Nunca te olvidaré – La soledad de una maestra en la España rural

—¿Y si esta vez tampoco me llama? —me pregunté en voz baja, mientras apagaba la luz de la cocina y el eco de mis palabras se perdía entre las paredes frías de la casa. El reloj de la iglesia dio las diez y, como cada noche, el silencio del pueblo caía sobre mí como una manta pesada. Afuera, el aire olía a tierra mojada y a azahar, pero dentro de mí sólo sentía ese hueco, ese vacío que ni el aroma de la primavera podía llenar.

Me senté en la mesa, con la taza de manzanilla entre las manos, y miré la foto de mi hijo, Javier, que me sonreía desde la estantería. Hace meses que no viene a verme. Siempre tiene una excusa: el trabajo en Madrid, la vida tan ajetreada, los amigos, la novia nueva. «Mamá, ya sabes cómo es esto, la ciudad no para nunca», me dice por teléfono, pero yo sé que hay algo más. Quizá le pesa la tristeza que arrastro desde que su padre se fue, o tal vez no quiere ver cómo me he ido apagando poco a poco, como una vela que se consume en la soledad.

—No te pongas así, Carmen, que la vida sigue —me repetía mi suegra, Dolores, cada vez que me veía llorar en la cocina. Pero sus palabras nunca fueron un consuelo. Desde el primer día, me miró con desconfianza, como si yo no fuera suficiente para su hijo, como si mi acento andaluz y mis ganas de enseñar en este rincón de Castilla fueran una amenaza para su mundo pequeño y cerrado. «Las de fuera nunca entienden cómo se vive aquí», solía decir, y yo, por no discutir, me mordía la lengua y seguía adelante.

Pero la verdad es que nunca me sentí parte de este pueblo. Ni cuando organizaba las fiestas del colegio, ni cuando preparaba la tortilla para la verbena de San Juan, ni siquiera cuando todos me daban las gracias por ayudar a sus hijos con los deberes. Siempre fui la forastera, la maestra de acento raro, la que no tenía familia aquí. Y ahora, con mi marido enterrado en el cementerio, y mi hijo lejos, sólo me queda la compañía de los recuerdos y el murmullo de la tele encendida para no sentirme tan sola.

A veces, cuando paseo por las calles empedradas al atardecer, me cruzo con las vecinas que charlan en la plaza. Me saludan con un «buenas tardes, Carmen», pero enseguida vuelven a sus conversaciones, como si yo fuera invisible. Me pregunto si alguna vez dejaré de sentirme extranjera en mi propia vida.

Esta noche, el viento trae consigo el sonido de una guitarra lejana. Alguien canta una copla en la taberna, y por un momento, cierro los ojos y me dejo llevar por la nostalgia. Recuerdo las noches de mi infancia en Sevilla, cuando mi madre y yo bailábamos en la cocina mientras mi padre tocaba las palmas. Qué lejos queda todo eso ahora.

El teléfono vibra sobre la mesa. Mi corazón da un brinco, pero sólo es un mensaje de la directora del colegio: «Mañana reunión a las ocho, no faltes». Suspiro. El trabajo es lo único que me mantiene en pie, aunque a veces siento que tampoco allí encajo del todo. Los niños me quieren, sí, pero los padres me miran con esa mezcla de respeto y distancia que nunca he sabido romper.

—¿Por qué no te vienes a vivir a la ciudad, mamá? —me dijo Javier la última vez que hablamos—. Aquí podrías empezar de nuevo, conocer gente, hacer cosas diferentes.

Pero yo no quiero irme. No porque ame este pueblo, sino porque aquí está enterrado todo lo que fui. Aquí conocí a Antonio, aquí nació mi hijo, aquí pasé los mejores y los peores años de mi vida. ¿Cómo dejar atrás todo eso?

A veces pienso que la vida es como ese campo de trigo que veo desde mi ventana: crece, se mece con el viento, y al final, cuando llega el verano, lo siegan y sólo queda la tierra desnuda, esperando el próximo ciclo. ¿Será que yo también estoy esperando a que algo nuevo brote en mi vida?

La mañana siguiente me despierta el canto de los gorriones. Me visto deprisa, me recojo el pelo en un moño y salgo al colegio. Los niños me reciben con abrazos y risas, y por un rato, olvido la tristeza. Me pierdo en sus historias, en sus preguntas, en sus dibujos llenos de colores. Es en esos momentos cuando siento que todavía tengo algo que dar, que mi vida no es sólo una sucesión de días grises.

En la sala de profesores, los compañeros hablan de sus planes para el puente de mayo. Algunos se irán a la playa, otros a visitar a la familia. Yo no digo nada. Sé que pasaré esos días sola, paseando por el campo, leyendo, cocinando para una sola persona. A veces me pregunto si alguien notaría mi ausencia si un día no volviera al colegio.

Al salir de la reunión, la directora me llama aparte.

—Carmen, ¿te encuentras bien? Te veo más apagada últimamente.

—Estoy bien, sólo un poco cansada —respondo, forzando una sonrisa.

—Si necesitas hablar, ya sabes dónde estoy —me dice, y por un momento, siento que alguien ve más allá de mi fachada.

De camino a casa, me cruzo con Dolores, mi suegra. Va cargada con la compra y, como siempre, me mira de arriba abajo antes de hablar.

—¿No te da vergüenza ir siempre sola? —me suelta, sin más.

—No, Dolores, no me da vergüenza. Me da pena, eso sí, pero vergüenza no —le contesto, sorprendida de mi propia valentía.

Ella resopla y sigue su camino. Yo me quedo allí, en mitad de la calle, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que he dicho lo que realmente pienso.

Esa noche, mientras ceno una sopa caliente, me doy cuenta de que la soledad no es sólo ausencia de compañía. Es también la falta de alguien que te escuche, que te entienda, que te abrace cuando el mundo se vuelve demasiado grande. Pero también es un espacio donde puedo reencontrarme, donde puedo aprender a quererme de nuevo, aunque sea poco a poco.

Me asomo a la ventana y veo las luces del pueblo, pequeñas y titilantes como luciérnagas. Pienso en mi madre, en Antonio, en Javier. Pienso en todas las veces que he sentido que no encajo, que no pertenezco a ningún sitio. Y sin embargo, aquí sigo, levantándome cada mañana, buscando un motivo para seguir adelante.

Quizá la respuesta no esté en volver a empezar, sino en aprender a vivir con lo que tengo, en encontrar belleza en las pequeñas cosas: el canto de los pájaros, la risa de un niño, el aroma del pan recién hecho. Quizá la vida no sea más que eso: una sucesión de momentos sencillos, de instantes de luz en medio de la oscuridad.

—¿Y si la soledad no es un castigo, sino una oportunidad? —me pregunto en voz alta, mientras apago la luz y me meto en la cama—. ¿Y si todavía puedo encontrar mi lugar, aunque sea aquí, en este rincón olvidado del mundo?

¿Vosotros qué pensáis? ¿Se puede volver a empezar cuando parece que todo se ha perdido? Me encantaría leeros.