“Nunca quise ser madre… hasta que él desapareció y tuve que aprender a no huir de mi propia hija”
—No me mires así, Alba. Ya te dije que yo no quiero líos.
Lo dijo apoyado en la encimera de mi cocina, sin levantar mucho la voz, como si estuviera hablando del recibo de la luz y no de que yo tenía un test de embarazo temblando en la mano.
Me acuerdo de que miré las dos rayas, luego a Sergio, luego otra vez a las dos rayas. Y pensé: no, esto no me puede estar pasando a mí. Yo era la pesada que siempre decía que no quería hijos. La que cambiaba de tema cuando en las cenas salía lo de “se te va a pasar el arroz”. La que se mareaba solo de imaginar un carrito en el salón.
—Estoy embarazada —susurré, aunque era evidente.
Sergio soltó aire por la nariz y se pasó la mano por la barba.
—Pues tendrás que ver qué haces.
Qué haces. Como si el embarazo fuera una mancha en una camisa.
—¿Qué hago? —repetí—. ¿Y tú?
Él bajó la mirada un segundo. Luego cogió las llaves.
—Yo no estoy preparado para esto.
Y se fue.
Así, sin portazo siquiera. Creo que eso fue lo que más me dolió. Que me abandonara con la misma calma con la que alguien sale a comprar pan.
Esa noche llamé a mi madre llorando tanto que casi no me entendía.
—Mamá… ven, por favor.
Llegó en bata debajo del abrigo, con las zapatillas metidas en unas botas viejas. Cuando abrió la puerta y me vio sentada en el suelo de la cocina, me abrazó sin preguntar nada.
—Respira, Alba. Mírame. Respira conmigo.
Yo no podía. Sentía el pecho cerrado, las manos dormidas, el corazón desbocado. Me repetía que no quería ser madre, no quería, no quería, como si diciéndolo muchas veces el embarazo fuera a desaparecer.
Mi madre me llevó al sofá, me apartó el pelo de la cara y me dijo algo que todavía recuerdo palabra por palabra.
—No tienes que decidir hoy quién vas a ser el resto de tu vida. Hoy solo tienes que pasar la noche.
Y así empecé. Pasando noches.
Luego semanas.
Sergio dejó de contestar a los mensajes. Primero me clavaba el visto. Después, nada. Una tarde fui a su piso y me abrió su compañero.
—Se ha ido a casa de un primo a Zaragoza —me dijo, incómodo—. Me pidió que no te diera explicaciones.
Me quedé helada en la escalera. Me entraron ganas de gritar, de pegarle al buzón, de romper algo. Pero solo pude sentarme en el portal y llamar a mi madre otra vez.
Ella me acompañó a todas las citas. A la médica de cabecera, a la matrona, a las analíticas. Yo iba como quien entra en un sitio que no le pertenece. Escuchaba palabras como “latido”, “semana doce”, “ácido fólico”, y sentía que estaban hablando de otra mujer.
Hubo días muy malos. Una mañana en el supermercado me quedé bloqueada delante de los yogures. Empecé a sudar, a notar que me faltaba el aire. Una señora me preguntó si estaba bien y yo salí corriendo al aparcamiento.
Mi madre me encontró apoyada en su coche, doblada sobre mí misma.
—No puedo con esto, mamá. No puedo.
—Sí puedes. Otra cosa es que no quieras poder hoy.
A veces me enfadaba con ella.
—Tú lo ves muy fácil porque tú sí querías ser madre.
Se quedó callada. Luego me dijo, muy bajito:
—No, hija. Lo que pasa es que yo te quería a ti, incluso cuando tuve miedo.
Aquello me desmontó.
El embarazo siguió adelante y yo seguía sin sentir esa conexión mágica de la que hablaba todo el mundo. Notaba las patadas y, en vez de enternecerme, me ponía tensa. Me sentía una mala persona. Una egoísta. Una mujer rota.
Cuando nació mi hija, Lucía, lo primero que sentí fue alivio. Alivio de que hubiera terminado el parto, de dejar de tener ese nudo en el cuerpo. La enfermera me la acercó y yo la miré como se mira a alguien importante y desconocido a la vez.
—Es preciosa —dijo mi madre, llorando.
Yo asentí, pero no lloré.
Y ese silencio mío me persiguió semanas.
En casa todo era confuso. Lucía lloraba y a mí me subía una ansiedad sucia, fea, de esas que dan vergüenza. Había noches en las que me quedaba mirándola en la cuna y pensaba: “¿Y si nunca aprendo a quererla como debería?”. Después me odiaba por pensarlo.
Mi madre se instaló conmigo un tiempo. Dormía fatal en el sofá, me llenaba la nevera de tuppers, me obligaba a ducharme aunque yo dijera que no hacía falta. Una madrugada me encontró sentada en el suelo del pasillo, llorando para no despertar a la niña.
—No la siento mía, mamá.
Ella se agachó como pudo, con las rodillas que ya le crujen, y me cogió la cara entre las manos.
—Claro que es tuya. Lo que pasa es que estás aterrada. Y desde el miedo no se ve bien.
Fui a terapia. Me costó aceptarlo, pero fui. Empecé a ponerle nombre a cosas que me daban vergüenza. Ansiedad posparto. Duelo por la vida que había perdido. Abandono. Rabia.
Poco a poco, muy poco a poco, Lucía dejó de ser solo una obligación inmensa y empezó a convertirse en ella. En mi hija. En esa niña que arrugaba la nariz antes de llorar. Que se calmaba cuando le cantaba fatal una de Serrat. Que un día me agarró el dedo con una fuerza ridícula y me hizo llorar por fin.
No fue un flechazo. Fue una construcción. Una de esas lentas, con grietas, con andamios, con días buenos y otros de querer salir corriendo.
La primera vez que me sonrió de verdad, sentí algo abrirse dentro de mí. No de golpe. Pero sí lo suficiente.
Hoy Lucía tiene tres años. Pregunta por todo, lo desordena todo, se empeña en ponerse las botas en agosto y dice “mamá, mírame” unas cincuenta veces al día. Y yo la miro. La miro y a veces todavía me acuerdo de la mujer que fui aquella noche en la cocina, con un test en la mano y la vida rota en dos.
No me convertí en madre de la forma bonita que cuentan muchas. Me convertí a trompicones. Con miedo. Con culpa. Con ayuda.
Y quizá por eso ahora sé que querer también es quedarse cuando una parte de ti quiere huir.
¿A alguien más le ha pasado que el amor no llegó de inmediato, sino despacio y con culpa por el camino?
¿Vosotras creéis que se habla lo suficiente de las madres que tienen miedo de sus propios sentimientos?