Le robé el proyecto a mi mejor amiga para no perderlo todo, y cuando por fin confesé la verdad, ya era demasiado tarde

No sé en qué momento exacto dejé de ser buena persona o si una simplemente se va moviendo un centímetro cada día hasta que un día se mira y ya no se reconoce. Yo no me levanté una mañana pensando: hoy voy a destrozarle la vida a mi amiga. Pero lo hice.

Me llamo Cristina y durante ocho años fui amiga de Laura. Amiga de verdad. De las de desayunos rápidos antes de entrar a la oficina, audios a las once de la noche y “si necesitas algo, me llamas”. Trabajábamos en una consultora en Madrid, nada glamuroso, mucho Excel, mucho cliente con prisa y jefes que decían “equipo” cuando querían decir “quedaros más horas”.

Ese invierno yo estaba ahogada. Mi casero me había subido el alquiler de un piso pequeño en Aluche, mi madre necesitaba ayuda para pagar una cuidadora unas horas por la tarde en Móstoles y mi hermano, que siempre prometía arrimar el hombro, aparecía y desaparecía según le convenía. Debía dos recibos de la luz. Dos. Y empecé a racionar hasta la compra. Había semanas en las que cenaba tortilla francesa tres noches seguidas y ya.

Laura lo sabía casi todo.

No todo, porque me daba vergüenza.

Ella estaba desarrollando un proyecto importante para un cliente grande, una cadena de supermercados. Llevaba meses con eso. Se quedaba revisando datos, ajustando la presentación, hablando de segmentación, de márgenes, de hábitos de consumo en barrios concretos. Le brillaban los ojos. Y yo la escuchaba mientras pensaba en la carta del banco que tenía doblada en el bolso.

Un viernes, Mateo, nuestro director, me llamó a su despacho.

“Cristina, hay movimientos arriba. Se va a abrir una plaza de coordinación. Mejor sueldo. Pero necesito ver iniciativa, liderazgo, algo sólido.”

Le pregunté si estaba hablando de mí.

Se encogió de hombros. “Estoy hablando de quien sepa aprovechar el momento.”

Salí con un nudo en el estómago. Aprovechar el momento. Qué frase más asquerosa cuando tienes miedo.

La semana siguiente, Laura me enseñó su propuesta final. Se había quedado sin guardarla en la carpeta común y me pidió que le echara un vistazo porque confiaba en mí. Confiaba en mí. A veces esa frase todavía me da arcadas.

Esa noche no dormí. Abrí el archivo desde casa. Lo leí entero. Hice cambios pequeños, lo suficiente para que pareciera reformulado, no robado del todo, ya sé, suena peor dicho así. Añadí dos gráficos, cambié el enfoque de la introducción y el lunes, antes de que ella llegara, se lo mandé a Mateo como una propuesta propia “inspirada en tendencias detectadas por el equipo”.

Todavía recuerdo el sonido del correo al salir.

Como si hubiera tirado algo por un barranco.

Todo fue muy deprisa. Mateo me felicitó. Me pidió que lo presentara en la reunión del jueves con dirección. Yo asentía y sentía las manos heladas. Laura, mientras tanto, no entendía por qué él de repente se mostraba tan raro con ella, distante, como si ya no le interesara su trabajo.

El jueves expuse aquel proyecto delante de todos.

Y salió bien.

Demasiado bien.

Cuando terminamos, Mateo me dio una palmada en el hombro. “Esto es justo lo que necesitábamos.” Yo sonreí. Sonreí. Luego fui al baño y vomité.

Laura me esperó fuera esa tarde. No me preguntó de golpe. Primero me miró. Eso fue peor.

“Cristina, ¿has sido tú?”

Yo intenté hacerme la ofendida. “¿De qué hablas?”

“Del proyecto. De mis tablas. De la estructura. Hasta una errata, Cristina. Una errata que era mía.”

No supe qué decir.

“Dime a la cara que no has sido tú.”

Y ahí, si hubiera tenido un mínimo de dignidad, lo habría admitido. Pero no. La miré y le mentí.

“No sé qué te está pasando, Laura. Igual estás muy agobiada.”

Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no lloró. Solo dio un paso atrás, como si yo oliera mal.

“Qué asco”, me dijo bajito.

A partir de ahí, todo se pudrió. Nuestro grupo de amigos era el mismo desde hacía años. Cenas en Lavapiés, cumpleaños, escapadas cutres a la sierra. Laura se lo contó a Paula y a Sandra. Luego a Álvaro. Unos me dejaron de hablar en seco. Otros me preguntaban con rodeos, queriendo creer que había un malentendido.

Y yo seguía sosteniendo la mentira porque ya me habían ascendido y me habían subido el sueldo. Novecientos euros más al mes. Cuando vi la nómina lloré en el metro. No de alegría. De alivio. Pagué atrasos. Compré medicinas para mi madre sin mirar la cuenta antes. Llené la nevera. Y cada cosa buena que arreglaba me sabía sucia.

Laura pidió traslado de departamento, pero no se lo dieron. Al mes presentó la baja voluntaria. El día que vació su mesa, nadie sabía dónde meterse. Cogió una planta, dos libretas, una taza con el escudo del Atleti y se fue. Yo estaba sentada a diez metros, fingiendo revisar un informe.

Ni siquiera se despidió de mí.

La confesión llegó meses después, en la cena de cumpleaños de Paula. Supongo que ya no podía más. O quizá fue cuando vi una foto de Laura trabajando en otra empresa y sonriendo de verdad. Me levanté en mitad del bar y dije: “Fue mío. Todo. Ella tenía razón.”

Se hizo un silencio tan feo que se me quedó pegado en la piel.

Paula me miró como si no supiera quién era. Álvaro soltó: “Eres una cobarde.” Y Sandra, que siempre había sido la más tranquila, me dijo algo peor.

“Lo sabías. No fue un error. Lo elegiste.”

Tenía razón.

Llamé a Laura dos veces. No me cogió. Le escribí un mensaje larguísimo, torpe, llorón, explicándole lo de mi madre, las deudas, el pánico, como si el contexto pudiera limpiar lo que hice. Solo me respondió una línea.

“Que lo estuvieras pasando mal no te daba derecho a romperme así.”

No hubo más.

Sigo en la empresa. Sí. A veces eso también da vergüenza decirlo. El ascenso me duró poco por dentro. Ahora entro en la oficina y noto que hay gente que sabe, aunque nadie lo nombre. Mateo nunca dijo nada. Qué casualidad, ¿no? Le vino perfecto tener a alguien ambiciosa y desesperada.

Pero la que cruzó la línea fui yo.

Lo peor no es haber perdido amigos. Lo peor es recordar la cara de Laura cuando me dio la oportunidad de decir la verdad y yo elegí salvarme sola.

¿De verdad me estaba salvando?

No sé si una persona que traiciona por miedo merece perdón, o si hay cosas que, aunque las confieses, ya no vuelven jamás. ¿Vosotros qué haríais en mi lugar… y podríais perdonar algo así?