Todo se fue al garete por un vestido
—¿Te has gastado el bonus en eso?—me soltó mi madre sin ni siquiera decir hola.
Yo con la bolsa del Carrefour en la mano, en mitad del portal, y Laia tirándome de la manga: “Mamá, ¿subimos ya?”. Y mi madre al teléfono, con ese tono de “me estás fallando otra vez”.
—Mamá, no empieces. Es un vestido para la función del cole. Uno. Ya está.
—¿Uno? ¿Y lo del dentista? ¿Y la revisión de tu padre? ¿Y la comunidad, que vas siempre al límite?—se me iba subiendo la sangre, porque lo decía como si ella llevara mi Excel.
Me apoyé en el buzón para no gritar. En el grupo de WhatsApp de madres ya habían mandado fotos de los trajes, que si “me lo han hecho a medida”, que si “lo compré en una tienda monísima de Gràcia”. Yo trabajo en una gestoría en L’Hospitalet, cobro lo que cobro, y desde que me separé de Javi voy contando monedas, literal.
—Me han dado un bonus en el curro, mamá. Por cerrar una campaña. No es que me haya tocado la lotería.
—Claro, y lo primero que haces es gastártelo. Luego lloras.
Detrás de mí, el vecino del segundo, el de las reformas eternas, abrió la puerta y nos miró como si estuviéramos haciendo teatro. Bajé la voz.
—No estoy llorando. Solo… Laia lleva meses con lo de la función. Está ilusionada.
—Ilusionada…—mi madre se rio seco—. Como tú con tus ideas. ¿Cuánto ha costado?
No quería decirlo. Porque no era barato. Porque me salió del alma entrar en la sección de niñas y decir “venga, hoy sí”. 79 euros. Con tul, azul marino, de esos que giran y hacen “fiu”. Laia se lo probó allí mismo y se miró en el espejo como si fuera… yo qué sé, una princesa. Y se me ablandó todo.
—No ha sido una barbaridad.
—Dime el número, Emily.
Me tragué la rabia. Odiaba que me llamara Emily, como si siguiera castigándome por ponerle a mi hija Laia y no Laura, como quería ella.
—Setenta y nueve.
Silencio. Luego:
—¿Tú estás bien de la cabeza?
Subimos las escaleras porque el ascensor estaba otra vez “en revisión”. Laia iba saltando. Yo con el móvil pegado a la oreja y la bolsa apretada como si fuera un delito.
—Mamá, no me hables así.
—¿Y cómo quieres que te hable? ¿Como si fueras responsable? No lo eres. Nunca lo has sido.
Ahí ya me salió.
—¿Y tú qué? ¿Tú eres responsable? Porque bien que me dejaste sola cuando me separé.
—No me metas en tus historias con Javi.
—Es que no es solo Javi. Es todo. Siempre me lo estás echando en cara. Que si me fui de casa pronto, que si me equivoqué, que si…
—Porque te equivocas—me cortó—. Y ahora encima te crees que por un bonus ya puedes ir de…
Entré en casa y cerré la puerta con fuerza. Laia se fue directa a la habitación.
—Mamá, mira cómo gira—la oí decir, emocionada.
Yo me quedé en la cocina, con el fregadero lleno y el corazón a mil.
—Mira, estoy cansada. No voy a pedirte permiso para comprarle un vestido a mi hija.
Mi madre bajó el tono, y eso me puso peor, porque cuando baja el tono es que viene el golpe.
—Emily… ¿tú sabes lo que ha pasado con la cuenta de tu padre?
Me quedé quieta.
—¿Qué cuenta?
—La de toda la vida. La de la Caixa. Ha habido un recibo devuelto. El de la residencia de día.
—Pero si papá va al centro de día del barrio, el municipal.
—Y también tenemos dos tardes en una residencia privada, para que yo pueda… respirar un poco—dijo, y se le notaba que le daba vergüenza admitirlo.
Yo no sabía nada. Nada. Mi padre lleva dos años con el Parkinson y yo pensaba que mi madre lo llevaba “más o menos”. Que se apañaba. Que si necesitaba algo me lo diría. Pero claro, mi madre no pide. Mi madre acusa.
—¿Y por qué no me lo has dicho?
—Porque bastante tienes con lo tuyo.
—No, mamá, no me hagas eso. Dímelo claro. ¿No tenéis dinero?
—Hay dinero, pero…—se oyó cómo suspiraba—. Tu padre firmó un aval hace años. Por tu hermano.
Se me fue la cara.
—¿Por Dani? ¿Otra vez?
Mi hermano Dani, el “emprendedor”, el que siempre está a punto de despegar y siempre aterriza en casa de alguien. El que hace cinco años pidió un préstamo para un bar en Badalona y acabó cerrando dejando pufos. El que mi madre siempre “pobrecito, se ha esforzado”.
—No es “otra vez”. Es el mismo. Solo que ahora lo han ejecutado. Y no me lo dijeron hasta la semana pasada. Yo… yo no quería preocuparos.
Me salió una risa fea.
