El deber de un tío: Más que juegos y regalos
—Tío Nacho, ¿puedo hablar contigo? —La voz de Ariana temblaba, y aunque intentaba sonreír, sus ojos brillaban con una tristeza que nunca le había visto. Era sábado por la tarde y el sol de Madrid entraba a raudales por la ventana de mi salón. Yo había preparado su merienda favorita: chocolate con churros, pensando que, como siempre, vendría a pedirme que la llevara al parque o que le comprara algún capricho. Pero esa vez, Ariana no quería ni el chocolate ni los churros.
Me senté a su lado en el sofá, intentando no mostrar mi preocupación. —Claro, Ari, dime. ¿Te ha pasado algo en el cole? —pregunté, recordando las veces que había venido a contarme alguna pelea con sus amigas o alguna nota que no se atrevía a enseñar en casa. Pero esta vez era distinto.
Ariana bajó la mirada y jugueteó con la manga de su sudadera. —No es del cole, tío. Es de casa… —Su voz se quebró y sentí un nudo en el estómago. Sabía que en casa las cosas no iban bien desde hacía meses. Mi hermana, Lucía, y su marido, Raúl, discutían cada vez más. Yo intentaba no meterme, pero Ariana era mi debilidad.
—¿Han vuelto a pelear? —pregunté, temiendo la respuesta. Ariana asintió, y una lágrima le resbaló por la mejilla.
—Anoche fue peor que nunca. Mamá lloraba y papá se fue dando un portazo. Yo me escondí en mi cuarto, pero podía oírlo todo. —Su voz era apenas un susurro. Me sentí impotente, como si el suelo se abriera bajo mis pies.
—Ari, cariño, ¿quieres que hable con tu madre? —le propuse, aunque sabía que Lucía odiaba que me metiera en sus asuntos. Ariana negó con la cabeza.
—No quiero que se enfaden más. Solo… solo quiero entender por qué pasa esto. ¿Es culpa mía? —Su pregunta me atravesó como un cuchillo. ¿Cómo podía una niña de doce años pensar que era responsable de los problemas de sus padres?
Me incliné hacia ella y le tomé la mano. —Escúchame bien, Ariana. Nada de esto es culpa tuya. Los adultos a veces cometemos errores y nos olvidamos de lo que de verdad importa. Pero tú no tienes la culpa de nada, ¿me oyes?
Ariana asintió, pero no parecía convencida. Se quedó en silencio un rato, mirando por la ventana. Yo tampoco sabía qué decir. ¿Qué podía hacer? ¿Llamar a Lucía y exigirle que arreglara las cosas? ¿Hablar con Raúl, aunque nunca nos habíamos llevado bien? Sentí una rabia sorda, mezclada con miedo. No quería que Ariana sufriera por culpa de los adultos.
—¿Y si se separan? —preguntó de pronto, con la voz rota. —¿Dónde voy a vivir? ¿Tendré que elegir entre mamá y papá?
Me quedé sin palabras. Recordé cuando mis padres se separaron y yo tenía su misma edad. El dolor, la confusión, la sensación de que el mundo se desmoronaba. No quería que Ariana pasara por lo mismo.
—Ari, pase lo que pase, yo siempre estaré aquí para ti. Si alguna vez necesitas un sitio donde quedarte, mi casa es tu casa. Y no tienes que elegir entre nadie. Eres lo más importante para todos nosotros. —Intenté sonreír, pero sentí que la voz me temblaba.
Ariana se abrazó a mí y rompió a llorar. La abracé fuerte, deseando poder protegerla de todo. En ese momento, sonó mi móvil. Era Lucía. Dudé en contestar, pero Ariana me miró y asintió.
—¿Sí, Lucía? —intenté sonar tranquilo.
—¿Está Ariana contigo? —preguntó, con la voz cansada. —No la encontraba y me he preocupado.
—Está aquí, tranquila. Solo quería hablar un rato. —Miré a Ariana, que me hizo un gesto para que no dijera nada más.
—Dile que la quiero, por favor. Y que siento todo esto… —La voz de Lucía se quebró. Colgué y miré a Ariana.
—Tu madre te quiere mucho, Ari. Está pasando un mal momento, pero te quiere.
Ariana asintió, pero seguía triste. Pasamos la tarde hablando, viendo una película y, por primera vez, no me pidió ni regalos ni juegos. Solo quería estar conmigo, sentirse segura.
Esa noche, cuando la llevé de vuelta a casa, Lucía me abrazó. —Gracias, Nacho. No sé qué haría sin ti. —Vi en sus ojos el mismo miedo que había visto en los de Ariana.
En el coche, de vuelta a mi piso, me quedé pensando en todo lo que había pasado. ¿De verdad hacemos lo suficiente por los niños cuando los adultos nos dejamos arrastrar por nuestros propios problemas? ¿Cuántas veces olvidamos que ellos también sufren, que necesitan sentirse escuchados y queridos?
A veces, ser tío es mucho más que llevarlos al cine o comprarles un helado. Es estar ahí cuando más te necesitan, aunque no sepas muy bien qué decir o hacer. Es escuchar, abrazar y recordarles que no están solos.
¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que un niño de vuestra familia os necesitaba más allá de los juegos y los regalos? ¿Qué haríais en mi lugar?