Mi madre nunca quiso a mi hijo, y lo más duro fue entender que en el fondo tampoco me estaba perdonando a mí
Yo tardé mucho en atreverme a decirlo en voz alta: mi madre no quería a mi hijo.
Suena horrible. Y más horrible era sentirlo cada domingo, en su piso de Móstoles, con la mesa puesta, el olor a cocido, la tele de fondo y ese silencio raro cuando Samuel entraba corriendo al salón con un dibujo en la mano.
—Mira, yaya, te he hecho un coche.
Mi madre sonreía apenas. De esa forma que no llega a los ojos.
—Qué bien, cariño. Déjalo ahí, que luego lo veo.
Luego nunca lo veía.
A mi sobrinastra, la hija de mi prima Verónica, le guardaba horquillas, muñecas antiguas, la sentaba en su regazo y le decía cosas como “mi niña preciosa”. Yo la observaba y notaba cómo se me tensaba la mandíbula. Samuel también lo notaba, aunque solo tenía seis años y todavía decía “cocreta” a veces.
—Mamá, ¿la yaya está enfadada conmigo?
La primera vez que me lo preguntó, casi me descompongo por dentro.
—No, cielo, qué va. Es que la yaya es… seria.
Mentira. Mi madre no era seria. Mi madre era cariñosa cuando quería. El problema era que con él no quería.
Y sí, todo venía de lejos. Desde que me quedé embarazada. Yo recuerdo perfectamente aquella tarde en Alcorcón, en su cocina, con las persianas medio bajadas porque hacía un calor horrible.
—Ojalá sea niña —dijo mientras pelaba judías verdes—. En esta casa hacen falta niñas.
Me reí, pensando que era un comentario sin más.
—Pues lo que venga.
Ella chascó la lengua.
—Sí, bueno… pero una niña es distinto.
Cuando nació Samuel, sano, precioso, con aquel pelo negro pegado a la frente, yo esperaba verla emocionada. Llorando, aunque fuera. Lo cogió en brazos con cuidado, lo miró unos segundos y dijo:
—Bueno, ya vendrá la niña.
Yo acababa de parir. Tenía puntos, ojeras, miedo. Y aun así esa frase se me quedó clavada como un cristal.
Luego la vida siguió. O eso intenté. Mi marido, Rubén, me decía que quizá eran cosas mías.
—Alicia, tu madre es seca. No le des más vueltas.
Pero no era eso. Una madre nota cuando algo no va. Y una hija también nota cuándo la herida no la trae el niño, sino ella.
Porque empecé a entenderlo tarde, de mala manera, entre detalles pequeños. Mi madre nunca superó ciertas decisiones mías. Que me fuera de casa con veintitrés años. Que dejara una oposición a medias. Que me casara con Rubén cuando estábamos fatal de dinero. Que naciera Samuel cuando ella esperaba, no sé, otra vida para mí. Algo más ordenado. Más bonito de cara a la galería.
A veces tengo la sensación de que mi hijo le recordaba todo eso. Mi desobediencia. Mi vida real.
La pelea gorda fue en Navidad. Qué tópico, ya. Pero fue ahí.
Samuel estaba ilusionado con enseñarle un villancico que había preparado en el cole. Se puso delante del árbol, con el jersey de renos que le había comprado en el mercadillo, y empezó a cantar, medio desafinado, comiéndose palabras.
Mi madre miró el móvil.
No levantó la cabeza.
Yo sentí un calor subirme por el pecho. De golpe.
—¿Puedes dejar el teléfono un momento? —le dije.
—Estoy escuchando.
—No, no estás escuchando.
Samuel se quedó quieto. Rubén me miró como diciendo “no aquí”. Mi padre, que siempre ha sido de callar para no empeorar nada, se fue a la cocina a por agua sin tener sed.
Mi madre dejó el móvil en la mesa despacio.
—No montes un numerito.
Y ahí ya no pude más.
—¿Un numerito? ¿Sabes lo que pasa? Que llevas años tratando a mi hijo como si te molestara respirar cerca de él.
—Eso no es verdad.
—¿No? Entonces mírale como miras a otras niñas. Háblale como hablas a cualquiera. Abrázale alguna vez sin que parezca una obligación.
Samuel bajó la cabeza. Ese gesto no se me va a olvidar en la vida.
Mi madre se puso blanca.
—Siempre exagerando. Desde pequeña igual.
—No, mamá. Desde pequeña intentando que me quisieras como era.
Hubo un silencio espeso. Horrible.
Luego dije lo que nunca había dicho.
—No es a Samuel a quien rechazas. Soy yo. Porque no tuve la hija que tú querías que fuera. Y como él es mío, pagáis los dos.
Mi padre murmuró mi nombre. Rubén cogió a Samuel y se lo llevó al pasillo. Mi madre me miró con una cara rara, entre rabia y vergüenza.
—Yo quería una nieta, sí —soltó al final, seca—. Y quizá me equivoqué. Pero tú siempre me lo has puesto difícil.
Eso me destrozó más que si me hubiera gritado.
Porque no negó nada.
Esa noche me fui temblando. Pensé que se había acabado. De hecho estuve dos meses sin subir a verla. Dos meses en los que Samuel dejó de preguntar por ella, y eso también dolía, porque un niño se adapta hasta a lo que no debería.
Después llamó ella.
No para pedir perdón del todo, tampoco voy a mentir. Mi madre no sabe hacer eso. Pero dijo:
—He comprado unas pinturas para Samuel. Si queréis venir el sábado…
Yo me quedé callada.
—No sé hacerlo mejor de golpe, Alicia —añadió—. Pero lo estoy intentando.
La primera vez que volvimos, la vi torpe. Casi más nerviosa que mi hijo.
—¿Me enseñas cómo dibujas los coches? —le preguntó.
Samuel la miró desconfiado. Normal.
—Vale… pero no me salen perfectos.
—A mí tampoco me salía perfecto casi nada.
Fue una frase pequeña. Pero en mi madre eso era muchísimo.
Ahora seguimos en ese punto raro. No somos una familia de anuncio. Hay días en que ella vuelve a cerrarse y a mí se me disparan todas las alarmas. Hay tardes, sin embargo, en que la oigo reírse con Samuel porque ha dicho una tontería, y me tengo que ir al baño un momento para respirar.
No sé si estamos arreglando algo o aprendiendo a no hacernos tanto daño. A veces pienso que las dos llegamos tarde. O quizá no.
Solo sé que un niño no debería crecer sintiendo que tiene que ganarse el cariño de su propia familia.
Y una hija tampoco.
¿Vosotros habríais cortado del todo, o también habríais dado una última oportunidad? A veces sigo sin saber si fui valiente… o si tardé demasiado.