Dejé de depilarme por un problema de piel… y terminé enfrentándome a mi madre, a mi marido y a medio trabajo
—¿Pero tú te has visto las axilas? —me soltó mi madre en la cocina, con la bolsa del pan todavía en la mano—. Hija, que una cosa es estar en casa y otra ir hecha un desastre.
Yo me quedé quieta, con el café a medio remover. Era agosto, hacía un calor insoportable en Madrid y llevaba una camiseta de tirantes porque no podía soportar otra cosa sobre la piel. Tenía la dermatitis disparada otra vez. Roja. Con escozor. Esa sensación de quemazón que no te deja ni dormir bien. Y aun así, lo que más me dolió no fue la piel.
Fue su cara.
Como si me hubiera abandonado.
Todo empezó tres meses antes, cuando la dermatóloga me dijo que dejara de depilarme una temporada. Cera, cuchilla, crema… todo me estaba empeorando. Tenía foliculitis, eccemas y pequeñas heridas que luego se me infectaban. Me miró muy seria y me dijo:
—O paras, o esto va a ir a más.
Salí de la consulta con alivio. Pensé: por fin una excusa para descansar. Porque si soy sincera, ya estaba cansada. Cansada de organizar mi cuerpo según el calendario. Cansada de mirar si se notaba, si tocaba cita, si quedaba “presentable”. Quería rascarme sin culpa, ducharme sin escozor y ponerme una falda sin pensar en nada más.
Pero no fue tan sencillo.
Mi marido, Álvaro, al principio dijo que lo entendía.
—Si es por salud, pues claro, haz lo que necesites.
Lo dijo mirando el móvil. Sin levantar mucho la vista. Yo quise creer que era apoyo.
La primera semana no pasó nada. La segunda, ya noté sus silencios. La tercera, en la cama, apartó la mano de mi pierna con una torpeza que me partió por dentro.
—No es por nada, Lucía, pero… no sé, se me hace raro.
—¿Raro yo o el pelo?
—No empieces.
No empecé yo. Empezó ese pequeño muro absurdo dentro de casa. Él dejó de decirme “qué guapa estás” cuando me ponía vestidos. Mi madre empezó con indirectas. “Antes ibas más arreglada”. “Te estás dejando”. “Luego no te quejes si la gente habla”.
Y la gente habló.
Trabajo en una inmobiliaria de barrio en Chamberí. Allí la imagen importa. No lo pone en ningún contrato, pero se sabe. Uñas cuidadas, pelo hecho, maquillaje discreto, ropa mona pero no demasiado. Sonrisita, perfume suave y esa especie de feminidad correcta que no moleste y a la vez venda confianza.
Un día, al enseñar un piso, levanté el brazo para abrir una ventana atascada y vi cómo la clienta bajaba la vista a mi axila y luego me sonreía de esa forma rara, tensísima. Como cuando alguien juzga y disimula fatal.
Luego, en la oficina, escuché a dos compañeras en la máquina de café.
—Yo lo siento, pero eso no es naturalidad, eso es dejadez.
—Total. Una cosa es ser moderna y otra… en fin.
No dijeron mi nombre. No hacía falta.
Ese día llegué a casa llorando en el autobús. De esas veces que intentas aguantar y al final se te cae una lágrima tonta y ya no puedes parar. Álvaro me vio entrar y me preguntó qué me pasaba. Se lo conté todo, esperando que por fin se pusiera de mi lado.
Y me dijo:
—Lucía, te voy a hablar claro. Igual podrías buscar otra solución. Láser cuando se te pase, yo qué sé. Es que también te estás metiendo en una guerra por algo que…
—¿Por algo que qué?
—Que se puede evitar.
Me quedé mirándolo como si no lo conociera.
—Lo que se puede evitar es que me opinéis todos sobre el cuerpo.
Aquella noche dormimos de espaldas. Y al día siguiente también estábamos raros. Ya sabes cuando en casa no ha pasado “nada grave” pero todo suena distinto. Los platos. Las puertas. Hasta el silencio.
Abrí el blog una madrugada, desde el móvil, en el sofá. Sin pensarlo mucho. Lo llamé “Piel mía”. Empecé escribiendo por rabia, la verdad. Conté lo de la dermatitis, lo de la consulta, lo de las miradas, lo de sentirme sucia sin estarlo. Lo de que parecía que mi valor bajaba por unos pelos en las piernas. Me temblaban las manos mientras escribía.
No esperaba nada.
Pero empezaron a llegar comentarios. Mujeres de Valencia, de Sevilla, de Gijón. Una con psoriasis. Otra con ovario poliquístico. Otra que dijo: “Mi marido me dejó de tocar durante meses por esto”. Leí aquello a las dos de la mañana y me eché a llorar otra vez, pero de otra manera. Ya no me sentía una marciana.
El problema vino cuando mi madre encontró el blog.
No sé quién se lo pasó. Supongo que mi prima Nuria, que todo lo mueve por Facebook. Mi madre me llamó hecha una furia.
—¿Ahora vas contando intimidades de tu casa por internet?
—Estoy contando lo que vivo.
—Nos estás dejando como monstruos.
—Pues a lo mejor deberíais preguntaros por qué.
Se hizo un silencio largo. Escuché su respiración al otro lado. Y luego dijo algo que me dejó helada.
—Tu padre me decía lo mismo cuando yo engordé después de tenerte. Que me estaba dejando. ¿Tú te crees que no sé lo que duelen esas cosas? Lo que pasa es que yo aprendí a no dar que hablar.
Ahí entendí mucho. No la justifiqué, pero entendí de dónde salía aquella dureza. Era miedo. Miedo viejo, heredado, de ese que pasa de madres a hijas sin pedir permiso.
Con Álvaro la conversación fue peor al principio, pero más honesta.
—No me gusta que parezca que soy el malo —me dijo.
—No quiero un marido que quede bien. Quiero uno que me cuide.
Se sentó en la punta de la cama, con los codos en las rodillas. Tardó bastante en hablar.
—Creo que me he preocupado más por lo que pensaban los demás que por cómo estabas tú.
No le contesté enseguida. Porque sí, era bonito oírlo. Pero yo ya venía rota de varios meses de sentirme observada en mi propia casa.
Poco a poco, algo cambió. Mi madre dejó de lanzar comentarios cada vez que me veía. Álvaro empezó a preguntarme primero si me picaba la piel, si había dormido mejor, si necesitaba crema de la farmacia. Parece poco, pero para mí fue enorme.
En el trabajo sigue habiendo miradas. Y días malos. No voy a mentir. A veces vuelvo a casa insegura y me dan ganas de esconderme bajo un pantalón largo aunque estemos a cuarenta grados. Pero luego pienso en todo lo que me estaba traicionando para encajar. Y se me pasa… o se me pasa un poco.
Abrí el blog para desahogarme y acabé viéndome por primera vez sin tanto filtro. Qué triste que a veces una necesite llegar al límite para darse permiso de estar cómoda en su propia piel.
¿De verdad sigue molestando tanto que una mujer decida sobre su cuerpo aunque no haga daño a nadie?
Y vosotras, ¿habríais aguantado o habríais cedido para tener la fiesta en paz?