Mi hijo me robó los ahorros de su nieto para regalárselos a su nueva mujer, y ese día supe que tendría que luchar sola por el niño
Todavía me acuerdo del ruido de la hucha al abrirla. Monedas, billetes doblados, algún sobre con veinte euros que había ido guardando desde enero. Era para el cumpleaños de mi nieto, para Iván, que iba a cumplir ocho años y llevaba meses hablando de una bicicleta azul que había visto en el escaparate de una tienda del barrio.
Yo no tengo una pensión grande. Vivo en Fuenlabrada, en un piso pequeño, y voy midiendo hasta la fruta que compro. Pero cuando se trata de Iván, una hace cuentas y ya está. Mi hijo Rubén lo sabía. Lo sabía perfectamente.
La mañana que descubrí que faltaba dinero me quedé fría. No porque la hucha estuviera vacía del todo. Peor. Quedaban unas monedas sueltas, como si alguien hubiera querido dejar una excusa. Me senté en la cocina, con el café delante, y empecé a sumar mentalmente. No me salían las cuentas. Y entonces me acordé de que Rubén había venido dos días antes “a por unas herramientas” que nunca se llevó.
Le llamé.
—Rubén, ¿has cogido dinero de mi habitación?
Silencio.
—Mamá, no empieces.
Ese “no empieces” me encendió por dentro.
—Te he preguntado una cosa muy simple.
Resopló. Como si la pesada fuera yo.
—Lo iba a devolver. Nuria necesitaba… bueno, vi una cadena que le gustó y llevaba semanas agobiada. Está embarazada, mamá, no sabes cómo está.
Me tuve que agarrar a la encimera.
—¿Has cogido el dinero del cumpleaños de tu hijo para comprarle una cadena a tu mujer?
—No era todo, joder. Además, Iván tiene de todo.
Eso dijo. “Iván tiene de todo”. Mi nieto, que seguía usando zapatillas con la puntera despegada para no dar más gastos.
Nuria llegó a su vida dos años después del divorcio con Sonia, la madre de Iván. Al principio intenté llevarme bien. ¿Qué iba a hacer? Si mi hijo la había elegido, yo quise creer que traería calma. Pero no. Desde que se quedó embarazada, todo giraba alrededor de su barriga, de sus mareos, de sus fotos, de la habitación del bebé. Iván empezó a quedarse en un rincón.
Yo lo veía.
Lo veía llegar a mi casa con esa manera de dejar la mochila en el suelo, sin ganas. Lo veía tocar la comida con el tenedor.
—¿Qué pasa, cielo?
—Nada, yaya.
Hasta que un día soltó, mirando las lentejas:
—Dice Nuria que ahora no puede haber tanto ruido en casa. Y mi padre me ha dicho que ya soy mayor para ponerme así.
—¿Así cómo?
Se encogió de hombros, pero tenía los ojos llenos.
—Si lloro, molesto. Si juego, molesto. Si pregunto, molesto.
Hay frases que una no olvida. Esa se me quedó clavada.
El cumpleaños fue un desastre. Yo pude comprarle una bicicleta de segunda mano, arreglada por un vecino, porque con lo que faltaba no llegaba ni de lejos a la nueva. Iván sonrió igual, porque los niños hacen eso, te perdonan la vida sin saberlo. Pero Rubén apareció tarde, sin tarta, sin regalo para su hijo. Nuria ni fue. “Está cansada”, dijo él. Luego vi en redes una foto de ella cenando en un restaurante con la cadena al cuello.
No sé explicar bien lo que sentí. Vergüenza, rabia, asco… un poco de todo.
A partir de ahí empecé a discutir con Rubén por cualquier cosa relacionada con Iván. Que si lo dejaban demasiadas horas con una vecina. Que si se perdía partidos del colegio porque Nuria tenía ecografías. Que si al niño le habían cambiado de sitio su mesa para convertir su cuarto en el del bebé. Sí, eso también.
—Solo es temporal —me dijo Rubén.
—Temporal, temporal… ¿y el niño dónde queda?
—Mamá, estás obsesionada.
—No. Estoy mirando donde tú no quieres mirar.
La peor tarde fue en octubre. Iván vino a mi casa con una bolsa de deporte. Pensé que se quedaba el fin de semana. Pero no.
—Papá dice que mejor esté aquí unos días porque Nuria tiene contracciones y en casa ahora mismo no se puede.
Unos días fueron casi tres semanas.
Sonia montó en cólera cuando se enteró. Y con razón. Ella ya tenía un régimen de custodia compartida complicado con Rubén, lleno de cambios y favores mal hechos. Pero aquello fue distinto. Empezó a decir que Iván no quería ir con su padre, que volvía nervioso, que mojaba la cama otra vez. Yo no quería meterme en guerras entre ellos, de verdad que no, pero ya estaba metida hasta el cuello.
Cuando nació la niña, pensé que quizá Rubén reaccionaría. Qué ingenua fui. Iván pasó a ser una visita dentro de la visita. Un día le oí decirle a su padre en el portal:
—¿Puedo coger a mi hermana?
Y Rubén respondió:
—Ahora no, que se pone nerviosa Nuria.
El niño apartó las manos despacio. Como si estorbara hasta con los dedos.
La discusión grande con mi hijo fue en mi cocina, otra vez. Siempre en la cocina pasan las cosas feas.
—Le estás fallando —le dije.
—Tú lo que quieres es poner a Iván en contra mía.
—No me hace falta. Lo estás haciendo tú solo.
Dio un golpe en la mesa.
—Pues si tan mal lo hago, deja de verlo. Deja de meterte.
—¿Dejar de ver a mi nieto? Antes me muero.
Después de eso dejó de hablarme durante meses. Y cuando Sonia pidió una modificación de medidas, me llamaron para declarar. Yo fui temblando. Nunca había pisado un juzgado para algo así. Conté lo del dinero. Lo de la cadena. Lo de las semanas en mi casa. Lo de cómo Iván había ido desapareciendo de la vida de su padre sin que nadie quisiera llamarlo por su nombre.
Rubén no me miró ni una vez.
Ahora hay un régimen de visitas más limitado para él y más estable para el niño. No es una victoria. Qué va. En estas cosas nadie gana. Iván sigue preguntando por su padre, aunque menos. Eso es lo que más me rompe. Que un niño puede acostumbrarse incluso a que lo quieran a medias.
Mi hijo dice que le traicioné. Yo creo que él se perdió mucho antes, el día que confundió ser padre con quedar bien con la mujer que tenía al lado.
Yo solo sé que cuando Iván me coge la mano fuerte, demasiado fuerte para un niño de su edad, siento que hice lo único que podía hacer.
Decidme una cosa: ¿vosotros habríais callado por no romper la familia, o hay familias que ya están rotas mucho antes de que alguien se atreva a decirlo?
¿Hasta dónde se debe llegar por un nieto cuando tu propio hijo es quien más daño le está haciendo?