya llenaba mi corazón. Finalmente, llegó el día de la transferencia de embriones. Recé, lloré, pedí al universo que me diera una oportunidad.

Dos semanas después, la prueba fue positiva. Esta vez, el embarazo siguió adelante. Cada ecografía era un milagro, cada latido del corazón de mi bebé, una victoria. Mi madre me acompañó a todas las revisiones. —Vas a ser una madre maravillosa, Ana —me decía, acariciando mi barriga.

Cuando nació mi hija, a la que llamé Sofía, sentí que todo el dolor, la soledad y el esfuerzo habían valido la pena. La miré a los ojos y supe que, aunque el camino había sido duro, había encontrado mi lugar en el mundo.

Ahora, mientras la veo dormir, me pregunto: ¿Cuántas mujeres más tendrán que luchar solas por cumplir su sueño? ¿Por qué la sociedad sigue juzgándonos por querer ser madres sin pareja? ¿No es acaso el amor lo único que importa?