—¿Preocuparnos? ¿Y a mí quién me preocupa? Estoy pagando alquiler, comedor, extraescolares, la mitad de la ortodoncia…
—No me grites—me soltó ella, ya otra vez dura—. Si te lo digo es porque necesito que pongas algo este mes. Aunque sea poco.
Y ahí, en ese segundo, el vestido dejó de ser un vestido. Se convirtió en una especie de prueba. Como si yo hubiera elegido tul azul en vez de mi padre.
—¿Cuánto es “algo”?
—Doscientos.
—¿Doscientos?—me dio un vuelco el estómago—. ¿Tú sabes lo que es para mí doscientos?
—Pues lo que es para mí levantar a tu padre cada día también lo sé. Y no me pagan por eso.
Me mordí la lengua. Porque tenía razón. Y a la vez… yo también tengo razón, ¿no? O eso me digo.
—¿Y Dani?—pregunté.
—Dani está buscando trabajo.
—Está “buscando trabajo” desde que tengo memoria.
—No empieces.
—No, sí empiezo. Porque resulta que yo me compro un vestido y soy una irresponsable, pero Dani os deja sin dinero y… ¿qué? ¿Le hacemos un bocata?
Mi madre se calló un momento. Luego dijo algo que me dejó helada.
—Tu padre no quiso que tú supieras lo del aval. Dijo que tú ya llevabas demasiado encima. Y que si había que elegir, prefería que Laia estuviera bien.
Se me nublaron los ojos, pero me dio rabia igual.
—¿Y me lo dices ahora? ¿Después de llamarme loca?
—Porque me ha dolido verte gastar—me confesó—. Me ha dolido porque yo llevo meses recortando hasta en fruta. Y tú…
—¿Y qué quieres? ¿Que Laia vaya con un vestido viejo y se sienta la rara? ¿Que pague ella los errores de Dani?—me temblaba la voz, y odiaba estar así.
—No es pagar. Es…—mi madre dudó—. Es ayudar.
Colgué. Sí, colgué. Me dio un ataque de “hasta aquí”. Me senté en la silla y me quedé mirando la nevera como si me fuera a dar respuestas.
A los diez minutos me escribió Dani: “Me ha dicho mamá que te has gastado el bonus en un vestido. Tía, no es el momento. Papá está jodido.”
Tía. Encima tía.
Le respondí: “¿Y tú dónde estás? ¿Vas a poner algo?”
Y tardó en contestar, como siempre cuando no le interesa.
“Estoy con un tema. Ya hablaré con ellos.”
Un tema. Claro.
Esa noche vino mi madre a casa sin avisar. Llamó al timbre y cuando abrí, traía una bolsa con croquetas caseras. Como si eso arreglara algo.
Laia salió corriendo con el vestido puesto.
—Yaya, mira—dijo, girando.
Mi madre la miró y se le ablandó la cara un segundo. Solo un segundo.
—Estás guapísima, cielo.
Luego me miró a mí.
—¿Hablamos?
Nos metimos en la cocina. Laia se quedó en el salón viendo Clan.
—Yo no quería que esto fuera así—dijo mi madre, bajito—. Estoy cansada, Emily. Y tu padre… a veces no me reconoce. Y yo me siento mala por pensar “necesito que me dejen en paz”.
Yo apreté los labios. Porque claro, ella también está atrapada. Y yo estoy lejos. Y encima me pongo digna.
—Pues pide ayuda sin atacarme—le solté.
—Es que si no te ataco, no me haces caso.
Me quedé callada porque… un poco sí. Cuando me habla normal, lo dejo para luego. Cuando me muerde, salto.
—Lo del aval—dije—. ¿Por qué siempre Dani?
Mi madre se encogió de hombros.
—Porque es tu hermano.
—Y yo soy tu hija.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no lloró. Mi madre no llora delante.
—Tú siempre has tirado para delante. Dani no.
Y ahí entendí una cosa fea: que a mí me exigen porque doy. Y a Dani le perdonan porque se cae.
Al final, le dije que le daba los doscientos, pero que el mes que viene no sé. Que igual no. Que no podía prometer.
—¿Y el vestido?—me preguntó, como quien no quiere.
Miré hacia el salón. Laia estaba feliz, y yo me sentí culpable por estar mezclando su ilusión con nuestras miserias.
—El vestido se queda—dije—. Ya está comprado. Y Laia no tiene culpa.
Mi madre no me discutió. Solo dijo:
—Vale.
Cuando se fue, me quedé con una sensación rarísima, como de haber perdido y ganado a la vez. El vestido colgado en la puerta del armario parecía mirarme. Y yo pensando en mi padre, en mi madre, en Dani, en mí, en Laia… y en que al final siempre estamos eligiendo a quién decepcionamos.
No sé si he sido una egoísta o si por una vez me he permitido algo normal sin pedir perdón. ¿Vosotros qué haríais: devolvéis el vestido y ponéis todo para la familia, o lo dejáis y marcáis un límite aunque os llamen de todo?